EzzatiCreo que las reacciones que Monseñor Ezzati y la Iglesia chilena han escuchado frente al anuncio del domingo 12 de enero con respecto a su elevación a la dignidad cardenalicia han supuesto un sabor agridulce tanto para él como para quienes mantenemos una cierta cercanía con esta Institución. Y no lo digo solamente por la débil actuación que nuestro nuevo Cardenal ha tenido en las cuestiones relacionadas con el caso Karadima y otros temas que afectan dolorosamente tanto a las víctimas como a la gran cantidad de misioneros, religiosas, religiosos y sacerdotes que generosamente entregan su vida al servicio del Pueblo de Dios.

Francisco Javier Errázuriz incorporó al episcopado el peor de los lenguajes posibles de esperar de quien uno desea una palabra firme, comprometida y oportuna. Lo suyo era decirlo todo sin agregar nada.

El punto central de mi análisis se quiere detener en el modelo pastoral que ha dominado la escena eclesial chilena durante las últimas décadas. ¡Qué duda cabe que todos los de mi generación quedamos marcados por el sello del Cardenal Silva Henríquez! Huelga repetir los múltiples testimonios que dan cuenta de un estilo eficaz y mordiente, acompañado de innumerables gestos de cercanía a los perseguidos, los pobres, los jóvenes, los sin casa y los niños. Su presencia, su palabra y el discurso de una Conferencia Episcopal que abundaba en pastores convincentes que escribieron una de las más bellas páginas de los anales de la Iglesia chilena acercaron a muchos a la fe y, cuando menos, lograron la admiración de los sectores más alejados a ella por cuestiones ideológicas o de adhesión doctrinal. Después del Cardenal Silva, nos tocó presenciar la acción pastoral de Monseñor Fresno de quien sería injusto decir que no contribuyó eficazmente en el proceso de transición a la democracia y en la instalación de puentes de reconciliación en medio de una nación dividida. Sin embargo, él ya mostró los signos de un discurso dominado por el temor y la duda, atribuibles quizás a su temperamento pero en ningún caso a sus convicciones. La crisis comenzó a hacerse más evidente con la asunción de monseñor Oviedo y, posteriormente, de Monseñor Errázuriz, quien viene a ser la manifestación plena de una radical incapacidad para recuperar la frescura que habíamos perdido. Francisco Javier Errázuriz incorporó al episcopado el peor de los lenguajes posibles de esperar de quien uno desea una palabra firme, comprometida y oportuna. Lo suyo era decirlo todo sin agregar nada. Una tonalidad discursiva aguada y atiplada con un registro vocal que se ha hecho común entre los miembros del clero santiaguino. No quiero decir que confundan las sotanas con las polleras, por respeto a las mujeres que a menudo las llevan y que han sido capaces de hablar con más fuerza que estos hombres débiles; sin embargo, la tentación es grande. Lo es porque la reciedumbre varonil no es un obstáculo para transmitir la verdad evangélica y porque una ira espontánea a veces logra mucho más que un alambicado discurso hecho de construcciones hipotácticas que se esfuerzan en juntar lo uno con lo otro y el verso con su anverso, pero que no parecen venir de los seguidores de Jesús, el profeta, el que sacó a correazos a los mercaderes del templo. Clérigos como estos a veces pareciera que quieren ser más ovejas que pastores y, como ovejas se dejan llevar por el clima dubitativo de nuestro tiempo en donde el “bien decir” se ha impuesto escandalosamente, con su normativa de lo políticamente correcto, para olvidar que, en todas partes, el pan se llama pan y el vino, vino. Se quejan del alejamiento de los fieles y los acusan de dejarse llevar por la dictadura del relativismo, pero no comprenden que, ellos mismos hacen parecer relativo el bien y el mal, lo sagrado y lo profano, el escándalo y la santidad, la cobardía y el heroísmo. Por eso, asombran palabras tan sencillas y claras como las que de vez en cuando levantan hombres como Monseñor Infanti, de Aysén, o el padre Berríos desde la lejana África. Estos, en efecto, prefieren molestar diciendo verdades que producir admiración con mentiras solemnes.

