A campaign billboard of Venezuela President Hugo Chavez is seen in BarinasSiguiendo el camino que la cultura de la izquierda latinoamericana depara a sus líderes más destacados, Hugo Chávez no murió. Se quedó, citando a Silvio Rodríguez, “junto a los elegidos, los que no caben en la muerte”. Es decir, fue revestido de virtudes capaces de superar la ley de la vida, alejándose de paso de nuestras posibilidades. Tal como Bolívar, Martí, Sandino, el Ché, Allende y otros.

Así, la suerte del pensamiento transformador por estos pagos, pareciera, dependió y depende de estas figuras sobrenaturales, sin las cuales nada parece posible. Así lo ha entendido Rafael Correa, quien ante el avance de la derecha en las últimas elecciones municipales ha decidido postular a un nuevo periodo, lo cual supone incluso reformar la constitución. Tal como Fidel, Evo, Daniel Ortega y el propio Chávez, si no fuera por la enfermedad.

A la derecha no le ocurre lo mismo. De hecho podría, hipotéticamente por cierto, recurrir a los socialdemócratas para perpetuar su modelo.

Dicho de otro modo, Nicolás Maduro ha debido conducir y viabilizar un proyecto transformador que, además, aprendió a depender más de una persona que de la construcción colectiva. Es, al menos en ese sentido, natural que el intento no carezca de dificultades. Y no se trata de marcar el punto en el sentido que plantea Henrique Capriles cuando dice “Maduro no tiene liderazgo porque trata de venderse como el heredero de una silla que no es suya”, sino de instalar la reflexión en la propia izquierda, para evitar las inercias que la debilitan.

Adicionalmente, la aparición o desaparición de algunos líderes ha logrado poner en el escenario mundial a países que hasta entonces tuvieron un papel secundario en el reparto. Así sucedió con el dirigente más determinante del siglo XX en América Latina e inspirador de Hugo Chávez, Fidel Castro, quien convirtió a Cuba en una referencia planetaria. Así ocurrió con el propio líder bolivariano, cuya victoria el 7 de octubre de 2012 fue considerada el hecho del año en América Latina. Y su muerte, hace exactamente un año, fue también el hecho más decisivo del 2013.

En aquella ocasión, abundaron las preguntas respecto a los escenarios luego de la desaparición del líder, teniendo en consideración que su presencia cambió el rumbo de su país y de la región. El asunto, en principio, se decidió con liderazgos claros: Nicolás Maduro era el ungido por Chávez y, en la oposición, Henrique Capriles era el candidato natural. Un año después, ambas figuras han visto desafiados sus liderazgos y eso, probablemente, ayuda a explicar el descarrilamiento actual.

Hay otra razón, más de fondo: la derecha latinoamericana cree, con razón histórica, que por orden natural el poder le pertenece. Se descoloca cuando no es así y reacciona con el denuedo que apreciamos ahora, especialmente después de que Maduro no triunfara con la holgura del Comandante. La violencia no puede deberse a la mera acción del Gobierno, pues basta leer la prensa de abril de 2013 para comprobar que ya se había desatado antes de la asunción de Maduro, tal como las alertas de golpe de Estado.

Desde el principio, y ante el enorme vacío, Maduro presentó como su programa de gobierno exactamente el mismo que Chávez, explicitando que seguiría con su mandato: convertir la obra de la Revolución Boliviariana en lo que el Comandante llamó “un hecho irreversible” hacia 2020. Para ello, el principal desafío era avanzar hacia los cambios sociales estructurales, más allá de las asistencias del Estado. Pero con una salvedad: Chávez ya había advertido que el principal problema que enfrentaba el oficialismo era la corrupción de sus cuadros en las ventanillas del Estado, la parte más sensible porque es la que se relaciona con los ciudadanos. Esto podía, incluso, amenazar la continuidad misma de la Revolución.

El desafío planteado resultaba extraordinariamente complejo, por varios motivos. Primero, porque suponía mantener unido al oficialismo y lograr lo que con frecuencia le ha fracasado a la izquierda en América Latina: que el proyecto sobreviva a la desaparición física del líder. Segundo, porque en el continente siempre ha sido imprescindible que el poder político logre controlar a las Fuerzas Armadas, para evitar las pulsiones golpistas. En este caso, las ramas castrenses son leales al Chavismo pero no responden a Maduro, sino a Diosdado Cabello, cuyo repliegue incluso en estos días no implica su renuncia definitiva a conducir el proceso. Tercero, porque identificar a la corrupción como una de sus principales debilidades implicaba actuar contra sus propias huestes. Y por último, porque en un contexto mundial donde no existen experiencias distintas al capitalismo que sean exitosas, la concreción de este desafío significaría en la práctica crear un modelo nuevo y a contracorriente.

Al sur y al norte de la frontera, parafraseando el documental de Oliver Stone sobre Chávez, la pregunta válida hoy es cuánto sigue dependiendo el ciclo político progresista en América Latina del país que lo inauguró en 1998, porque de ello deriva el verdadero rayado de la cancha que está en disputa. Esto incluye la consolidación del Mercosur, la Celac y Unasur, todas impulsadas por Venezuela, pero también la dimensión material respecto a la continuidad de las ayudas que realizaba “uno de los líderes más generosos que ha tenido América Latina”, en palabras de José Mujica. Este factor, que incluso en medio de la crisis se ha mantenido, es imprescindible para economías como las de Cuba, tal como para centenares de organizaciones sociales y políticas del continente que han contado con el apoyo de Venezuela.

Hugo Chávez, estratega sobresaliente, se propuso dos objetivos de envergadura que, hasta entonces, parecían quiméricos para la izquierda latinoamericana: construir el Socialismo del siglo XXI y cumplir el viejo sueño de Simón Bolívar. El primero no alcanzó a abrocharlo y hoy se juega su futuro, mientras el segundo ya tiene una incipiente institucionalidad. En ambos casos, eso sí, será necesario preservar el legado de Chávez superándolo, dentro del Chavismo y del pensamiento bolivariano.