Cuatro_taxis

¿Cómo se trabajaba antes, cuando no existían los computadores? Es una pregunta que me hago cada tanto, sobre todo considerando la dependencia que tenemos de ellos… ¿Qué haríamos sin el Word, el Excel, sin los diversos software o plataformas de trabajo, a que se han reducido muchas de las tareas del actual mundo laboral? En mi caso, y es la situación de muchas de las dependencias de  mi piso, junto con llegar y quitarse la chaqueta uno, acto reflejo, enciende el computador. Así mientras se inicia la sesión, revolvemos el primer café de la mañana y vamos revisando los correos, los diarios y redes sociales, como si de ese otro lado del monitor, una ventana nos abriera el Universo, alguien nos estuviera esperando, y supiera en verdad que lo que necesitamos es una sonrisa. ¡Pero no! Como en un cuento paródico de Cortázar, es uno el que se enciende, le ofrece sus servicios, se conecta y enchufa a los computadores… (Mi jefa, cuando quiere provocar y decir “no me estás siguiendo”, dice: Abre el bloutooth.) Es la dinámica de las oficinas. Eso cuando no se interrumpe la conexión, se cae Internet, las funciones se detienen, y no falta quien se descarga ante el monitor, el que impávido recibe los golpes, reproches y descargos, de los que no pueden vivir sin un PC, mientras éste sigue pensando. O pegado. O qué sé yo.

Los instrumentos del trabajo

Nota mental: “En la artesanía y la manufactura, el trabajador emplea una herramienta; en la fábrica, la máquina utiliza al obrero. En el primer caso, los movimientos de los instrumentos de trabajo provienen de él; en el segundo, ha de seguir el movimiento de las máquinas. En la manufactura, los trabajadores son una parte de un mecanismo vivo; en la fábrica, hay un movimiento inerte, independiente del obrero, quien se convierte en un simple apéndice vivo”. (K. Marx, El Capital). Donde dice fábrica, debería decir oficina. Ahí todo me calza, perfectamente…

La hora del pajarito

Hace tres años, cuando recién llegué a este, mi nuevo trabajo como funcionario –léase oficinista– tuve oportunidad de conversar bastante los días lunes (coincidíamos en el primer turno del almuerzo) con H.G. El empleado más antiguo y con mayor experiencia de finanzas, al que todos llaman cariñosamente “Pajarito”, y que aún conserva intactas aquellas prácticas de sus tiempos de eximio banquero: una reconocida capacidad de cálculo mental, capaz de aplicar las cuatro operaciones sin necesidad de un lápiz ni calculadora y, también, el tener la cautela de fotocopiar o escanear todos los documentos que pasan por sus manos: los que firma, fecha y guarda en una carpeta justo detrás de sus espaldas. Pajarito, conserva dos cualidades que muchos dicen carecer: la prudencia y el método.

Pero es más que eso, es todo un personaje, ya que pese a su calma y reserva en el saludo, en la conversación, es el primero en salir a bailar en las celebraciones (pudiendo hacerlo toda-la-noche), un hombre parsimonioso, de comer lento y sin apuros, que alterna selectivamente ensaladas, carbohidratos y proteínas, habituado a hacer la digestión caminando unos exactos cien metros para apuntar sus numeritos de la suerte del Loto, y luego volver dentro la hora destinada a la colación, silbando por la sombra, hasta donde todos esperamos el ascensor, con una evidente cara de angustia, rasgo que en él no parece existir. Aunque, bajo esa apariencia, se esconde con todas sus letras un “trabajólico”. Pajarito es el primero en llegar y el último en irse. Tanto que existen dos horarios para identificar el término de nuestra jornada. El que termina a las 18:00 hrs., y otro, la hora en que Pajarito apaga la luz y cierra con llave su puerta, bordeando las 22:15 hrs., poco antes del último carro del Metro. Contadas veces he estado a esa hora en la oficina. Al parecer la virtud de la prudencia y distinción del método traspasan esa delgada línea de los límites que muchos, entre los que me encuentro, no estamos dispuestos a transar.

Con todo, y es la razón porque lo refiero, quizás Pajarito sea uno de los pocos de nuestra sección, si no el único, que adopta esa rutina, como exigirse al todo-vale, por lograr cumplir con sus metas. De ahí que él sea, por decirlo de algún modo, su propia garantía, la palabra empeña, la copia de respaldo en su kardex, donde otros crean carpetas de Excel o Doc., él describe con rigor testimonial el oficio del tesorero, que ahora puedo incluso llegar a visualizar con unas imaginarias manguitas negras, de esas con que se ilustra a los antiguos banqueros. Claro, y no es que él no ocupe los computadores. No. Sí, lo hace. Pero es un hecho confirmado, que cuando han llegado a fallar, pajarito es quien menos parece depender de ellos. El otro 98%, donde me incluyo, no concibe el trabajo sin la vista abducida en una pantalla. A veces me pregunto yo, ¿y si todos por decreto debiéramos volver a escribir a mano? ¿Qué haríamos? ¿Estaríamos preparados para hacerlo? Dejen de leer estas líneas, y háganse estas mismas preguntas. Prefería no hacerlo.

