Marcha_hacia_el_Palacio_de_Justicia_de_Maracaibo_-_Venezuela_06 MaAlejandra Mora

Fotografía: María Alejandra Mora

El breve debate entre Rodrigo Ruiz y Carlos Durán en la web de El Desconcierto, ha puesto luz sobre un viejo problema sin solución en la izquierda. Es aquello que el mismo Durán ha denominado “la relación entre la ‘crítica’ y la ‘adhesión’ a un proyecto político”, o Ruiz “La distinción entre los lugares del apoyo y de la crítica”. Los aportes en ambos escritos son muy interesantes. Mientras Ruiz pone los acentos en la urgencia del apoyo, Durán realza el valor de la crítica como compañía eterna de la revolución. Para Ruiz, “apoyar entonces es engrosar la resistencia al gesto imperial”, enfatizando que “Ese es el signo del momento presente”, pues “tiene que ver con definir posiciones respecto de una gran confrontación de escala global”. Para Durán “toda crítica ‘siempre’ es impertinente. Toda crítica siempre se enuncia a destiempo”, y sin ella “no hay democracia ni revolución posible”. Ante sus dos escritos, no queda sino reflexionar aún más de lo ya hecho en más de un siglo y medio de historia de las revoluciones socialistas. Siendo textos breves, dicen mucho, dejando la cuestión en el mismo punto que quedó tantas veces, en el de la perplejidad de los que no pueden sino reflexionar, pues la distancia geográfica impide otro gesto que no sea algo ubicado entre la solidaridad total y la crítica despiadada. Quisiera, por lo mismo, agregar algunos elementos sobre la contingencia política local de ambos posicionamientos, tanto de la crítica como el del apoyo.

Tanto la crítica como el apoyo tienen dos dimensiones compartidas. La primera es la referida a la motivación de quien las ejerce, es decir, qué función busca cumplir para el emisor de la crítica o el apoyo, desde qué punto y hacia dónde busca moverse quien hace uso de ambos instrumentos en una coyuntura determinada. La segunda dimensión es la del efecto causado, es decir, a quién o quiénes afectó la crítica o se endosó el apoyo, y a qué fuerzas concretas les sirvió la acción hecha. Es importante notar que es muy probable la contradicción entre ambas dimensiones. Usando el ejemplo propuesto por Carlos Durán, el silencio de Kruschev ante el horror de Stalin pudo buscar la salvación personal ante el líder o cuidar la imagen internacional de la URSS, pero al final sólo sirvió a la deslegitimación del proyecto soviético ante las miradas occidentales muy sensibilizadas por los horrores de la Segunda Guerra Mundial. En la crítica y en el apoyo, así como toda acción en política, es difícil saber para quién se trabaja. Y por lo mismo es importante dilucidar todo moralismo y religiosidad del análisis, porque los términos de lo correcto y lo bueno dependen siempre de la fuerza que define los límites de esos conceptos, del grupo dominante, y así, dependiendo de en qué lugar y tiempo se esté, no son referencias inmóviles ni menos absolutas.

Sobre la base de estas dos dimensiones, podemos proponer algunos elementos sobre el alcance y consecuencia del apoyo y la crítica que emprendió el amplio campo de la izquierda y el progresismo en los días de febrero del presente, los días en que más atención mediática hubo sobre las protestas en Venezuela.

La crítica versó principalmente sobre dos elementos: la violencia represiva del estado y la cuestión de la rectitud moral del chavismo en el poder. Independiente de la veracidad o certitud de las críticas a la Venezuela chavista, lo cierto es que emitidas en Chile y en un tono de desmarque respecto de los adherentes del proceso bolivariano, podemos intuir que la crítica, más que ser impertinente, fue oportunista en general. Porque la crítica puede no tener nunca un momento adecuado y por ende, como bien indicó Durán, siempre debe hacerse, pero el espacio y los micrófonos usados esta vez para ello no fueron los mejores. ¿Ante quién escriben los críticos cuando repiten alarmados una y otra vez las noticias de la represión en Venezuela? ¿Cómo explicar el silencio que muestran cuando sucede lo mismo en Colombia o en México? ¿Cuál es la vara para medir uno u otro acontecimiento como noticia?.

Así las cosas, la crítica “a Maduro” (porque desde tales veredas ya no se habla de un proceso ni de un proyecto) de estas semanas le habló a los micrófonos y cámaras de la prensa derechista. Y ese es un punto fundamental en la situación política de la crítica: no existe algo así como el “espacio” o el “debate público”, sino una organizada construcción de opiniones a partir de muy conscientes dueños de medios de difusión masiva, que buscan torcer o mantener a su favor el sentido común. Resulta impresionante tener que repetir aquello, pero cuesta creer que la arrogante crítica, la del dogma democrático imposible de cuestionar, como indica Ruiz, busque más el mejoramiento de las condiciones de vida en Venezuela que el probar ante los medios de la derecha chilena la adhesión a los principios del fin de la historia, de la democracia sin pueblo y de la macroeconomía del laissez faire.

