Isabel allende bacheletEn mi país, el 11 de marzo recién pasado, asumió la presidencia una mujer por segunda vez en menos de 10 años. Si uno viniera conociendo sobre Chile, este solo dato podría llevar a pensar, sin lugar a dudas, que se trata de un país donde se respeta y valora a las mujeres, sus diversos aportes a la vida de una comunidad, incluidos sus liderazgos. Las estadísticas no reflejan igual realidad (si bien se observan algunos avances),  aun luego de casi 25 años de democracia y un período presidencial completo, entre 2006 y 2010, con una mujer en ejercicio.

Los últimos días han sido un recordatorio de una serie de actitudes negativas que persisten en nuestro país, específicamente en torno a nuestra experiencia de la maternidad. Los cambios culturales toman tiempo, estamos conscientes de ello, pero llama la atención y a preguntas, el que un país donde se vota mayoritariamente por una mujer presidenta, todavía juzgue conductas vinculadas al cuidado de los hijos y al embarazo (ciudadanos y autoridades) con escasa sensibilidad, o de forma irresponsable y hasta cruel. Silencio: de parte de las mujeres, es lo que más duele y desconcierta. No se pronuncian el Ministerio de la Mujer, ni las organizaciones de mujeres, ni las mujeres del Congreso (a excepción de Lily Pérez, Karla Rubilar, y Marcela Sabat), tampoco la Presidenta del Senado,  ni la Presidenta de la República (al menos hasta el momento de escribir este posteo).

El día del cambio de mando, Camila Vallejo, líder comunista de 25 años, llegó al congreso y asumió su banca como diputada, acompañada de su hijita de 5 meses de edad (que es pequeña y está lactando). Las reacciones no se hicieron esperar. Pudieron haber sido sólo acogedoras, positivas, y hasta movilizadoras del debate por la conciliación familiar-laboral (muy difícil en nuestro país con jornadas de trabajo que superan las 8 horas, y un sistema de transporte público inclemente). Pero no fueron pocos, y esto incluye a mujeres, quienes criticaron a la diputada, leyeron segundas intenciones en su acción, o la consideraron, a lo menos, “algo desubicada”.

Desde uso de la chiquita con fines de “publicidad política”,  hasta juicios sobre la “incapacidad” de la madre de delegar el cuidado -compadeciendo a la hija, algunos, por el potencial de “una peligrosa codependencia”-, los comentarios y debates (encarnizados algunos) dejaban en evidencia una escasa incondicionalidad colectiva para con el cuidado de los niños y de sus madres. La sola edad de su hija basta como motivo para que su mamá (Camila) elija llevarla consigo dondequiera que vaya; y su lactancia, el vínculo de apego seguro (y la base favorable que éste prodiga a todo el desarrollo infantil). El cuidado y el afecto: qué maravilloso sería que todas las madres y padres pudieran conciliar sus mundos, y estar acompañados de sus hijos en momentos tan especiales como pueden ser un cambio de mando, y el juramento como diputado/a de una nación. Esa mirada, de muchas personas de todas las edades, se agradece, y a Camila Vallejo, por fortalecerla.

Tal vez estaríamos todavía conversando de Camila si no fuera porque terminando la semana -el mismo día en que la Presidenta firmaba el Decreto que crea el Consejo Nacional para la protección de la Infancia-, un Senador de la República, que ha estado comprometido en proyectos legislativos favorables a las mujeres (postnatal, justamente) y al cuidado de la infancia (y desde el respeto y aprecio que muchos le hemos tenido a Juan Pablo Letelier, menos se entiende), nos sorprendió con declaraciones que bajo ningún estándar son aceptables: ni de decoro senatorial, respeto cívico, o sensibilidad con la experiencia de la maternidad.

Juan Pablo Letelier se refirió a mujeres-madres, funcionarias del gobierno saliente, como responsables de estar embarazándose “a última hora” a fin de aprovechar beneficios como el pre y post natal en una suerte de “mini saqueo” de los recursos del Estado (leer).

Si bien el Senador ofreció sus disculpas (leer) por las “palabras desafortunadas” y el “despropósito” de haber incluido a las madres en sus observaciones que “fueron en un contexto de abusos” (e insiste en el uso de “triquiñuelas”), las disculpas valen de poco cuando lo que parece lamentarse es la desinteligencia y desatino del propio discurso, más que la irresponsabilidad de emitir juicios serios y ofensivos no solamente para las madres cuestionadas, sino para las madres en general. Así lo siento, y muchas otras mujeres y hombres así lo han expresado también. Peor ha sido la justificación de JP Letelier, basada en los rumores: “escuché que…”. Responsabilidad elemental, entonces, habría sido verificar los supuestos hechos antes de condenar a nadie. El Senador no es un comentarista juvenil, alocado o farandulero. Es un Senador. Esperamos más de su parte. Y de todas las autoridades.

