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Nairobi tiene mala fama. La vanagloria de los lugares donde no sabes qué te puede pasar si sales a caminar por una calle cualquiera, si no vigilas el aire que te rodea, si no recorres con tus ojos cada centímetro alrededor: Nairrobery uno lee en las guías de viajes, y las historias que se escuchan compiten con las peores de algunas capitales latinoamericanas. El ataque al centro comercial hace unos meses no ayudó mucho a esa imagen. ¡Ni siquiera en el centro del consumo se puede estar seguro! Leyendo novelas como The Honey Guide –un thriller que recorre barrios y calles de la capital keniana que tiende a convertir la sorpresa en obviedad— o viendo Nairobi Half Life –que trata de un chico de provincia que llega a la ciudad para ver su vida escindida entre su amor al teatro y la necesidad de la vida criminal— nos damos cuenta que hay un asumirse, incluso, en esa noción de peligrosidad. Sí, parecieran decir, esta es una ciudad peligrosa, vivir aquí es difícil. Y digamos que algo de razón puede que haya (Borges nos recordaba que los lugares comunes por algo lo han llegado a ser). Pero también hay mucho más, me dije, mientras contemplaba la urbe desde el techo del KICC una mañana fresca y hermosa, en el mes que se conmemoraban los cincuenta años de la independencia. Caray, seguí pensando, cincuenta años; sin saber si, como las margaritas, era mucho, poco o nada, y todo el dolor y la alegría que habían construido este presente que miraba a literal vuelo de pájaro desde las alturas.

P1160281Una vez abajo, ras de tierra, el centro de Nairobi no es el más hermoso de los que el viajero puede llegar a conocer. Sin embargo, el ritmo de la gente y de la calle es notable. Notable en la vivacidad de los colores de las voces, en el afán y la velocidad de las personas. Amplias avenidas se confunden con pequeños mercados y tiendas de mediano lujo comparten espacio con locales más bien tuguriales. Una modernidad rápida y excesiva ha plantado autopistas que destruyen cualquier intento de armonía, creando una armonía diferente. El tráfico a ratos parece demasiado, las matatus con sus diseños trepidantes alocan sus carreras reclamando pasajeros, expertos del turismo acechan ofreciendo al turista incauto el mejor safari de su vida —el león más grande y el elefante más certero— o un cambio de moneda un poco mejor.P1160268

En la misma ciudad existen un parque nacional con animales que despiertan la imaginación, y centros que cuidan jirafas y huérfanos paquidermos. Porque el turista suele venir aquí de paso y aprovechar tener un aperitivo a la aventura posterior. Por eso, no tantos son los  visitantes que caminan arriba-abajo la avenida Moi, visitan el archivo nacional o contemplan las fotos (y un video propio de CSI) en el pequeño museo de la memoria en el lugar donde antes estuvo la embajada de los Estados Unidos que fuera bombardeada hace unos lustros. Hay otros lugares también. El museo nacional donde en una sala de unos diez por cinco se enseñan los huesos de antepasados humanos que tienen varios millones de años y, en otra, hay un recorrido fotográfico de la historia reciente de Kenia, de la lucha por la independencia, de la brutalidad británica, de lo difícil que es ser independiente y feliz… (La lucha continúa siempre escribe un grafiti).

P1160286Y hay también más shopping centers protegidos ahora bajo las corazas de barreras y centinelas que auscultan cada persona y cada coche. El Village Market es uno de ellos. Un mall al aire libre donde por esas fechas podía verse a Papá Noel colgar de los muros y de cables, creando un bizarro ambiente navideño. La clase media alta y muchos expats se escapan a estos lugares los fines de semana. Como si fuera un refugio (como si fuera una búsqueda), en el cual los villancicos se mezclan con las tiendas que reiteran máscaras, lanzas, vestimentas de colores que aterrarían la monotonía del Paseo Ahumada, y parafernalia supuestamente autóctona. Consumo global y globalización del consumo (pienso cómo tendría que hacer para llevarme a casa esa jirafa de madera que mide casi tres metros). Aquí, como en Manila, como en Santiago, consumir (o hacer como si) es un espejismo de la paz (la justicia, me dijo alguien, es un lujo en algunos países; la paz, una necesidad. ¿Qué decir?).

P1160316Desde arriba la ciudad esconde sus secretos. Se extiende hasta perderse en un horizonte difuminado. La fama también se difumina. Porque toda ciudad (aunque algunas más bellamente que otras) nos recuerda siempre lo que somos y lo que queremos ser. La historia y la memoria de Nairobi (desde el primo que tiene más de veinte millones, a los luchadores Mau-Mau, al flaco masai que busca su futuro en estas tierras que alguna vez fueron suyas) vibra en la lucha diaria. Y todo parece tan lejano y tan cercano aquí arriba. Todo tan sabido y tan extraño. Mañana es Nochebuena. Se escucha el llamado de una mezquita. Abajo, apenas perceptibles, unos chicos juegan fútbol. Asante, le digo al viento que suave e indiferente mueve las nubes.