UrbanoEn la foto aparece su madre, su hermana menor y él. Salen sonriendo. Es una imagen digital, impresa a color en un papel tamaño carta. Una hoja de resma para multicopiar, que ahora los retrata, se supone por sus ropas, en un día de invierno del año 2005. Sonríen. Ellas aparecen muy nítidas, con vivos colores. Sus rasgos no admiten duda alguna. Su mamá lleva el pelo más largo que la última vez que estuvieron juntos. Corresponde a otra época. Pero el parecido con su hermana resulta notable, tanto o más que el que ambos tenían con su padre. El para esas fechas llevaba al menos cinco años muerto. El tiempo mismo que dejó de aparecer en las fotos familiares. Los años posteriores a la Zenit, la cámara análoga que usaban para todos los encuentros, salidas o ceremonias, y que ahora descansa junto a muchas de sus pertenencias en un cajón del escritorio. Los años lo han confirmado, pues sus hijos se le parecen mucho. El paso del tiempo, visto como una memoria fotografiada. Volviendo a la foto. De los tres solo Urbano aparece borroso. Como si, particularmente, en el costado donde él se halla, la imagen perdiera nitidez. Un parapsicólogo desde luego tendría una respuesta. Pero no la necesitan. Cuando la imprimieron y repararon en el detalle, alguien recordó lo que pasaba en esa película de terror, donde la gente que iba a morir salía desfigurada o iba desapareciendo. Pero Urbano no ha pensado en morirse. No todavía. O no con la frecuencia que lo hacía a los 15 años. Eso sí que sería terrible, piensa ahora. ¿Morirse? No, que te recuerden en una mala fotografía. Donde casi ni te pareces. Sobre todo cuando lo único que uno hizo en vida fue intentar ser directo, hablar con claridad, intentar decir las cosas por su nombre. Eso sí que sería el colmo, piensa, apoyado con una mano en el mentón y otra sosteniendo la lámina impresa. ¿Qué puede significar que a uno lo recuerden mal? Si sirve de respuesta, primero que la imagen que se selecciona en las exequias sea la equivocaba. Y segundo, que nadie pueda decir algo que supere el lugar común al momento en que alguien muere. Que dentro de todo, es lo que puede ocurrir cuando esta viene y nadie se lo espera. Pues casi siempre la muerte llega de improviso. Asoma cuando nos sentimos más vivos.

La invención de la soledad

“Un día hay vida. Por ejemplo, un hombre de excelente salud, ni siquiera viejo, sin ninguna enfermedad previa. Todo es como era, como será siempre. Pasa un día y otro, ocupándose solo de sus asuntos y soñando con la vida que le queda por delante. Y entonces, de repente, aparece la muerte. El hombre deja escapar un pequeño suspiro, se desploma en un sillón y muere. Sucede de una forma tan repentina que no hay lugar para la reflexión”. Así comienza la novela La invención de la soledad, de Paul Auster. Un libro como muchos de los suyos que recogen elementos biográficos, escenas familiares, un sujeto que escribe, pero sobre todo preguntar e interrogarse sobre el padre. Así se enteró Auster de la muerte de su papá. La novela (sumamente recomendable) sigue de ese modo, dando cuenta de la ausencia, y desde las primeras páginas constando la vigencia, la materialidad, lo que existe de él en la casa donde vivía y lo irreversible que resulta, mirar ese entorno, sin dejar de imaginarlo a él, moviéndose en ese espacio, tomando, trayendo, usando, llevando esos objetos. Porque las personas también habitamos las cosas. Del mismo modo que, aunque nos neguemos a aceptarlo, las cosas también nos asignan vida, o definen quiénes somos. La última vez que estuve en su casa, entré nuevamente a su pieza. El tiempo se había detenido. El escritorio de mi padre como un laboratorio olvidado. Una biblioteca bombardeada. Un taller de experimentos del que han secuestrado a su inventor. Es un lugar sin vida, porque quien debería estar allí, fue llevado por los rusos. Esto último es un chiste familiar. Y de verlo citado aquí, de seguro le causaría mucha gracia.

La muerte según Bukowski

Charles Bukowski, en otras cosas, fue un descreído. Por suerte, decimos sus lectores. Y en un poema –aunque no solo en este en especial– refiere a la muerte. Se llama “Confesión”: “esperando la muerte/ como un gato/ que saltará a la cama” Abre con estos versos, para luego continuar apelando a la ausencia que supone (triste por lo demás) para su esposa su eventual muerte, y que cuando ella lo llame “Hank” él no podrá responderlo tendido rígido en la cama. Y entonces se compadece de eso, diciendo: “No es mi muerte la que/ me preocupa, es mi esposa/ quedándose con este/ montón de/ nada”. Y luego intenta redimirse, acotando: “quiero hacerle saber/ que a pesar/ de todas las noches/ de dormir/ junto a ella/ incluso las inútiles/ discusiones/ eran cuestiones/ tan espléndidas/ y las difíciles/ palabras/ que siempre tuve miedo de/ pronunciar/ pueden ser ahora/ dichas: / Te amo”. Es un poema de amor, pero como muchos de sus versos, sumidos en la derrota del pasado, con esquivos lances a un futuro posible, y al que apenas en el fallido presente que avanza, es la escritura la única capaz de recoger algún brillo como instante.

Otra foto real

Hay fotos que no recuerda. Hay fotos que no fueron hechas. Hay fotos que se perdieron. Hay imágenes olvidadas. Urbano recuerda lugares donde puso toda la intención en lograr una buena toma, pero otros factores, impidieron hacerla. De esas recuerda muchas. Son pocas, pero le penan. Las imágenes se le vuelven a aparecer, como fotos imposibles de su historia personal. Pues todas las fotos son personales. Aunque no los recuerdos. La memoria familiar reducida a un álbum fotográfico. Así, más que la última foto con su padre, él se esfuerza por recordar la primera. Están en un patio, el antejardín de una casa, en el barrio alto, una zona residencial de Concepción, donde él trabajaba. Urbano tiene unos dos meses de vida. Viste un traje blanco, tejido a palillo por su abuela. La luz de la mañana se cuela entre los árboles, y hace resplandecer toda la claridad del vestido. Su padre casi arrodillado, con la basta y el plisado de su pantalón de vestir, resultan extraños, sobre un pasto que, presumiblemente, él mismo ha mantenido de ese largo y color. Aunque la foto es en blanco y negro. ¿Y un niño de meses con trajecito de lana, no llama la atención sobre ese pasto? Recuerda los letreros de NO PISAR EL CÉSPED en la Plaza de Armas. Ahora es parte del olvido. No existen fotos imposibles. El problema, piensa Urbano, no es la última foto, sino la primera.