Es difícil aceptar que en el ámbito familiar o de la propia pareja, se pueda juzgar a priori la intencionalidad insidiosa de un embarazo (y es frecuente escuchar “se embarazó para atraparlo”), pero todavía más difícil es comprender que esa sospecha sea invocada, y con tanta certeza, de parte de una autoridad y frente a toda la ciudadanía atenta. ¿Qué valor transformador puede tener la sospecha en la conversación cívica?, ¿qué puede aportar la desconfianza contra las mujeres a la adhesión ciudadana que se necesita para avanzar en proyectos legislativos, aún pendientes o perfectibles, que beneficien a las madres y/o a los padres?

Son preguntas que valdría plantearse antes de realizar acusaciones como las que hizo el Senador, en esta oportunidad. Creo, como muchos, que siempre es posible imaginar más de una forma de abordar un tema o proponer cuestionamientos, constructivamente. En este caso, si el objetivo hubiese sido, por ejemplo, advertir o recordarnos la responsabilidad que todos tenemos en el uso sensato y sensible de beneficios sociales y recursos del país, no había para qué valerse solamente de un grupo determinado de madres (“funcionarias del gobierno saliente”). Hay otros caminos. Y puede tomar más tiempo y calma, y ser menos efectista, pero llamar a la reflexión y diálogo participativo refleja mayor cuidado y responsabilidad con lo que se promueve en la convivencia democrática: cómo podemos mirarnos los unos a los otros, cómo colaboramos con el bienestar de una nación que a todos nos pertenece y no según quien gobierne, cómo entendemos la maternidad y la paternidad, o de qué manera podrían conciliarse mejor con el ejercicio laboral, en fin.

Cuesta comprender, e indigna, que cualquier Senador –elegido y remunerado gracias a mujeres y hombres ciudadanos- pueda insultar a un grupo de mujeres, quienes quiera que sean, y suponer que ellas, con o sin sus parejas, puedan tomar una decisión que compromete décadas de sus vidas en cuidados, esfuerzos y entregas a los hijos -obligatoriamente, a lo menos durante 18 años hasta la mayoría de edad-, simplemente para acogerse a beneficios que, aunque son progresos logrados con esfuerzo, no suman dos años (entre pre y postnatal, y el fuero) y están muy lejos de ser la octava maravilla del mundo desarrollado (en Chile el período postnatal es de casi seis meses, y no es universal por cuanto deja fuera a trabajadoras temporales, independientes, y madres estudiantes).

El juicio de JP Letelier sobre el “aprovechamiento”, “triquiñuelas” o el “mini saqueo” de recursos del Estado (que en lo personal, prefiero ver invertidos en el postnatal de mujeres-madres y sus hijos, y no malgastados o malversados en distintos gobiernos, involucrando a diversos organismos y personeros) corona una declaración que más que lamentable o desafortunada, es carente de cuidado cívico, y de sensibilidad y empatía frente la experiencia de la maternidad, y con las propias mujeres-madres, embarazadas o no. Más aún, como comentaba mi marido, si ignoráramos que se trata de un Senador, no sería difícil adjudicar sus declaraciones a un empresario machista (de aquellos que se resisten a contratar mujeres, que están convencidos de que “son un puro problema”, y que tratan de evitar llegar al número de madres empleadas que los obligue a financiar sala cunas y guarderías para sus hijos).

Qué ganas de recordarle al Senador, cuántas mujeres son discriminadas todavía al momento de la contratación (y ni hablar de las isapres y sus costas para mujeres en edad fértil), y cuántas, en sus distintos trabajos, enfrentan la mirada desilusionada o francamente suspicaz de sus jefaturas con motivo de sus embarazos, o caen “en desgracia” por estos motivos. No es una historia del pasado; no todavía.

Es conocido el dilema que plantea el embarazo para muchas trabajadoras, en empresas o en el Estado. Enterarse de la noticia –para muchas, una alegría, y para otras, quizás, una preocupación o motivo de angustia-, lleva casi inmediatamente a la pregunta sobre qué impacto tendrá el embarazo y la maternidad para su futuro laboral. Yo nunca lo viví porque ambos embarazos de mis hijas me encontraron sin derecho a beneficio postnatal –con la mayor, era estudiante universitaria, y con las más chiquita, profesional independiente-, pero he acompañado a muchas amigas y conocidas en momentos conflictivos luego de informar de sus embarazos a sus empleadores, o de constatar obstáculos o retrocesos en su situación laboral. Esto, sumado a sentimientos de división -entre el cuidado de los hijos y el trabajo- tan inhumanos, lo he dicho antes, como la pregunta sobre qué preferiríamos que nos cortaran, los brazos o las piernas, o ¿qué querría que le extirpe: el corazón o el cerebro?

