rojasfranciscoulisesjpgEl fútbol está lleno de frases de sentido común, sus protagonistas reiteran una y otra vez bobadas tras bobadas: “solo nos faltó el gol”, “habrá que trabajar en la semana”, “hicimos un partido correcto pero perdimos”, “no se nos dieron las cosas”, etcétera. Esta colección de términos verbales –que por cierto llenan varias páginas en los diarios y no pocos minutos en la radio y televisión– constituye el engranaje discursivo de futbolistas y entrenadores y, de alguna manera, tienen la complacencia de quien las lee o escucha, pues se trata de una música que se ha escuchado en la radio desde la infancia.

Pero a pesar de ser pedestres y bobaliconas, todas estas frases tienen una verdad. El que “no se nos dieron las cosas”, aplicado a la cancha  significa que se entregó mucho espacio al rival, que las líneas quedaron desajustadas, que no se presionó los suficiente en el medio, que se perdieron muchas pelotas en la salida, que se hizo mal la línea del offside, que el rival aprovechó todas las pelotas muertas, que los laterales jamás desbordaron…  Eso en términos del juego. Pero fuera de la cancha, esta sencilla frase futbolística también parece ser muy certera. Un ejemplo concreto fue el periodo oscuro de Colo Colo. En la cancha los protagonistas avalaron con creces esta frase, la exacerbaron en su grado máximo, le sacaron lustre, el equipo nunca jugó a nada y los resultados durante más de dos años fueron paupérrimos.  Pero el hincha del “popular” entendió que quizá los jugadores no eran los únicos responsables de la debacle, pues ¿qué más podía rendir un equipo plagado de futbolistas mediocres que no estaban a la altura de la historia de Colo Colo?

Bueno, bastó que los dirigentes del albo comprendieran que había que dejar de “hacer las cosas mal” y enfocarse a hacerlas bien para que hoy el equipo sea el sólido puntero del Torneo de Clausura y, probablemente, el campeón.  Y, a decir verdad, no tuvieron que esmerarse demasiado, solo evitar hacer pelotudeces, digamos, aplicar un mínimo sentido común: un equipo se forma con buenos jugadores de fútbol, eso como base. Para ello había que deshacerse de los “paquetes” (término basado en hechos empíricos) y dotar al equipo de figuras probadas, es decir, de Paredes, Valdés, Villar, Barroso, todos ellos de un currículum impecable o, al menos, suficiente para destacar en la liga local. No tengo los números exactos, pero durante el periodo de oscurantismo de Colo Colo deben haber deambulado como fantasmas por las distintas canchas del país más de treinta jugadores que no tenían las competencias técnicas ni anímicas para ser parte de este club. Otros, ni siquiera jugaron, tampoco fueron al banquillo, miraron los partidos en las gradas o en la televisión. Fue un asunto grotesco para la hinchada alba.

Mientras las penurias de Colo Colo alcanzaban límites insospechados, su archirrival, la U, gozaba de uno de sus periodos más gloriosos. Obtenía tres títulos nacionales consecutivos (Apertura y Clausura 2011, Apertura 2012) y hacía suya la Copa Sudamericana (2011), con un rendimiento casi perfecto, que la catapultó, de acuerdo a la crítica especializada, como el mejor equipo de Sudamérica. El entrenador era Sampaoli. El equipo, entre otros, estaba conformado por Jhonny Herrera, Matías Rodríguez, Marco González, Pepe Rojas, Eugenio Mena, Marcelo Díaz, Charles Aránguiz, Gustavo Canales y Eduardo Vargas, todos seleccionados nacionales, salvo Canales  –quizá lo sea si sigue con el rendimiento actual en Unión Española– y Rodríguez, que es argentino. El Chuncho ganó todo durante ese corto periodo. Tenía al mejor entrenador, los mejores jugadores, y el mejor juego,  y eso en la cancha se hizo valer: los azules ejercieron una contundencia demoledora frente a sus rivales.

Pero un día los dirigentes del popular estimaron que había que “hacer las cosas bien” y los de la U que había que hacerlas mal. Los primeros mantuvieron a un entrenador joven, ex jugador del equipo, con conocimiento cabal del funcionamiento del club y de las divisiones inferiores. Limpiaron el plantel de jugadores que no aportaban, contrataron de acuerdo al criterio del entrenador y el criterio de éste fue tener en cada línea futbolistas de categoría y de antecedentes comprobados. Jugadores con historia y presente. A esta base de hombres con experiencia y calidad se sumaron jóvenes promisorios de la cantera, que en el presente campeonato han tenido un gran rendimiento.

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Los azules, por su parte, estudiaron en profundidad el paradigma impuesto por sus rivales en su época oscura, analizaron los métodos y los procesos y determinaron aplicarlos a su gestión. Es así que comenzaron a contratar jugadores al azar, se entusiasmaron con videos enviados por representantes de jugadores, se deleitaron escogiendo futbolistas “al dedo” y se llenaron de jugadores mediocres. Fue una copia fiel, de eso no hay dudas.  Hoy la U  marca el paso en la competencia local, no tiene un juego definido, es un equipo predecible, carece de jugadores que marquen la diferencia en los duelos individuales  y dos de los “refuerzos” más renombrados (Mora, el único jugador uruguayo en el mundo que parece no ser uruguayo en la cancha, y Caruzzo) son los que más pifias reciben del “respetable”.  Es un equipo sin distinción, un equipo plano, del montón.

Y bueno,  no estaría mal que los dirigentes del Chuncho  asumieran su responsabilidad en esto, digamos, que ofrezcan a la afición azul algunas de las ilustres frases tales  como  “no hicimos bien las cosas”, o bien “no se nos dieron las cosas”, total, “son cosas del fútbol”.