En las últimas semanas han salido un par de noticias sobre Bolivia que han circulado globalmente. La BBC publicó un artículo sobre la nueva moda chola —“The Rise of the Cholitas”— que apunta, además de destacar la exquisita vestimenta, hacia la inclusión social de un sector hasta hace poco excluido. Poco después, el New York Times escribía una larga columna ensalzando la economía boliviana, sus políticas macroeconómicas, su crecimiento sostenido, más aún comparado con el desastre (según el periódico) de algunos de los países vecinos (algunos recordarán una de las portadas recientes de The Economist sobre Argentina…). Esto último causó sorpresa en muchos sectores progres. El mismo El Desconcierto, por ejemplo, encabezó la noticia con “Increíble pero cierto”.

Por esas casualidades, estaba justo en La Paz cuando leí esa nota. Había venido a estas altas, duras y hermosas tierras a hablar de literatura y de realismos y de vanguardias; y, para qué vamos a decir una cosa por otra, la ciudad me habló mucho más a mí de esos temas y de otros. La cosa anda movida por estos lados. Se habla de política, se mueve la gente. El transantiago paceño se inauguró en estos días (el Puma Katari, gran nombre que une la fuerza del felino con la sagacidad, y la capacidad de virar en las endiabladas curcas subiendo-bajando de la serpiente; claro que su inició fue mucho más inteligente que el de su contraparte chilena. Digamos, eso sí, que la situación de la locomoción colectiva es bastante caótica. Las movilidades permiten poca movilidad a ciertas horas; pero que son económicas, lo son: 120 pesos, pues). Además, Carnavales ya está por comenzar. En el Prado los chicos y chicas de las escuelas se arrojan globos con agua. Yo los veo desde el Café Alexander, donde me tomo un café y a mi lado una mujer con un bolso Louis Vuitton revisa su I Phone, un poco más allá a una chola que cruza la plaza de la Reina Isabel el viento le arranca su sombrero. Y más arriba, el Illimani, el gran portador de las aguas, mira (quizá alegre, quizás preocupado) la algazara que se desarrolla por las calles de Nuestra Señora de la Paz.

Es de noche. En la plaza Abaroa —un tipo que, como dice el su estatua, defendió el litoral boliviana— la gente se reúne a charlar, besarse y andar en Skate. Estoy en un bar  irlandés. Ha sido un día largo de caminar, plaza Murillo, Iglesia de San Francisco, lo típico que hace un turista, pero ahora estoy ahí con la Xime y el Mauri, escuchando encantado sus erres y sus elles que soy incapaz de imitar.

Les pregunto a bocajarro qué onda con lo del New York Times. Qué onda con esta Bolivia que crece. ¿Se lo esperaban? ¿Es cierto? ¿Por qué está sucediendo? Sonríen y se miran. Vuelven a sonreír. Yo voy en mi tercera birra, después de una Huari y una artesanal Coqueta, me pido una Auténtica.

-Sí. Las cosas están bien. Estamos creciendo. Ahora…

-No sabemos bien cómo se ha dado…

-Las políticas del Evo…

-Bueno, eso es solo una parte. También las circunstancias internacionales…

-Lo que más hay es un comercio informal… La mayor parte de la economía lo es. El gobierno no puede meterse.

-No es el estado..

-Sí, el estado es dueño de los hidrocarburos, eso ha permitido… El estado sí funciona…

-Ahora, a la izquierda le jode que el FMI le diga que las cosas están bien. Entonces o nosotros estábamos equivocados o ellos cambiaron…

-Pero lo que importa es que estamos mejor, pero falta mucho…

Intervengo, antipático: Pero crecer al 6%, aunque notable, es más fácil si se está muy abajo, si el nivel de desarrollo previo es muy bajo.

-Hay algo de eso –responde Mauri, amable– pero eso no explica todo.

Concedo que así es.

-Hay algo de magia, de milagro. El único modo de entender lo que está pasando pasa necesariamente por la teología.

-¿Cómo así?

-Hay un sustrato en todo este proceso económico que no tiene una explicación lógica, racional: no al menos con las razones que nos manejamos. Con Marx explicamos bastante, pero no todo. Hay una fuerza más…

-A mí me gustaría hablar de un capitalismo aimara —Ximena añade— aunque habría que buscarle otro nombre. No es muy correcto. Como eso de García Linera del capitalismo andino.

-Hay una confluencia de factores que han permito algo que, la verdad, nos ha tomado por sorpresa. Ahora hay un futuro posible. Un mejor mundo es posible.

-Aunque vendrán problemas, sin dudas. Bolivia es una plurinación pequeña.

-O sea —meto la cuchara— gran parte del éxito se debe al gobierno del Evo, pero ni ellos se la esperaban. Hay mucho más y no todo se debe a la demanda global de materias primas, también hay un emprendimiento colectivo notable y está eso del milagro, que no sería el primero, los alemanes tuvieron uno, los mexicanos otro. Es también una cuestión de fe…

Ya es tarde y mañana deben trabajar y yo seguir mi camino. Llega una brisa fresca, casi fría, pero al menos no llueve. Pagamos. A esta hora las movilidades no pasan con tanta frecuencia. Tomamos un taxi.

Mientras recorría la calle Sagarnaga, contemplando la repetición de artesanías para turistas (la venta de la idea de una cierta Bolivia y de una Latinoamérica que tanto adoran las ONGs noruegas), uno se pregunta hasta qué punto todo esto cambiará en el futuro. Bolivia se está enriqueciendo, la pobreza, si bien sigue siendo intensa, brutal, ha disminuido mucho. ¿Estamos presenciando un nuevo modelo de desarrollo? ¿Una posibilidad de un tipo de capitalismo reconvertido en otra cosa, diferente, o es solo un lobo con piel de oveja—la reiteración de un sistema extraccionista que lleva a la bancarrota ecológica del país? ¿O es un socialismo revisitado por siglos de sabiduría indígena? ¿Es un milagro? ¿De esto se trata el ñeq’e del que me hablaba mi Taita?

Habrá que ver, habrá que esperar, como dice la bellísima novela de Juan Pablo Piñeiro, que Sara Chura, la reina y diosa de estas tierras, despierte. Por ahora el futuro está aquí con sus satélites y sus teleféricos y Puma Katari: ¡Ah, la modernidad!
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