Lejos de un análisis político, yo simplemente voy describir lo que vi al quedarme en el corazón de Bangkok durante 10 días, que dista de ser un ambiente caótico y peligroso como las pintan en los noticieros.

Todo el ajetreo me recordó mucho el tipo de aglomeraciones chilenas, de esas marchas que se hacen a lo largo de la Alameda con un escenario de fondo. Lo especial fue ver gente de todas las edades, todos muy atentos escuchando discursos y manifestándose con consignas y silbatos. Vi presentarse muchos grupos musicales, delegaciones provinciales que venían a dar su apoyo a la capital, y harto comercio ambulante para financiar la protesta. Vendían distintos souvenirs, como gorros, poleras, pulseras, la mayoría con los colores de la bandera de Tailandia.

También había mucha gente que se iba a acampar a la calle para hacer guardia durante la noche, o reservar los puestos para el día siguiente. Muchas avenidas habían sido tomadas por los civiles, que controlaban la entrada de la gente revisando sus bolsos, para evitar el ingreso de armas que pudieran producir atentado en contra de la movilización. Incluso había comida gratis para los asistentes, hasta yo toqué, y estaba súper rico.

Hubo un día en que fui acompañado por mis amigos tailandeses,  porque ellos querían ver a un artista que les gustaba. Fue lo mismo de todas las noches: música y discursos. En el escenario de repente apareció un transformista cantando alguna canción tailandesa que todo el público se sabía, y a ratos, aparecía gente del público en unas pantallas gigantes, al estilo Festival de Viña. De pronto, apareció una niña de unos cinco años bailando la canción, y todo el público la aplaudía y le gritaba ¡eh-eh-eh-eh!, igual que los chilenos. En ese momento me sentí casi como en casa. Me gustó mucho esa animosidad de los tailandeses que, incansablemente, casi todos los días están organizando estos eventos, que han movilizado a la ciudad completa. Muy parecido a lo que ocurrió en Chile con las marchas del 2011.

Mis amigos tailandeses me traducían un poco lo que iba pasando. Lo que más me sorprendió fue que apareció una actriz muy conocida, que anunciaba que pronto se cambiaría el apellido, porque le avergonzaba que su familia apoyara a la Primera ministra y a Thaksin, su hermano que desde el exilio manipula al país a través de ella.

Al dejar Bangkok, me encontré con algunos extranjeros en Phuket, entre ellos una parejita de alemanes que no quisieron estar en Bangkok por temor, y solamente pasaron una noche, sin salir a la calle. Me miraban raro cuando decía que a mí me encantaron las protestas, y que me gustaba que la gente se manifestara. Pienso que muchos europeos viven en sociedades tan perfectas que no están preparados para un poco de desorden como el que se vive en Bangkok por estos días, pero al final, no vi nada de violencia, disparos, policías enfrentándose a civiles, ni nada que afectara al turismo y la vida normal de la ciudad. De hecho, me sorprendió el nivel de organización y de interés de la gente para organizar todo este movimiento, que sin dudas dará buenos frutos a nivel cultural, porque veo que está uniendo a los tailandeses, y haciéndolos replantearse como sociedad.
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