No me silbesCaricaturizado en la publicidad y aceptado implícitamente en Chile, el acoso callejero ha sido durante años la pesadilla de mujeres de todas las edades. Al alero de una herencia cultural de raíces y vigencia machista, el género femenino ha aprendido a convivir a regañadientes con una práctica normalizada y arraigada en la cotidianidad patriarcal.

Sin embargo, la paciencia parecer haberse agotado. Sumado a la iniciativa individual de cientos de mujeres que han comenzado a defenderse de los piropos callejeros, un grupo de jóvenes sociólogas levantó durante noviembre pasado un observatorio dedicado a estudiar y reflexionar sobre dicho tipo de hostigamiento.

“El acoso callejero es una forma de violencia de género que sufren principalmente las mujeres –aunque no exclusivamente- donde el agresor no tiene vínculo ni tampoco busca tenerlo y lleva a cabo prácticas que van desde silbidos, bocinazos, comentarios, gestos, punteos, agarrones, masturbación pública, exhibicionismo y otros. Toda esa gama de acciones califican como comportamientos que transgreden la sexualidad de la mujer”, explicó su fundadora, la socióloga María Francisca Tapia.

Desde entonces, el Observatorio Contra el Abuso Callejero se ha dedicado a recopilar historias, cifras, experiencias y las visiones de diversas mujeres que han sufrido el acoso de individuos desconocidos en la calle, transparentando los efectos de una práctica tan aceptada como aplaudida por la cultura chilena.

 

Las estudiantes: las principales víctimas

Pese a que no tengan siempre al mismo sujeto como agresor, la experiencia del acoso callejero puede darse de forma sistemática debido al asedio que una mujer puede sufrir varias veces al día. Esto desata una serie de emociones vinculadas al miedo, la rabia y la impotencia en las víctimas, especialmente cuando éstas son menores de edad. occa

Nos dimos cuenta que las escolares son uno de los sectores más vulnerables de acoso callejero. Las experiencias más fuertes, o cuando un hombre siente que tiene atribución de hacer algo más grave, ocurre en escolares. Como son más niñas, sienten mucha vergüenza de contarlo, no dicen nada y nadie hace nada tampoco”, explicó Tapia.

Por ello, el Observatorio Contra el Abuso Callejero ha decidido comenzar una campaña fotográfica donde una serie de estudiantes posan con su uniforme junto a concretos mensajes, tales como “transitar tranquilas es nuestro derecho, libres de prácticas y comentarios que no hemos pedido” o “queremos que el paradero deje de ser un lugar de desagradables historias de acoso”.

Además, en la cuenta de Facebook de la organización, que a cuatro meses de su creación ya supera los 17 mil seguidores, mujeres anónimas comparten experiencias sobre el abuso y exponen sus miedos ante las lectoras.

“Tengo 12 años y tuve una experiencia de acoso callejero. Fue un día que venía del colegio e iba caminando por la calle y pasa un hombre manejando y me grita: “¡TE CHUPO LAS TETAS!” y yo quedé desde ahí muy asustada. También muchas veces cuando voy por la calle con shorts y polera, o con cualquier prenda, pasan señores en camiones, etc. y me silban, me gritan rica etc… y estoy aburrida de eso, que cada vez que salga me griten, ¡tengo 12 años!”, publica una chica.

Tengo 12 años y tuve una experiencia de acoso callejero. Fue un día que venía del colegio e iba caminando por la calle y pasa un hombre manejando y me grita: “¡TE CHUPO LAS TETAS!” (…)”

Además de la campaña fotográfica, las chicas del observatorio han preparado un instructivo para enviar a los colegios y crear una instancia de reflexión sobre el tema, algo que también debería repetirse en otros lugares del espacio público, como el transporte. “Un lugar de mucha vulnerabilidad para las mujeres”, describió Tapia.

 

Educadas para aceptarlo

Durante años, los piropos han suscitado las bromas y risas de comediantes y animadores en la televisión y la publicidad. Aún por estos días, diversos medios de comunicación publican noticias cuyos titulares señalan: “Mirar senos prolonga la vida” u otras afirmaciones de tendencia machista, avalados por dudosos estudios científicos.

occa 2Sin embargo, desde hace algún tiempo, las mujeres han comenzado a dimensionar dichas expresiones sobre su cuerpo y apariencia como algo indeseado. Recientemente, la docente del Departamento Académico de Ciencias Sociales de la Pontificia Universidad Católica del Perú, Elizabeth Vallejo, publicó una columna con algunas ideas al respecto.

“El acoso sexual callejero es tal vez la forma de violencia más común que padecen las mujeres todos los días y, pese a ello, es la menos legislada. Peor aún, es la forma de violencia culturalmente más aceptada: los hombres que hacen comentarios sexualmente agresivos a las mujeres no ven su acción como violencia; por otro lado, las mujeres rara vez se defienden de estas acciones y hasta las consideran ‘normales’”, declaró.

En su texto “La violencia invisible: el acoso sexual callejero”, la especialista aseguró que la gama de expresiones vinculadas al hostigamiento provocan el desarrollo de estrategias evasivas en el género femenino. Entre éstas, el cambio de ruta al salir a la calle, la búsqueda de compañía, el cuestionamiento de su forma de vestir y, en definitiva, su progresiva disminución en el espacio público.

“Una mujer tiene todo el derecho a vestirse como quiera. Dejemos de defender al agresor y culpar a la víctima”.

“Una mujer tiene todo el derecho a vestirse como quiera. Dejemos de defender al agresor y culpar a la víctima”, manifestó la fundadora del Observatorio, en atención a las críticas que suelen realizarse al género. “Los comentarios no son necesarios, ni las mujeres los necesitan, pese a que muchas fueron educadas para aceptarlo”, agregó.

Además de concientizar sobre el necesario cambio de mentalidad ante el tema –tanto en hombres como mujeres-, las integrantes de la organización apuntaron a la necesidad de tipificar legalmente el acoso callejero como una forma de violencia de género. Hoy, la única ley que puede amparar la minoría de los casos es el polémico artículo 373 del Código Penal, dedicado a sancionar las ofensas contra la moral y las buenas costumbres. Promulgada en 1874, el instrumento legal presta oídos sordos y convencionales a un drama cotidiano que las mujeres parecen cada vez más decididas a enfrentar, de la mano del empoderamiento del espacio público y el discurso. Una disputa reciente que ha tomado fuerza en el cada día más ancho camino de las reivindicaciones feministas.