WPAAdultEducationPuede sonar a advertencia, y tiene mucho de ello, pero concita una reflexión: es mejor evitarse el leer pensando que se hace por placer, porque de no lograrlo, podríamos caer en la desilusión. Nada que se haga enmarcado estrictamente en un periodo, puede resultar placentero. Pues destinar tiempo, acotado y programado, a la lectura, como pueden ser las vacaciones, tiende a resultar tan nocivo e impersonal, como todo lo que se hace en reacción o en contra de las llamadas obligaciones. En la lista de los pendientes. Abundan los estudios que dan cuenta de lo mal que leemos, de la supuesta pérdida del hábito lector y, siendo aún más estrictos, de la calidad de los libros que consumimos. Los lectores de antes no son los de ahora; así como los libros de antaño en nada se parecen a nuestros best sellers. Quizás por eso me anime a advertir que es mejor no leer en estos días estivales. Si no se hace siempre, sin restricciones ni supuestos hedonistas, de leer circunscrito a una época del año, donde, absolutamente lo mejor es descansar, pasear, viajar, dormir, andar en bicicleta, hacer el jardín, dedicarse a otros placeres que están, ¡qué duda cabe!, muy lejos de las tapas de un libro. Porque leer, para los que hacemos siempre, aporta otras cosas. Y no creo sirva describirlas en estas líneas.

Si te regalan un libro, te entregan una bomba de tiempo. O más bien una puerta. O una llave de esa puerta. O un pasillo paralelo, que es a la vez como un mundo portátil, ¿un laberinto?, del que no se puede salir si no hasta que damos vuelta la última página. ¿Qué ocurre mientras se está “dentro” de un libro? (Aunque sea tarde aclararlo, estoy hablando desde que comencé, de narrativa, de ficción, no de otros ámbitos ni géneros. Que por lo demás es lo que se prefiere y aconseja leer en estas fechas.) Lo mismo o muy parecido a lo que siente, o cómo nos disponemos o estamos mientras vemos una película, seguimos alguna serie, sostenemos algún juego, somos absorbidos por el computador o entregamos nuestra atención a un celular. Dejamos de estar en nosotros, eso es un hecho. Un libro no es, en ningún caso, una forma de salvación que nos libre o redima de la evasión. Un libro es pura EVASIÓN. No vengan con eso de la alta cultura, las esferas, las élites, la intellegentia. En los tiempos que corren, leer un libro se encuentra en el mismo nivel que cualquiera de los otros pasatiempos. No olvidemos eso de Diógenes o que cualquier muro puede ser hermosamente decorado con ejemplares de tapas duras…

En la naturaleza de los libros se halla la segregación. Pues la discusión sigue estando en el plano del sujeto que lee, quiénes lo hacen, quiénes saben, quiénes son, dónde acceden a los libros. El resto, corresponde a una masa deforme que no conocemos, o bien, reconocemos pero no sabemos cómo llegar a ella, mucho menos a propósito de un libro. La mayoría de la gente no lee. Hay datos demoledores sobre este punto, que vale la pena revisar, para entender cómo existe –sobrevive– una sociedad sin lectores. Una pesadilla borgeana, pero un sueño a la medida para un modelo socioeconómico que necesita personas que no piensen, sujetos que no reaccionen frente a lo que los afecta. Hombres y mujeres, que mejor no sepan leer su realidad.

Un estudio reciente, promovido por el Ministerio de la Cultura y el Centro de Microdatos de la Universidad de Chile, afirma que 84% de un universo de 1217 encuestados, no comprende un texto completo; un 11% se declara no lector; un 41% lee solo el diario; 29% lee solo libros; 35% lee por obligación; 16% lee por recomendación de otro lector, y un 39% admite no haber sido estimulado por sus padres cuando niño. Con todo, hay dos cifras que resulta, desde mi perspectiva, determinantes: un número importante se reconoce –sin dudarlo siquiera– como no lector, y en el otro polo, se encuentran los que nunca tuvieron algún tipo de motivación para iniciarse en la lectura. ¿Cómo se forja o germina el hábito lector, entonces? Por generación espontánea, no. Por supuesto leyendo, pero por sobre todo viendo a otros leer.

Michele Petit una socióloga dedicada a los temas de formación y educación en la lectura, sostiene que mucho de lo que define a un lector, está puesto en su subjetividad, en la posibilidad que este tiene de construir a partir de los libros un mundo alterno, visto como un refugio, pero también como una tabla de salvación en contextos adversos, incluso donde la lectura sería en lo último que se pensaría para fortalecer la autoestima, desarrollar la autonomía y vencer la miseria que los rodea, en base a la profundización del pensamiento y el desarrollo de las emociones. Se refiere a su experiencia de años, promoviendo el leer a grupos de niños y jóvenes marginales, que no conocen prácticamente los libros, pero que encuentran en ellos, gracias a mediadores de lectura, un espacio de (re)encuentro. En una entrevista afirma, apelando a esa dimensión restauradora de la lectura, que: “Una de las mayores angustias humanas es la de ser caos, fragmentos, cuerpos divididos, de perder el sentimiento de continuidad, de unidades. Uno de los factores por los cuales la lectura es reparadora es que facilita el sentimiento de continuidades, el relato. Una historia tiene un principio, un desarrollo y un fin; permite dar una unión a algo. Y, a veces, escuchando una historia, el caos del mundo interior se apacigua y por el orden secreto que emana de la obra, el interior podría ponerse también en orden. El mismo objeto libro –hojas pegadas reunidas– da la imagen de un mundo reunido.”

Aunque suene a contradicción, no basta con leer en vacaciones. Si no que debe convertirse en un hábito que no sufra postergaciones, ni desviaciones, que supediten su práctica con otros afanes inmediatistas, haciendo el juego a un mundo que se vale del mutismo reinante para levantar las barreras de individualismo que lo protege, defiende y fortifica. Por lo mismo, la condescendencia de leer en verano, es tan conservadora y facilista como esperar las ofertas y liquidaciones de una multitienda. No hay estatus en leer, ostentación sí, pues la retórica de haber leído cientos o miles de páginas, sigue siendo eso, una dimensión del volumen, formas de la apariencia, claras muestras de autocomplacencia o adulación entre lectores, cuando lo que en verdad importa, insisto: es leer siempre. Eso no se discute. El resto es un relato con el que gustan festinar los que leen a veces, cuando alguien los mira hacerlo.