En El secreto en la montaña, la aclamada película que narra la historia de dos hombres que descubren su homosexualidad conviviendo en la intemperie mientras resguardan un gran rebaño de ovejas en época estival, impacta el hecho de que dos personas que se amen tuvieran que recurrir al hermoso paraje de los montes de Brokeback Mountain para poder amarse tranquilamente. La película –que ganó tres Óscar– se encuentra ambientada en la década de los ´60, una época que si se quiere, hablar de homosexualismo era referido a perversión, decadencia, inmoralidad y en algunos casos (los más extremos diría yo) de pedofilia.

Más de 60 años después, asombra encontrarse con opiniones y argumentos similares con los que algunas personas se refieren a los homosexuales. Parecen no cansarse ni menos entender. O bien, dicho de otra forma, no quieren cansarse ni mucho menos entender. Todavía un sector conservador de nuestro país, con actuaciones anacrónicas y arrogantes insisten en enjuiciar a las parejas homosexuales prohibiéndoles el derecho a la libertad y a vivir el amor como ellos escogieron hacerlo: junto a la persona que aman.

El pasado lunes 24 de febrero, un matrimonio homoparental interpuso en la Corte de Apelaciones de Santiago un Recurso de Protección en contra de los Senadores de la UDI, Víctor Pérez y Jaqueline Van Rysselberghe, además de la Diputada del mismo partido político, María Angélica Cristi, por una serie de declaraciones que efectuaron a través de la prensa en relación al debate de adopción de parejas del mismo sexo. La acción judicial, sin duda, sentó un precedente en materia de discriminación en nuestro país. Aunque habrá que ver qué tanta efectividad tendrá el recurso, tomando en cuenta lo alicaída que se encuentra la justicia chilena.

En lo sustancial, la acción judicial apunta a que los parlamentarios violentaron los derechos a la integridad psíquica y a la igualdad señalados en la Constitución, así como la Ley Zamudio y variados tratados internacionales que garantizan la no discriminación, tras pronunciarse en contra de los padres del mismo sexo.

La Senadora Van Rysselberghe dijo en entrevista en La Tercera: “qué culpa tiene un niño de que lo adopte una pareja homosexual (…) Hoy día queremos privilegiar parejas homosexuales que parejas heterosexuales para adoptar a niños, eso no corresponde”. Posteriormente, el Senador Víctor Pérez arremetió agregando: “creemos que no es conveniente para la formación de un niño o una niña que sus padres sean de un mismo sexo, estamos protegiendo los intereses de la formación de los menores”. Y, por último, la Diputada María Angélica Cristi dijo: “ahora seguramente se votará el matrimonio de homosexuales y hasta podría permitírseles que adopten. (Esto es) una aberración, porque un niño necesita padres (…) Se parte del concepto de igualdad de género y por ahí nos vamos: se debilita la familia, hay baja natalidad, se defienden los derechos homosexuales. Más niños sufren, hay más abandono, me da mucha pena”.

Las declaraciones de los parlamentarios no dejan de llamar la atención. Primero, por los juicios de valor emitidos por cada uno de ellos, calificando de “aberrante” e insinuando lo desgraciada que podría ser la vida de un niño criado por padres del mismo sexo. Se me viene una pregunta lógica: “¿qué podrían saber ellos sobre la desgracia de un niño criado por un matrimonio homoparental?”. Es que lo que llama la atención es que las declaraciones las realizan desde un punto de vista ideológico, sin ningún tipo de pruebas sicológicas, sociológicas y científicas que acredite que un niño adoptado por homosexuales pueda enfrentarse de forma distinta ante la sociedad. En segundo término, nos encontramos frente a la postura de un partido político que se ha dedicado a enarbolar las banderas del conservadurismo y que ha colocado una serie de obstáculos para que Chile siga progresando intelectual y socialmente.

Nuestro país –aparentemente–  goza de estabilidad económica y política en relación al resto de las naciones que conforman nuestra región. Pero para ser una sociedad realmente desarrollada tenemos que ser capaces de desligarnos de una buena vez de pensamientos anacrónicos, cargados de juicios religiosos y retrógrados que nos impiden estar a la altura intelectual de una nación europea. Las declaraciones de los parlamentarios de la ultraderecha (no se engañe cuando le digan centro-derecha o derecha-popular) están cargadas de odiosidad y conservadurismos; lo dije anteriormente: no existen pruebas científicas que avalen que un niño puede crecer de forma anormal con padres del mismo sexo. Lo aberrante es seguir escuchando a un grupo de personas que no han aceptado que personas (como usted, como ellos o como yo) ame a otro individuo del mismo sexo.

En diciembre pasado se conoció el caso de Alexis Castillo, un joven de Rancagua que obtuvo puntaje nacional en la Prueba de Selección Universitaria de Matemáticas. El chico es hijo de dos madres y junto a su hermana conforman una familia común y corriente; tuvo una vida normal, asistió al colegio y siempre obtuvo excelentes notas. Nada anormal. Estudiará Medicina y contará siempre con el apoyo de sus dos madres. Pienso en algo mucho más contingente, en Ricky Martín, que llegó el domingo 23 de febrero a Viña del Mar junto a sus dos hijos. Los chicos –hasta lo que sabemos– tienen una vida normal, guardando las proporciones de ser hijo de una superestrella de música mundial.

A lo mejor a los parlamentarios de la UDI y todo quien insista en colocarse desde la vereda de la discriminación y la ignorancia les faltaría informarse más. Tener amigos homosexuales, interactuar con ellos y darse cuenta de que todo se desarrolla como en el mundo heterosexual. No quisiéramos llegar al extremo de que las parejas homosexuales y sus hijos tuvieran que arrancarse hacia la cordillera para que puedan vivir tranquilos su amor, por culpa de unos fanáticos anacrónicos y retrógrados que no aceptan la diversidad y que el mundo –incluido Chile– ya cambió.