balada de un hombre comúnPrimero, empecemos con una advertencia. Balada de un Hombre Común, la última cinta de los hermanos Cohen, deja fuera a todos los espectadores que gustan de ir al cine para quedar pegados en el asiento con escenas de acción, comedia y/o sexo. Esta obra es más bien una invitación, sobre todo para los amantes de la música y los seguidores de Bob Dylan, a quienes no les importa sentarse tranquilos a escuchar interpretaciones de más de dos minutos sin ponerse nerviosos. Lo segundo es que no espere chistes rápidos e hilarantes como los de “Quémese antes de leer” (2008) o “Fargo” (1996),  de los mismos directores.

Inside Lewin Davis -título real de la película, que significa literalmente “Dentro de Lewyn Davis” o como acertadamente lo tradujeron en España “Acerca de Lewyn Davis”- retrata los días de un músico de principios de los ’60, justo antes de que Bob Dylan hiciera del Folk una moda. Este personaje (que es ficticio pero se inspira en historias de los músicos de ese entonces) transita por las calles como muchos de los músicos de nuestro país, con un sueño y un gran problema: vivir de su cuento.

El punto en común que tiene esta película con otras de los hermanos Cohen es la eterna pregunta sobre el devenir. Ellos, de origen judío, se han preocupado de entender si el mundo que habitamos tiene reglas (el bien es premiado, el mal es castigado) o si todo responde más bien a un constante caos en donde lo que hagas o dejes de hacer no tiene la menor importancia. Lo bueno de su cinematografía es que la respuesta a estas interrogantes las da más bien el espectador al analizar los hechos y los símbolos de la película, como por ejemplo, la relación que el protagonista tiene con un gato.
Oscar Isaac interpreta a Llewyn Davis. Tal como dijeron los Cohen en una entrevista, el punto de partida de este personaje es entender “en qué medida su carácter contribuye a su falta de éxito, o su falta de éxito lo va convirtiendo en un imbécil. Todos hemos conocido imbéciles que han tenido éxito”.
Esa es una clave a tener en cuenta. Porque nos encontramos con un hombre que no es un novato en lo que hace, que ya se encuentra –hace bastante tiempo- en un lugar incómodo y precario, lleno de soledad, lo que obviamente lo afecta. ¿O acaso siempre ha sido él así? Esto me hace recordar a una gran artista y amiga, a la que tuve alguna vez que pagarle la cuenta de la luz, y que pese a toda su luminosidad a veces la vi silenciosa y harta de que la música no se considere un trabajo como cualquiera y todos te pidan favores en vez de pagarte por lo que haces.

Se nota que los Cohen aman el folk, porque tal como hacía Violeta Parra, increpando a los auditores que se dignaban a conversar en medio de una cueca, alejan todos los distractores para conectarnos con este arte que tan misteriosamente nos evoca diversas emociones, esta vez teñidas de blue.

Los grandes descansos que tiene la película son las interpretaciones musicales, hechas por el mismo actor en compañía de personajes como Justin Timberlake (Jim), en donde pase lo que pase, es la música la que adquiere un carácter poético y milagroso. Y se nota que los Cohen aman el folk, porque tal como hacía Violeta Parra, increpando a los auditores que se dignaban a conversar en medio de una cueca, alejan todos los distractores para conectarnos con este arte que tan misteriosamente nos evoca diversas emociones, esta vez teñidas de blue.

Ojalá los subtituladores se hubiesen preocupado de traducir las letras de las canciones de la película. Esa es una gran carencia. Como hispanohablantes tenemos que conformarnos con imaginar su significado y sentido, lo que tampoco está tan mal. Ya estamos acostumbrados. Aunque sin duda esto agregaría una nueva dimensión, por lo que llegué a entender de ellas.

La odisea de Llewyn Davis por su vida y los escenarios underground de Nueva York, en medio de un frío invierno, dura una semana. Lo acompañan diversos personajes, como la gran Carey Mulligan o John Goodman, quienes agregan todo tipo de condimentos a esta balada, la de un hombre solo, la de un ser perdido, sea por la razón que sea.

Ahora que se discute la ley que obliga a las radioemisoras a transmitir un 20% de música chilena, me pregunto si esto ayudará a tantos de los Lewyn Davis a dejar de preocupare por pagar las cuentas o tomar decisiones apresuradas por necesidad. Ojalá que si se aprueba, sea así y no permanezcan los de siempre tocando la misma música, tanto así que ya me he aprendido casi todas las letras, por ridículas que sean.