Los okupas saltan los muros que rodean aquellos lugares ubicados más allá de los circuitos de la valorización mercantilista del espacio urbano. Están adentro, en el centro de las gigantescas capitales, y a la vez tan lejos que no llegan los censos, los avalúos fiscales, el orden de la cuadrícula y su previsibilidad. Son habitantes de espacios sin lugar cuya vida, casi por si misma, cuestiona las rutinas de la vida del resto.

Hay quienes se organizan, desarrollan actividades políticas y bautizan las casas con los nombres de su causa. Es una ocupación que remite a un movimiento. Hay otros, como alguna vez vi en otro país, que usan viejas casas y edificios para vivir más allá de los arriendos y las cuentas por pagar, a partir de prácticas solidarias y comunitarias. Son jóvenes que con esas ocupaciones cuestionan los sentidos comunes del mercado. Y también otros okupas que quizás nunca quisieron o no pudieron ocuparse de esta especie de tradición política cargada de sentido antisistémico.

José y Valeria no tenían dónde vivir. A miles de kilómetros de distancia del “sueño de la casa propia” y los carteles publicitarios de las inmobiliarias, a Valeria le crecía en el vientre la pequeña Valeria Antonia. Lo sabemos porque la madre lo ha escrito en un muro de la casa, para dejar huella, para sostenerse en esa escritura y afirmarse en la silueta de su cuerpo que su pareja dibuja en la muralla, sabiendo que un día se iría y llegaría allí un nuevo testigo desarraigado.

Es un acto portentoso, colmado de una imaginación sólo posible en esa niñez que raya las paredes sin la culpa propia de los “hogares bien constituidos”. Las fotografías de Fabián España nos abren la casa, siempre en penumbras, llena de la tranquilidad de esas cosas en ruinas que parecen permanentes. Pero no hay que naufragar en la ingenuidad de una belleza mansa. Aquí está la miseria del país de la pujanza y el emprendimiento. Esta paz es el reverso de la vertiginosidad del crecimiento y la competencia, y como tal, sólo puede ser un remedo de lo mundano a costa de ser un lugar hundido en el que sin dudas se sufre.

Sin embargo, el sutil lente de Fabián España construye una ternura que pareciera imposible. Allí donde nos querían hacer creer que la pobreza lo era todo, el paseo por esta balada nos otorga una belleza a contramano, que no juega a quebrar normas y modelos. Por eso la belleza de la foto de Valeria en el baño es inabarcable. Ella está ahí, con los baldes y las murallas quebradas. Hay una luz oblicua, hay una ventana en un costado, hay un azul quebrado que la rodea. Valeria está como en un viejo cuadro holandés del XVII, desnuda como su vida, justo al centro de un retrato contemporáneo de lo que la capital globalizada expulsa sin cuidado. No podemos dejar de pensar sin embargo que dueña de si, en un gesto íntegro y múltiple, ha dejado ingresar al fotógrafo a ese lugar abierto donde tiene lugar su intimidad, y que con ese acto ella vence la “vulnerabilidad” que le atan al cuello otras manos, más elegantes. La familia de Valeria, José y la hija amada que nos trae el notable ensayo visual de España no tiene casa, con seguridad vive con muy poco, pero esta muy lejos de ser pobre.

(Texto: Rodrigo Ruiz)

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