No cabe duda que Chile se ha transformado en un país atractivo al cual emigrar. Ya no sólo para sus vecinos, sino también para nacidos en tierras bastante más lejanas.

Que el desierto de Atacama, los cerros de Valparaíso y los ríos patagónicos atrapen a extranjeros amantes de la naturaleza y la vida apacible, ya constituye un atractivo más de nuestro paisaje turístico.

Que Chile sea un espacio donde poder trabajar para peruanos, bolivianos, ecuatorianos, colombianos, haitianos, dominicanos, paraguayos, uruguayos, argentinos y españoles, ya es parte de nuestra cotidiana jornada laboral (mención aparte merecen los desafíos que implica esta ola migratoria en un país que tiene una ley de extranjería completamente obsoleta, previa a cualquier proceso de globalización).

Sin embargo, que nuestro país sea escogido por personajes como John Cobin, un economista evangélico estadounidense que señala que “no hay una persona más neoliberal que él en Chile”, no deja de resultar preocupante.

Si Chile es el paraíso para gente que considera que el Estado es el reino de Satanás; que todo, salvo la justicia y la defensa debiera ser privatizado; que defiende la eficiencia del sistema de compra de votos y la inexistencia del salario mínimo; que sostiene que la banca debiera operar libre de toda regulación; que piensa que la brecha de desigualdad no importa, que lo valorable es que los ricos son más ricos que nunca; y que el mercado -la competencia pura- es el mejor mecanismo de protección para los vulnerables, desde mi punto de vista, no estamos bien. Que este señor piense que Chile es una tierra fértil para su desarrollo personal y el de sus amigos millonarios conservadores, me aterra.

Y claro, no es antojadiza su valoración respecto de Chile. Él sabe de los privilegios, prácticamente únicos en el mundo, de los que puede gozar aquí: el FUT (Fondo de Utilidades Tributables, permite a los dueños de las empresas tributar sólo por las utilidades que retiren, y reinvertir las ganancias no retiradas; este mecanismo, que fue inventado después de la crisis financiera del 1982, ya más que un incentivo a la inversión se ha transformado en  un paraíso tributario para la acumulación) y el sistema de integración de impuestos (las empresas no pagan directamente impuestos sino sus dueños, lo que se traduce en que el pago de impuestos por la vía de las empresas, se transforma en un crédito de los impuestos de las personas dueñas de dichas empresas).  Si a lo anterior le agregamos otras singularidades planetarias, como la posibilidad de lucrar con la educación y la salud, y que esté permitido que las administradoras de fondos de pensiones inyecten recursos frescos a las empresas con el dinero proveniente de los trabajadores, el panorama es bastante atractivo para los amantes del neoliberalismo.

Chile es un país pichiruchi en el concierto mundial. Estamos lejos de cualquier país importante, somos súper pocos habitantes (lo que equivale a decir, que somos un mercado pequeño, que finalmente, es lo único relevante en este tipo de conversaciones) y tenemos un PIB que a nivel mundial, no destaca. Aún así, en 2013 tenemos catorce personas en la lista de millonarios de Forbes, una de ellas, en el top 100 del planeta. ¿No resulta increíble? A modo de comparación: Japón tiene 21, Suecia, 14 y Australia, 22, países que triplican, casi cuadruplican y cuadruplican nuestro PIB per cápita, respectivamente (Fuentes: Forbes y Banco Mundial).

Estudios realizados recientemente han revelado que el 1% de las personas con mayores ingresos concentra como promedio el 30% de los ingresos totales, que el 0,1% se lleva el 18% y que el 0,01% se lleva 10% de todos los ingresos del país (veáse Figueroa, López y Gutiérrez, 2013), ¿No resulta increíble? Más aún cuando estas cifras de concentración son varias veces superiores a las de la mayoría de los países desarrollados del mundo. Veamos qué ocurre en algunos de ellos: El 1% más rico de Australia y de Japón se llevan el 10% de los ingresos, y el 1% más rico de Suecia, el 8% (Fuente: Alvaredo, Atkinson, Piketty y Saez (2013). “The Top 1 Percent in International and Historical Perspective”. Journal of Economic Perspectives).

Si lo anterior no nos ha hecho reaccionar, que nuestro país sea alabado por personajes como los millonarios que se instalaron en la comunidad “Galt’s Gulch Chile” en Curacaví, debiera ponernos en alerta. Ser una gallinita de los huevos de oro para gente de este tipo no puede sino hablarnos de lo mal que lo hemos hecho.

Tenemos un sistema de relaciones laborales en el que los trabajadores no tienen ningún poder de negociación para obtener algo de las utilidades que su trabajo ha generado; sobrevivimos en un mercado del crédito que no perdona el atraso de cuota alguna, pero que otorga salvatajes millonarios a la banca; impulsamos un modelo de desarrollo basado en la explotación de recursos naturales, y luego de privatizar dichos recursos, cobramos royalties irrisorios. El sistema tributario de nuestro país está diseñado para favorecer el enriquecimiento de los dueños del capital, fijo y financiero, para incentivar la inversión en propiedad y en infraestructura. No hay iguales privilegios para la inversión en capital humano, para estudiar o trabajar. Y resulta que la gran mayoría de nosotros somos trabajadores. ¿Hasta cuándo vamos a permitir que se perpetúen los privilegios de unos pocos? ¿Hasta cuándo vamos a permitir –tal como se señala en el informe de la OXFAM– que se gobierne para las élites?

Los estudiantes el 2011 nos despertaron. Hay expectativas en que el nuevo gobierno de Bachelet pueda cimentar algunas de las transformaciones necesarias. Trabajemos para conseguirlo.