Bartleby

Bartleby, es el apelativo de un actuario neoyorkino del siglo XIX, un amanuense que comparte funciones leguleyas en un curioso bufete de abogados, dedicados al asunto de las hipotecas, títulos de rentas y acciones de gente rica. Personaje insigne de Herman Melville, autor de la conocida novela Moby Dick, que quiso recuperar, acaso de la fauna de funcionarios que conoció en Wall Street, la “figura, ¡pálidamente pulcra, lamentablemente decente, incurablemente desolada!” que personificó en Bartleby. La historia es sencilla, pero a la vez profunda, un hombre de una vida ordinaria, aunque demasiado introvertido, ante las demandas y solicitudes de su superior, no duda en responder: “Preferiría no hacerlo”. Y en esa respuesta sustenta su vida entre las cuatro paredes de un estudio, donde otros tres empleados reciben los genéricos nombres: Turkey (“Pavo”), Nippers (“Tenazas”) y Ginger Nut (“Nuez de jengibre”), quienes parecen no prestarle importancia a su locura/cordura de rehuir el trabajo. Extraña impavidez la del personaje, pero con la cuota necesaria de provocación para que el narrador despierte de su vida monótona del cumplir, pero no lo hace. Mientras cada respuesta suya, con el único y parco preferiría no hacerlo va haciendo mella en una herida interna, por decirlo que algún modo, que este no se anima a reconocer mucho menos intentar indagar. Cruces de sentido. Se vienen otras lecturas. No tengo claro todavía porqué, pero cuando leí esta miniatura melvilliana pensé en Rantes, el personaje de la película del argentino Eliseo Subiela, Hombre mirando al sudeste (1986). Esa desazón ante una vida extraordinaria, pero vulgar, que viene a estremecer a otro, poniéndolo al borde de la indecisión, como para que haga lo que tiene que hacer, salir de su papel rentable de la obediencia, del cumplir, el hacer correctamente lo que ya no sabe por qué lo hace, y decir basta. Nadie lo hará por uno. Pero este, al igual que el protagonista de Bartleby, tampoco lo hace. El libro es, sin duda, mucho más que eso. Y hay que leerlo. Años después, bastante tiempo, en verdad, Enrique Vila-Matas se colgó de la anécdota de Melville, aplicándolo al abandono de las labores, y se dedicó a compendiar una colección de escritores que dejaron, paradojalmente, de escribir, o que en suma escribieron muy poco y con eso pasaron a la historia de la literatura. Fue el caso de Rulfo, de Rimbaud, de Salinger, entre otros. El libro de Vila-Matas se llama Bartleby y compañía. También habría que leerlo.

Mis documentos

Cuando se vinieron las fiestas de fin de año, volvimos a almorzar juntos con Pajarito, hablamos –porque yo introduje el tema– de computadores, hasta me estuvo interrogando sobre las ventajas que pudiera tener comprar una Tablet, le dije que para él lo mejor (o lo último en tecnología) debía ser usar un computador, nada más, me dijo que era un regalo que estaba pensando para su nieta. Al decirlo, retuve la expresión de su cara, y me pareció extraña, desencajada. Era como si estuviera permitiendo que la tecnología cobrara un lugar, ahora emocional, en su vida, dentro de su entorno familiar, como una extensión de algo que él sabía no le correspondía hacer ni motivar, pero que lo estaba haciendo, pues ya al conversarlo, dejaba de ser un supuesto y avanzaba hacia el punto final de una decisión tomada. Uno es capaz de hacer todo por sus nietos, dijo. Pero más me sonó a un dicho aplicable a los hijos. Uno cría a sus hijos, pero malcría a los nietos, agregué yo, y logré sacarle una sonrisa. Esa misma vez le dije que estaba leyendo un libro de cuentos, Mis documentos, de Alejandro Zambra, donde uno de los personajes algunas noches de un crudo y pobre invierno santiaguino dormía abrazado a la tower del computador. Pero no me creyó, dijo que yo lo estaba inventando, le dije, que era verdad, y que hasta conocía al personaje. Luego en la escalera (Pajarito no toma el ascensor) se me adelantó y en esa rareza de nunca hablar demasiado, o de solo hablar lo suficiente, pareció alentarse y tener mucho de que conversar, y le dio el favor a mi historia (que no era mía, sino que la había leído, le insistí), y me dijo que hace años había leído un libro, donde un joven estudiante que vivía en una pensión mató a la dueña. Antes de que me diera más detalles, le dije que era Crimen y castigo. Me dijo que nunca supo el nombre, o que no recordaba al autor ni tampoco el título. Le dije que yo lo tenía y que se lo llevaría. En unas semanas más renunciaré a mi trabajo. Y creo que ese es el motivo de esta crónica. El resto es literatura. Mientras escribo tengo ambos libros sobre mi escritorio en la casa. El de Dostoievski y el de Melville. Mañana decidiré cuál le llevo. Lo otro, ya lo tengo decidido.