Así las cosas, la crítica termina dirigida a la izquierda chilena que mostró su apoyo al proceso bolivariano. Independiente de los objetivos propuestos en ella, cuando esa crítica se hace a través de y para los medios de la elite chilena, a quien más le sirve no es ni al imperio ni a los golpistas venezolanos, como rezó la monserga del izquierdismo simplón. Le sirve a la derecha chilena y a la derecha de la Nueva Mayoría, pues así busca ejemplos de moderación, del buen pupilo de las cuatro décadas de neoliberalismo autoritario. Son la mejor prueba que exhibir a contraluz de la izquierda sobre cómo la cordura política del tiempo presente es abjurar de lo que ellos llaman populismo.

Pero la izquierda en esta pasada no salió mejor parada. Sus apoyos destemplados fueron igual de útiles a los fines de la derecha chilena que la crítica airada del progresismo. La izquierda fue el sparring que necesitó la crítica para dibujar con claridad sus argumentos, aquellos de que en Venezuela no hay sino una locura violentista que no sabe administrar nada salvo la agitación de las masas. Lo que necesitaba una derecha muy arrinconada tras el desastre electoral de noviembre y diciembre en Chile, así como el posterior desangramiento interno, era un enemigo tan burdamente antagónico a los mínimos principios de la derecha, que permitiese un momento de unidad. Pues el corillo de izquierdistas que profesaron su lealtad irrestricta al socialismo venezolano sirvieron de la mejor de las caricaturas de sí mismos.

El fantasma del stalinismo, es decir, del culto a la personalidad y la defensa ciega de la violencia estatal para defender al grupo en el poder, volvió a moverse como marioneta, y los hilos los movía El Mercurio. Bastó una impresentable portada en Las Últimas Noticias, hablando de un estudiante muerto en Venezuela, para que la izquierda estudiantil cayese en la trampa de salir a decir a los interesados oídos de la prensa de la elite lo que ésta buscaba escuchar: los estudiantes chilenos son sobreideologizados e irresponsables. Después vinieron las procesiones litúrgicas a las embajadas, las adhesiones obsecuentes en cada esquina y computador atento, la carrera alocada por demostrar quién estaba más cerca de las sagradas escrituras marxistas o quién le era más leal al chavismo, etc. Lo que nunca se entendió es que, a la larga, el colorido apoyo bolivariano, al ser transmitido por los medios de la elite, le servían más a la derecha chilena que a la izquierda venezolana. Las posteriores -y más acertadas- aclaraciones a la primera declaración de la Fech, emitidas por su presidenta y su vicepresidente, son prueba del paso en falso dado.

¿Qué buscaba El Mercurio y, con él, toda la derecha (también la de la Nueva Mayoría)? Pues simplemente un objetivo político local: caricaturizar como desorden e irresponsabilidad, como caos y violencia, la iniciativa de reformas que empujan amplios sectores sociales junto a la izquierda fuera y dentro de la Nueva Mayoría. El resultado final de esta jugada no es fácil de determinar, probablemente porque el juego aún no termina. Este fue sólo un movimiento. Mientras más asocia a la figura de Maduro, a la violencia callejera, al enfrentamiento y el caos, a los defensores de las reformas al modelo neoliberal, más fuerza toma el “partido del orden”. De la misma forma, mientras más interés hay en el progresismo por aprobar la asignatura de democracia pinochetista en las aulas del neoliberalismo, más arrinconada queda la izquierda.

Por tanto, no se trata de si lo correcto o lo urgente es criticar o apoyar. Creo que tampoco podemos definir con facilidad si es el momento de lo uno o de lo otro. Antes que definir aquello, es urgente definir que el apoyo y la crítica tienen canales y receptores, así como utilidad política acotada al tiempo y el espacio específico del conflicto local. También que esos criterios deberían primar antes que la consecuencia o la adhesión a entelequias. Por eso este debate, por este medio, tiene utilidad para la izquierda. La crítica y el apoyo deben ser hermanos, forzados a estar juntos, aunque a veces se trunquen el camino el uno al otro. La izquierda, eso sí, no es una institución que debiese preocuparse de los buenos modales o de la rectitud total de las acciones, menos cuando estos se predican desde los altavoces de los corruptos de toda historia. La izquierda es un bando cuyo único sentido es hacer que el pueblo venza a sus históricos enemigos.

La izquierda chilena, así, debiese poner el factor político, el factor de la disputa de fuerza, como el primer evaluador de sus acciones. Pero falta camino para esto, pues aún se está más cerca de la ilusión que del poder.

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Ver también:

Venezuela: la hora del apoyo, por Rodrigo Ruiz.

Venezuela y la crítica a destiempo, por Carlos Durán.