2014_Venezuelan_Protests_(12F) durdaneta

Fotografía: durdaneta

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Corría el mes de febrero de 1956 cuando, en el marco del XX Congreso de PCUS, su Secretario General Nikita Kruschev utilizó la tribuna oficial para sorprender a los asistentes con un firme llamado a la rectificación y la crítica de las atrocidades cometidas durante el período stalinista. En medio de su alocución, se cuenta que una voz se alzó de entre los disciplinados militantes: “Y tú, ¿dónde estabas en ese entonces camarada Kruschev?”. Luego de un silencio espectral, Kruschev observó la tribuna y, al no poder dar con el interpelador, respondió firmemente: “Camarada, yo estaba en ese mismo lugar en que usted se esconde”.

Evidentemente, si Kruschev hubiera alzado la voz, tal como miles de revolucionarios comunistas lo hicieron contra Stalin –por no decir católicos, zaristas o pro-capitalistas-, no hubiera sido protagonista del período de crítica soviética al “culto de la personalidad”, y lo más probable es que hubiera sido una de las tantas anónimas víctimas del gulag. Pero argumentos para el silencio, más allá de estas consecuencias, había de sobra para militantes como Kruschev y tantos otros: en la época stalinista, la URSS se encontraba consolidando su proceso de construcción del socialismo, acosada por la presión capitalista y, sobre todo, devastada por la sufrida “Gran Guerra Patria”. Impertinente hubiera sido, es claro, cuestionar la mano de hierro de quien impedía que la URSS “retrocediera” hacia los tiempos del zarismo. ¿Qué diferencia se podía hacer, diría un sensato, entre la “crítica constructiva” y la sedición?; ¿cómo distinguir entre la crítica “revolucionaria” y el “interés antipatriótico” de quién deseaba el fin del primer experimento comunista en la historia de la humanidad?

Esta vieja anécdota acontecida en una república que hoy no existe, pequeño trozo en la historia de aquel viejo campo socialista derrumbado cual “efecto dominó”, cobra vigencia cada vez que la siempre impertinente crítica se coloca frente a frente a la urgencia: ¿No es acaso la urgencia anticapitalista, junto a los tanques soviéticos, lo que acalló a los “críticos de Praga”, y antes a los “críticos de Hungría?; ¿no son acaso las urgencias de la crisis económica y la fragilidad geopolítica de Cuba buenas razones para posponer la crítica para “tiempos mejores”?

Lo que ocurre en estos días en Venezuela, y más precisamente con los debates que en la izquierda de nuestro país se han generado en torno a los acontecimientos de este país hermano, actualiza estos dilemas referidos a la relación entre la “crítica” y la “adhesión” a un proyecto político.

Es efectivo: la crítica a destiempo suele ser impertinente, suele restar más que sumar: ¿Acaso no hubiera sido más fácil para Allende el no haber tenido que lidiar con las voces críticas que, desde la izquierda, le enrostraban sus intentos “conciliadores”?; ¿no sería menos dura la conducción política de Evo sin los indigenismos que critican su “vocación hegemónica”?

Más allá del puñado irreflexivo de vociferantes que ven en Venezuela un idílico paraíso de la construcción del “socialismo del siglo XXI”, resultan escasas las voces que no reconocen que, hoy por hoy, la República Bolivariana se encuentra afectada por un conjunto de grandes y serios problemas y desafíos: el desabastecimiento, la inflación, la inseguridad, la corrupción y la inestabilidad política resultan realidades cuyo reconocimiento no amerita ni de la “propaganda sediciosa” de CNN ni de la fanaticada de Miami. Es cierto: Venezuela tiene problemas, quién lo dudaría.

Pero ahora, ¿no será más sensato apoyar al gobierno “bolivariano”, gritar consignas tras Maduro, Diosdado y Elías y denunciar los intentos de desestabilización del proceso venezolano?; ¿no será “hacerle el juego al enemigo” el sumarse a la crítica y la denuncia?; ¿no será acaso ingenuo reconocer los múltiples problemas que afectan a Venezuela y la evidente incapacidad política de su gobierno para hacer frente al escenario político de estos días?

Es efectivo: la crítica a destiempo suele ser impertinente, suele restar más que sumar: ¿Acaso no hubiera sido más fácil para Allende el no haber tenido que lidiar con las voces críticas que, desde la izquierda, le enrostraban sus intentos “conciliadores”?; ¿no sería menos dura la conducción política de Evo sin los indigenismos que critican su “vocación hegemónica”?

Venezuela, sin embargo, no es la URSS, ni la izquierda debe estar condenada a ser Kruschev. Venezuela es una democracia, y como tal debe estar sometida, desde dentro y desde fuera, a toda la energía crítica posible. Y si precisamente hay un valor incuestionable de la democracia, más allá de sus traducciones procedimentales, es justamente ser un espacio inestable y en permanente construcción en el cual la crítica, el antagonismo y la diferencia son su único axioma.

Digámoslo con claridad: toda crítica “siempre” es impertinente. Toda crítica siempre se enuncia a destiempo. Pero sin crítica, es menester decirlo, no hay democracia ni revolución posible.