dictadura-chile-pinochet-620x330Mirar a la gente común como carne de cogote ha sido una de las improntas de la cultura hegemónica en los últimos veinticinco años.

Relegados a quedar debajo de la mesa después de poner los sufrimientos, la lucha y los muertos, aquellos a los cuales no les llegó la alegría, que venía sólo para los más allegados a la cocina, siguieron sufriendo el efecto menos sangriento de la dictadura, pero no menos doloroso: el desprecio.

Todo esto que conocemos y que ha llevado a nuestro país a ser una mierda de país, ha sido por obra y gracia de quienes entendieron la transición como el proceso de convencimiento de que después de todo las diferencias abisales con la ultraderecha más nefasta del continente, eran sólo cuestiones de matices, de énfasis en detalles que después de todo no importan a nadie.

Y sucedió que los otrora izquierdistas trocaron en nuevo ricos, en influyentes personalidades, en hombres y mujeres de Estado, en prohombres elevados por sobre el bien y el mal. En mujeres y hombres de estaturas inalcanzables, celestiales, intocables.

Y mucho más allá, en el horizonte al que no llegan las fortunas, las parcelas de agrado, los departamentos de lujo, los lobby, las oficinas secretas, las cornadas amistosas y los restaurantes exclusivos, la gente, los perdedores de siempre.

A los sosteneros del sistema les importa un carajo la chusma. Consideran al desprovisto de poder como un sujeto prescindible, que no juega, que no incide en las estadísticas que sí importan. Y que, peor aún, a veces les da por exigir derechos que no tienen, que no se merecen.

Por eso a la presidenta Bachelet le importa un soberano huevo elevar a autoridad de Estado, nada menos que en la cartera de Defensa, a una mujer que con su silencio, primero, y con sus declaraciones después, se mete en buena parte, el capítulo más trágico de la historia de ese país.

Y de hija de un torturador acusado por personas respetables como el responsable de aberraciones que avergonzarían al más duro, pasa a ser una defensora de la obra de su heroico padre sólo porque no ha sido condenado por los tribunales.

Semejante burla solamente es posible en un paisito que ha perdido toda su capacidad de vergüenza.

Como si la historia terrible que, a medias, se ha logrado armar mediante sendos informes que el Estado articuló para develar aunque fuera en parte los crímenes contra la humanidad cometidos, fueran un invento porque no está timbradas por un Tribunal.

Como si los que vivíamos en la comuna de Conchalí el año 1973 no recordáramos la horda gris que avanzaba sobre las poblaciones y campamentos de El Salto, Vespucio, Recoleta, El Barrero, Huechuraba, la Población Quinta Bella, el campamento Ángela Davis, el 2 de Mayo, era el glorioso Regimiento Buin, al mando de sus jefes que hicieron su agosto matando, maltratando, considerando esa gente pobre, como enemigos.

¿Habrá sido el padre de la Subsecretaria, a la sazón oficial de “inteligencia” del Regimiento, encargado del rancho en esas heroicas incursiones?

Para esta señora lo que vale es la verdad decretada por un tribunal. No se ha enterado que precisamente por el abandono de sus deberes en virtud de sus cargos y juramentos, las Cortes permitieron la muerte, la tortura y el desaparecimiento de miles de hombres, mujeres y niños.

Ahora resulta que para ser cobarde, traidor y criminal, se requiere el visto bueno de un tribunal. El resto, en opinión de una intelectualmente desgasta presidenta, es una caza de brujas. Sobre esa premisa, hasta Pinochet es una blanca paloma.

La presidenta Bachelet no trepida en seguir ninguneando a la gente al mantener a quien no se le mueve un musculo en la defensa de un torturador. La escalada neoliberal ha dado otro paso hacia la derechización definitiva y perfecta de quienes han utilizado simbolitos de la izquierda para engrupir al populacho, ávido de esperanzas y de arreglos que no llegan, que no llegarán.

Se mantiene a la subsecretaria apóloga de la acción de su padre, porque los reclamos de las familias de las víctimas importan un soberano pucho. Por una terquedad afirmada en una compresión del poder que los hace invulnerables, invisibles, inasibles, distintos, etéreos, perfectos y magníficos.

Y recular ante una decisión los hace perder credibilidad ante quienes entienden el poder como una cosa rígida que no permite asumir errores y enmiendas, ni mucho menos escuchar a los malditos perdedores de siempre.

La razón de Estado ha devenido en la razón de los cobardes. La que permite a la Subsecretaria quedarse en su puesto como la demostración del baldón vergonzoso que cubre la cultura pinochetista perfeccionada por los que alguna vez se dijeron sus adversarios y que terminaron acunados por sus arrullos.