Desconcierta constatar hasta qué punto incide en América Latina la política exterior norteamericana. Claro está que hablamos de los efectos en los terrenos que son propios de la izquierda política. El Departamento de Estado y la Casa Blanca se han ganado, como poco desde 1898, sino desde 1848, la animadversión, el descrédito y la ojeriza de cualquiera que se considere progresista y viva al sur del Río Grande. Algo parecido lo encontramos, aunque por razones particulares y específicas, en España. Por lo que a América Latina respecta, no hace falta recordar la Doctrina Monroe, la diplomacia de las cañoneras, la política del big stick, la Doctrina de Seguridad Nacional, etc., etc. Los Estados Unidos han actuado en el Continente siempre con soberbia, con desconocimiento cuando no con desdén, con injerencias impropias de un vecino razonable, o evidenciando síntomas claros de ensimismamiento y concentración monocorde sobre sus intereses más primarios y coyunturales.

Escribía recientemente Peter Hakim que en la cumbre de la CELAC celebrada en La Habana el único punto de gran consenso entre los miembros de la comunidad ?pese a su distinta adscripción ideológica? fue su oposición a las políticas de Washington que tratan de aislar y castigar a Cuba, y que son vistas como injustas, anacrónicas e improductivas. Es por eso que ningún país del área, incluso los de mayor sintonía con el Departamento de Estado, está dispuesto a criticar la represión en Cuba, sus violaciones de los derechos humanos, o la penuria económica en la que se encuentra sumida la inmensa mayoría de su población. Conclusión: en toda la región, Cuba es tratada como un país normal, precisamente porque los EEUU lo trata como un paria.

Si esto es así con carácter general en el escenario político continental ?con su margen derecho y su margen opuesto?, lo que ocurre específicamente en la orilla izquierda corrige y aumenta lo contemplado hace poco en La Habana. La torpeza (y la injusticia) norteamericana en cuanto al mantenimiento del embargo, que perjudica más a las capas más dependientes de la población cubana que al régimen castrista (al que proporciona dosis de legitimidad), solo puede ser explicada en la medida en que Washington está preocupado por Cuba exclusivamente en tanto que problema interno por los efectos en el estado de La Florida. Es imposible, pues, no condenar esa agresión de los Estados Unidos y exigir que acabe de una buena vez, pero ello no debiera ser obstáculo para que la izquierda democrática continental pudiera censurar tanto como hay de censurable en el antidemocrático sistema cubano.

¿Puede hacerse algún paralelismo entre este cierre de filas y otro en torno al chavismo sin Chávez venezolano?

Rubén Martínez, colega y amigo, profesor experto en Derecho Constitucional, que fuera en su día asesor de la Constituyente en 1999 y del presidente Chávez de 2002 a 2007, persona por lo tanto nada sospechosa de simpatizar con el antichavismo, escribía ayer en prensa: “La revolución pacífica debería entender que muchas cosas se han hecho mal, empezando por la incapacidad para cumplir varias disposiciones constitucionales sobre los derechos. Las cárceles siguen siendo morideros de personas que viven bajo condiciones infrahumanas; los homicidios ya no escandalizan por ser habituales; y la corrupción campa a sus anchas, con el coste social que ello implica. Se ha avanzado en igualdad social, lo que sin duda fue la base del apoyo al chavismo; pero de poco sirve acceder a la vivienda o a la educación si es imposible saber si alguien de la familia llegará con vida a casa esa noche, o si la llamada de teléfono que se recibe es provocada por un secuestro o un abuso de autoridad”.

¿Es posible censurar la deriva autoritaria de la Venezuela de Maduro y Cabello, y no ser tachado de cómplice de la facción más antidemocrática de la oposición venezolana? Se le debiera recordar al gobierno bolivariano de Nicolás Maduro que ganar unas elecciones no significa obtener una patente de corso para hacer lo que le venga en gana a quien venció. Y eso es válido para los chavistas en Venezuela y, por ejemplo, para Rajoy y compañía en España. Es cierto que la oposición antichavista no es un sindicato de arcángeles, pero si el resultado de las últimas elecciones ya fue ajustado (51/49), ahora la movilización popular en las calles es más que notable.

Sorprende, por ejemplo, que las manifestaciones estudiantiles en Venezuela sean criticadas sin más desde la izquierda. En cualquier país, cuando los universitarios se han lanzado a las calles, ya sea París o El Cairo, México DF o Washington, Madrid o Roma, Pekín o Praga, se ha entendido que era una evidencia de sana rebeldía anti autoritaria; las de Caracas en la actualidad no gozan de esa consideración. En el tiempo reciente las de Santiago fueron saludadas con alborozo cuando ocurrieron en el Chile de Sebastián Piñera, y con razón; pero los mismos que las promovieron en Santiago las descalifican cuando se dan en las calles de Caracas. Parece incluso, según publica la prensa chilena, que la primera grieta interna en la victoriosa Nueva Mayoría comandada por Michelle Bachelet ha aparecido por las disensiones que provoca la situación venezolana.

¿Por qué tiene esa especie de bula el régimen que ahora preside Nicolás Maduro? ¿Será, también, por la proa que Washington le tiene puesta? Hans Dieterich, que a finales de los noventa inventó aquello del socialismo del siglo XXI, dice hoy que es o una cosa vacía o simplemente un capitalismo de Estado; Teodoro Petkoff, ex guerrillero comunista autóctono, sostiene que el actual es un régimen autoritario, autocrático y militarista; el periodista Miguel Ángel Bastenier explica que el sistema chavista es un socialismo más próximo a Santa Klaus que a Lenin; y el politólogo Manuel Alcántara afirma que la indiscutible mejora de las condiciones de vida de los más débiles (antes sencillamente olvidados por los del pacto de Punto Fijo) se hace desde el paternalismo de Estado y adobado con un caudillismo mesiánico.

Son razonables las dudas de la capacidad de Maduro y el actual gobierno para conducir el país con los fortísimos vientos que soplan. La inflación, el desabastecimiento y la violencia política y social están hundiendo al país. Venezuela es el tercer país más violento del mundo con 45 asesinatos por cien mil habitantes según la ONU, tras Honduras (91) y El Salvador (69); y Caracas la tercera ciudad más violenta del planeta (119), tras San Pedro Sula, en Honduras y Acapulco en México. ¿Cuál es la explicación de que esta lacra perviva quince años después de la victoria bolivariana?

Nicolás Maduro y la cúpula del régimen dice que todo es culpa de las conspiraciones internas y externas, del imperialismo y, particularmente, del fascismo. Todos los que se le oponen son fascistas. En las últimas elecciones 7.5 millones de venezolanos votaron por él, pero 7.2 millones votaron por su contrincante, el opositor Capriles. Son demasiados fascistas. Venezuela no puede ser el país con más fascistas por kilómetro cuadrado del mundo.

¿Por qué, pues, sigue la izquierda dándole cobertura acrítica a un gobierno patéticamente incompetente que no es capaz de mantener el abastecimiento de productos de primera necesidad, ni de llevar la seguridad a sus calles, ni de detener la deriva de confrontación interna que padece? ¿Por qué no le exige al Gobierno legítimo y a la oposición legítima que se sienten y negocien hasta recuperar la convivencia? ¿Será también, como ocurre con Cuba, porque los gringos son unos vecinos hostiles?