marxEs comprensible la añoranza de muchos por los viejos tiempos en los que era fácil saber quiénes eran los nuestros. Es por ello que el vértigo que provocan las dudas del mundo actual genera retornos en busca de las viejas certezas del pasado. Emociona recordar, por poner un ejemplo, que un niño argentino, familiarmente llamado Teté en aquellos años, ?el Che Guevara, dos décadas más tarde? seguía la evolución de los distintos frentes de la guerra civil española en un mapa colgado en su habitación, identificado como estaba él y su familia con la causa de la República.

Poco después, en la segunda mitad de la década de los cuarenta, la Guerra Fría se extendió por el planeta haciendo explícito y tangible el reparto de Yalta. El Telón de Acero del que hablara Winston Churchill, el que se extendía de Stettin en el Báltico a Trieste en el Adriático, puso las cosas tan claras que nadie podía dudar: los amigos de mis amigos eran mis amigos, y al contrario. ¿Quién podía dudar qué era blanco y qué era negro cuando los B-52 bombardeaban con un napalm inmisericorde al pequeño Vietnam, o cuando los valerosos argelinos del FLN se enfrentaban al Ejército francés y a la OAS en su lucha por la independencia? ¿Quién podía dejar de indignarse con la aplicación de la Doctrina de Seguridad Nacional en América Latina? ¿Cómo no identificarse con la lucha contra las dictaduras de Uruguay, Chile o Argentina? ¿Cómo no sublevarse contra la agresión del gobierno de Washington encabezado por Ronald Reagan contra la que Julio Cortázar llamó la revolución más linda del mundo, la sandinista?

La Guerra Fría acabó en los primeros noventa cuando ?Fidel Castro dixit? la Unión Soviética se desmerengó. Cayó el Muro de Berlín y el mundo bipolar se convirtió en un mundo unipolar limitado, con los Estados Unidos como única superpotencia hegemónica. Han pasado los años y así seguimos, aunque hay que anotar que tanto Rusia como China siguen haciendo lo que mejor consideran ?con frecuencia maldades? para entorpecer el liderazgo con frecuencia tan ensimismado como soberbio de la Casa Blanca y su Departamento de Estado. Ahora, no obstante, la situación geopolítica del mundo es más enrevesada que décadas atrás. Fue el palestino Edward Said quien habló de la desconcertante interdependencia de nuestra época.

Si ya era una realidad antes de 2001, tras el atentado contra las Torres Gemelas neoyorquinas quedó claro que vivíamos en un mundo de guerras con enemigos difusos y fronteras imprecisas, en el que había desaparecido completamente el campo de batalla tradicional y se había entrado en una nueva realidad en la que, por ejemplo, el enemigo no tenía objetivos valiosos que preservar. ¿Dónde estaba la Hiroshima de Bin Laden y los suyos, dónde lanzarles una bomba que los derritiera?

Los Estados Unidos de G.W. Bush ?con dos comparsas llamados Blair y Aznar? lanzaron la llamada guerra preventiva contra el tirano iraquí Sadam Hussein y se metieron en el avispero afgano, del que ya habían salido malheridos los soviéticos en los primeros ochenta. Han pasado los años e Irak es un país destruido en el que sus habitantes han sido los paganos únicos del desastre, y Afganistán sigue siendo un estado fallido en el que los talibanes y los señores de la guerra siguen dictando su perversa ley. ¿Quién pagará por tanto crimen?

Y ahora, en estos días, ?con lo qué está pasando en Siria o en Ucrania, en Venezuela o en Colombia, en Egipto o en Palestina? ¿quiénes son los nuestros?

No es difícil leer en estos tiempos respuestas que nacen más de la fe del creyente, con su lógica binaria de la década de los setenta y los ochenta a cuestas, que de un análisis solvente de la complejidad actual.

No es difícil leer en estos tiempos respuestas que nacen más de la fe del creyente, con su lógica binaria de la década de los setenta y los ochenta a cuestas, que de un análisis solvente de la complejidad actual. No es difícil encontrar tampoco cínicos profesionales que se apuntan a la simple deslegitimación de cualquiera que no comulgue con sus intereses, tengan estos el origen que tengan. También tropezamos con facilidad con aquellos que son críticos feroces de sus enemigos, pero pasan por alto cualquier tropelía de sus afines.

El mundo árabe es un terreno particularmente pantanoso. Como ha escrito Antonio Hermosa, hemos pasado de las primaveras árabes al invierno musulmán. Y es que aunque todavía los diversos procesos no han terminado, se anuncia un final menos feliz del imaginado en la medida que la religión coránica es enemiga de la democracia. ¿Dónde nos situamos en el conflicto egipcio, con los militares en el poder, persiguiendo a los Hermanos Musulmanes y también a los laicos demócratas? ¿Y qué hacemos ante el drama sirio, apoyar a Bashar Al-Asad o a los rebeldes, cuando ambos son responsables de cometer los peores crímenes de guerra?

¿Qué hacer ante la crisis de Ucrania, decantarnos por los llamados pro europeístas de Kiev ?con Yulia Timoshenko, la turbia amiga del PP europeo, y con violentos ultraderechistas mezclados con gentes de bien? bendecidos por los Estados Unidos y la Unión Europea, o hacerlo por Vladimir Putin y sus amigos, tan poco sospechosos de ajustarse a las reglas elementales de la democracia?

En la medida que es necesario no caer ni en la melancolía ni en el relativismo estéril, algunas pautas debemos adoptar para decidir dónde nos ubicamos en esos escenarios complejos y con frecuencia confusos. ¿Quiénes son, pues, los nuestros?

Cuanto menos los míos son los que defienden la paz contra la guerra, la razón contra las creencias, los que respetan escrupulosamente los derechos humanos básicos, los que no deslegitiman a sus oponentes, los que apuestan por la acción redistributiva del Estado. En última instancia, cuando la duda resulta mayúscula, siempre apuesto por quien propugna el diálogo entre los actores implicados en el conflicto; por unas conversaciones en las que participen los que ?como propone Shlomo Ben Ami para el conflicto palestino? sin negociar sus principios estén dispuestos a negociar su aplicación. Y eso sirve para Ucrania, como sirve para Siria, Egipto y Palestina, para Venezuela y Colombia.

Esa apuesta será tan radical como aquel verso de Gabriel Celaya: “Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse”.