Para madres que trabajan, los equilibrios entre tiempos dedicados a la familia y al trabajo son difíciles de lograr y sostener; los esfuerzos pueden ser también dolorosos (como cuando es otra persona, no la madre o el padre, quien llega primero a urgencias, o al acto de fin de año de su hijo/a). Conozco a muy pocas mujeres capaces de regresar tranquilas a su trabajo, luego del postnatal, delegando el cuidado de sus hijos de apenas meses a cuidadores que no sean la propia madre o suegra (que no se da en todos los casos, y tampoco debería asumirse que es obligación de las abuelas, cuando los niños son responsabilidad de todos). Los hombres padres, asimismo, comparten más y más estos sentimientos, así como la añoranza de acompañar las vidas de sus hijos sin temor a soñar un beneficio postnatal mucho más prolongado que los escasos días que hoy permite la ley (un beneficio del cual apenas se hace uso).  Y poco se recuerda a los padres solteros, solos, separados o viudos, y su necesidad de flexibilidad laboral y mayor cantidad de apoyos desde el trabajo, para poder ejercer el cuidado de sus hijos. ¿Serían unos “aprovechadores” también; una carga molesta?

Una paciente, joven mamá, me comentaba ayer, con pena, que si se hubiese tratado de una autoridad de derecha reclamando contra embarazos “perversos” (para fregarse al Estado) de mujeres de izquierda, y el consecuente mini saqueo de recursos públicos, ya habrían puesto el grito en el cielo el Sernam, las organizaciones feministas y los partidos de la NM. Me cuesta creer que sea así (o no quiero creerlo), pero por más que busco no encuentro todavía algún comunicado que nos permita a ella, a mí, y a tantas otras mujeres, constatar que sí importa el respeto a nuestras maternidades (sin colores políticos), que nos cuidamos unas a las otras y que como sociedad relevamos el cuidado de nuestros hijos, y de sus madres (y padres también). Nadie debe sentirse sol@ durante el embarazo, la crianza y el cuidado, si l@s hij@s son de tod@s. Hasta cuándo.

Mamás solas. No son sólo las mujeres que llevan la responsabilidad completa en la crianza de sus hijos, ya sea porque no hay padre, pareja, o familia extendida con quienes compartir el cuidado de modo permanente, o en quienes apoyarse cuando más se necesita. Pienso también en mujeres que cuidan en conjunto con los padres de sus hijos, o con sus parejas (que no son padres y/o madres de esos niños), y/o con apoyos de una red familiar (y hasta cuidadores contratados especialmente). Ellas también pueden sentirse sobrepasadas, tristes, divididas, íntimamente solas.

Y pienso, mucho, en las niñas y adolescentes que a pesar de intentar seguir con sus estudios durante embarazos y crianza, no cuentan a -nivel familiar ni del Estado- con los apoyos necesarios más allá de una ley que prohíbe a los colegios cancelar sus matrículas por motivo de embarazo. O en las niñas que son forzadas a embarazos infantiles resultado de violaciones e incesto (niñas sin derecho a voz ni decisión, durante en el enfrentamiento de esta experiencia traumática). El año 2013, conocimos de una niña embarazada con apenas 11 años en Puerto Octay: de ella hoy nadie habla, y muy posiblemente ya dio a luz. Y no olvidemos a Alejandra Carrasco, alumna del Liceo Carmela Carvajal, que se suicidó en septiembre de 2013 (“estoy cansada”, no daba más, se habló de depresión postparto), dejando a una hija de meses y una mamá deshecha.  Cuántas historias podrían escribirse distintas y tener otros finales si el cuidado de las madres (y de las niñas, y las mujeres) fuera asumida en Chile, por el Estado y por todos nosotros en la comunidad, con la incondicionalidad y respeto que merecen, desde nuestras acciones y desde nuestro discurso público también (eso incluye los dichos de Senadores y Diputados, de todos los líderes políticos, de personas en los medios, y de nosotros hombres y mujeres). Sabemos bien que las palabras nutren, empoderan, o pueden demolernos. También los silencios y omisiones.

Un país dirigido por una mujer, a madres e hijas, y también a muchos padres e hijos,  nos llevó a soñar, la primera vez, el año 2006, con un tiempo distinto: desde otros lenguajes y formas de hacer la política, de proponer la convivencia entre mujeres y hombres, entre adultos y niños, relevando en la agenda pública la maternidad, la paternidad y el cuidado (esperábamos se hubiese legislado ya en ese período, sobre protección integral de la infancia, inclusión plena en educación, y el derecho de los padres a una #licenciaparacuidar de hijos con enfermedades catastróficas como el cáncer). Entre el año 2006 y 2010 no logré registrar –y los motivos pueden dar para decenas de páginas- la historia que había imaginado les contaría a mis nietas algún día. De todo corazón, deseo que en los próximos cuatro años esa historia sí pueda escribirse, y ser contada a nuestras niñas y niños del futuro. Tendré, por si acaso, mi lápiz y páginas blancas muy cerca.