Cuando llegó Monseñor Ezzati a Santiago, había esperanzas de que el pastor que había tenido acciones tan preclaras en el sur, recuperaría el frescor de los tiempos del Cardenal Silva. Sin embargo, algo pasó en el camino. Tuvo la mala suerte de encontrarse con problemas que lo superaban. El mal no estaba afuera de la Iglesia, como nos habíamos acostumbrados a pensar, sino adentro. Los afectados por el escándalo Karadima no tuvieron la fortuna de verse apoyados decididamente por el arzobispo y quien debía haber llorado con ellos por las consecuencias irreparables del mal, prefirió ignorarlos. Poco tiempo después de haber visitado a Karadima con una caja de chocolates, tuvo la mala suerte de que un joven fuera horriblemente atacado por una horda de salvajes que confunden la verdad con el fundamentalismo y la justicia con el crimen. Tampoco ahí monseñor Ezzati fue capaz de hacer un gesto decisivo en apoyo al joven herido y agonizante, aun cuando muchos sectores lo solicitaban. Esta seguidilla de omisiones ha sido acompañada de otras tantas relacionadas con escándalos que han afectado la vida social del país. Las palabras de amor, conversión, paz y diálogo aparecen a menudo en sus intervenciones. Pero las dice tan a tiempo y a destiempo, tan desprovistas de relieve y de énfasis, que, al final, terminan siendo el efluvio falaz de una marea leve e insignificante que parece no moverse por la pasión sino por la inercia. A sus pastorales les falta el fuego, el ritmo, la canción. Son como el ritornello cansado que queda engarzado en las soporíferas ramas discursivas de una clase social que poco las escucha y que menos las interpela. Si me apuran, me atrevo a decir que el suyo es más un problema de tonicidad elocutiva que de contenidos. Le haría muy bien aprovechar su próximo viaje a Roma para aprender de la retórica límpida de su hermano en el episcopado Francisco quien, en pocos meses, ha removido cimientos para asombro de muchos. A todo esto se suma la cuestión aún más radical de las divergencias que se harán ver cuando avancen las exigencias sociales y las tramitaciones legales sobre aborto, AVP y matrimonio igualitario; en dicha contienda, Monseñor verá con más claridad que no solo encontrará la oposición de sectores no vinculados a la Iglesia, sino también de comunidades adscritas a ella.

Nuestro país avanza en una progresiva secularización y cada vez importará menos cualquier nombramiento episcopal o cardenalicio. Es el necesario progreso de una sociedad que se ha demorado mucho en comprender que la Iglesia Católica es una institución más entre otras. Sin embargo, debemos reconocer que todavía nos importa el liderazgo moral que supone la palabra y el testimonio de ciertos líderes espirituales. Por eso, no deja de sentirse como inoportuna esta decisión de Roma, la cual, por mucho que el liderazgo del Papa tenga un alto componente carismático, sigue moviéndose con la rastra pesada de una curia enredada en tanto trapo rojo. Es inoportuna porque tiene sabor a rancio, a repetido, a historia de otro tiempo, justo ahora cuando dentro de unos meses veremos aparecer de nuevo en la escena pública figuras que no deberían repetirse el plato (como dice una promesa de nuestra presidenta electa), pero que aparecerán de igual modo porque las fidelidades se pagan con reconocimientos. ¿No sucederá, por ejemplo, que veremos a Patricio Rosende recibiendo el premio de alguna embajada o de alguna subsecretaría ministerial? ¿No va a pasar que en el próximo Te Deum ahí tendremos a las mismas caras saludándose y felicitándose? El país necesita de gente y de voces nuevas. Ezzati de Cardenal, Bachelet de Presidenta, Rosende de ministro o embajador, al final parecen la invitación a una cena que nos sentará mal al estómago por servir guisos que ya huelen mal.

Monseñor Ezzati ha declarado en estos días que comprende que su nombramiento seguramente suscitará reacciones en contra. Y aunque lo diga desde el poder, que es como pensar que tampoco le importa mucho, sí sabemos que le duele. Ojalá también que, aparte de concedernos la libertad para disentir (¡no faltaba más!) y aparte de experimentar el dolor de una parte de su grey disconforme y díscola, también aproveche de pensar y meditar porqué no estamos tan felices como él.