MujicaNo me parece que, a estas alturas, sea válido preguntarse sobre el alcance real que el proyecto Mujica tiene para su país concreto, Uruguay. No lo es porque, si atendemos realmente a su discurso y a los signos concretos que lo han hecho famoso en el mundo entero, la cuestión que a él le preocupa no responde a un programa de carácter local sino planetario y el objetivo fundamental de su búsqueda no es el contenido de un simple bienestar humano concretado en la materialización de ciertos derechos (matrimonio igualitario, por ejemplo), sino una propuesta cultural relacionada con la Felicidad Humana. Reducir su mandato a sus logros legislativos que, por cierto, tan bien nos hacen a países como el nuestro, o a las deficiencias administrativas y económicas que persisten en su país, me parece mezquino. Hacerlo comporta el riesgo de no ver, detrás de los árboles, el inmenso bosque que constituye el desafío global que nos deja cuando ya se encuentra pronto a expirar su periodo gubernamental.

Para entender el mensaje de Mujica, es interesante revisar el discurso que pronunció con ocasión de la Cumbre sobre la Tierra en Río de Janeiro, en junio de 2012. Allí, en el contexto de innumerables propuestas técnicas sobre la acuciante preocupación por el futuro del planeta, Mujica, en una alocución de apenas diez minutos de duración, hizo ver que el problema fundamental que enfrentamos no es de carácter ecológico, sino político. La cuestión radical no está en ver cómo hacer accesibles los beneficios de que gozan los países desarrollados a todos los habitantes del mundo, pues el sistema generado por la globalización neoliberal ha desencadenado un complejo de necesidades para el cual los recursos de la tierra no serían suficientes. El ser humano, en este concierto, se ve atrapado por una cadena de consumo-trabajo que crece desaforadamente en una espiral de explotación de recursos cada vez más destinada al resultado de productos desechables y a la generación de residuos no degradables, como son las islas o continentes plásticos de basura que crecen en medio de los océanos (así lo ha comentado en otras intervenciones). Lo peor de todo es que, en esta dinámica, la promesa de la modernidad, consistente en felicidad para todos, se hace cada vez más lejana. El hombre y la mujer, en su experiencia individual se sienten convocados a adquirir cada vez más bienes, para los cuales necesitan endeudarse más y, en consecuencia, trabajar más, ocupando amenazantemente su tiempo libre con menoscabo de esa sustancia vital, intemporal e inmaterial que es el ocio, tan necesario para aquilatar el valor de la existencia y dar sentido al paso de cada ser humano por este tránsito tan breve que es la vida.

Llegado a este punto, el discurso de Mujica adquiere su hondura más crucial y se hunde en raíces culturales que apelan al legado de Epicuro, Séneca y de los Aimaras, remontándose a la vieja cuestión de la Felicidad como componente esencial de la existencia humana. No se trata de pregonar una suerte de parálisis en el desarrollo de los pueblos, sino invitarse a pensar un modo de desarrollo que ponga en el centro del mismo la razón que todo hombre y toda mujer tienen para vivir. Sin decirlo, está aludiendo a una concepción profunda del concepto de “ecología” que, todos los sabemos, etimológicamente se refiere al “tratado sobre la casa”, es decir, el estudio sobre el hogar humano, en el cual es posible que todas las especies puedan vivir en armónica convivencia. Aquí adquiere espesura el modo en que Mujica concluye su discurso: “cuando luchamos por el medio ambiente, el primer elemento del medio ambiente se llama la felicidad humana”.

Ahora bien, la felicidad de que habla Mujica comporta contenidos ampliamente contraculturales. No entran ahí ni nuestra hiper necesidad de prestigio, confort, sistemas de comunicación sofisticados ni toda la inventiva tecnológica apabullante que nos sorprende cada día y nos hace cada vez más dependientes. Habría que releer la “Oda a la vida retirada” de Fray Luis de León, el famoso Discurso de la Edad Dorada de Don Quijote, o las Geórgicas de Virgilio para entenderlo mejor. Sería necesario adentrarse en algunas doctrinas ancestrales, tanto para Oriente como para Occidente, para comprender que la base del sustentamiento personal está en una sabiduría tan antigua como escondida y que es la del “contentamiento”. La civilización moderna nos ha entrampado al asociarla con pasividad, conformidad y falta de aspiración. Todos hemos caído en la trampa para terminar vinculando el progreso humano con la tiránica aspiración a la posesión de bienes y al orgulloso sentimiento de poder que los acompaña. Aunque declaradamente no creyente, Mujica se acerca también a la doctrina evangélica de Jesucristo que predicaba una libertad similar a las aves del cielo y a los lirios del campo, y, también, al testimonio del más pobre de los santos, Francisco de Asís, de quien se decía que tenía pocas cosas y que lo poco que tenía lo deseaba poco. El punto no es conseguirlo todo, sino desear menos. He aquí la base de una doctrina que responde tanto a un cambio de derrotero en las búsquedas humanas como a la solución de la insuficiencia de los recursos terrestres que, si bien alcanzan para las necesidades de todos, se ha demostrado que no son suficientes para las ambiciones ni siquiera de unos pocos.

Recuerdo que en mi infancia fui educado en una cultura familiar que consideraba la ostentación de la riqueza como ofensiva. De alguna manera, se sospechaba de aquellos que necesitaban tener muchas cosas para ser felices y de su afán por demostrarlo. Hubo un momento en que ese pudor cultural se rompió; las grandes galas televisivas para hacer desfilar trajes cubiertos de brillantes que cuestan varias veces lo que un sueldo mínimo y que no verán más que la gloria discutible de una sola noche, son la prueba de ello. Por eso, es tan válido y significativo el testimonio de José Mujica: su casa, su tractor, su perra coja, su Volkswagen escarabajo son casi toda su hacienda; lo demás lo reparte para otros. Los medios de comunicación reducen a anécdota el inmenso valor que contiene esa opción, y pocos escuchan la sentencia que ha repetido en innumerables foros y entrevistas: “pobre no es el que tiene poco, sino el que necesita infinitamente mucho y desea más y más”. Estas palabras resumen el ideario propuesto por las culturas y pensadores que cita y son una clara profecía de denuncia para muchos de nosotros, a menudo angustiados por un ansia desenfrenada que, para saciarla, conculca en su camino el valor de la amistad, la fraternidad, la solidaridad, la justicia, el valor de la misma vida propia enfrascada en proyectos suicidas que siempre terminan con el cuerpo aniquilado sobre ese mínimo retazo de terreno que llamamos tumba, el único del que, aunque no todos, tenemos asegurada su propiedad.

Concluido el discurso de Mujica en Río de Janeiro, los distraídos dignatarios presentes aplaudieron con desgana. Los imagino más atentos a su whasapp que a la perorata del último profeta de las Américas. No importa, algo me dice que generaciones futuras leerán con devoción y respeto este discurso que, nacido de una ínfima provincia del sur, se dirige no tanto al presente como al futuro, no tanto a los intereses de una nación como a los de la Humanidad entera. Algunos ya califican a José Mujica como un mito más que una realidad. Y me temo que tienen la razón, pues un mito es tal cuando se transfiere como texto radical que ahonda en la precaria condición humana para responder a ella con una propuesta trascendente y escatológica, es decir, cuando es pronunciado no para resolver realidades ya hechas y fracasadas, sino para crear un mundo nuevo.