UcraniaUna nube de testosterona en forma de hongo se ha abatido sobre las redes sociales; aspirantes a Dr. Strangelove reclaman incluso una acción militar contra Rusia, es decir, dar el “primer paso hacia el exterminio nuclear de la especie humana”. El enfoque de los gobiernos occidentales, por suerte, ha sido bastante más comedido, aunque no exactamente por amor a la paz: el Partido Conservador británico, financiado por la City londinense, quiere que el dinero ruso siga fluyendo a las entidades financieras, y el gobierno alemán no quiere que le cierren la espita de gas.

Pero bravuconadas e intereses particulares aparte, la invasión rusa obliga a la política exterior occidental a mirarse en el espejo, por mucho que eso nos haga estremecer. “La primera víctima cuando estalla la guerra es la verdad”, dicen que dijo el senador estadounidense Hiram Warren Johnson en 1918; en la crisis ucraniana, la primera víctima ha sido la ironía. “ Uno no invade sin más otro país aduciendo un falso pretexto para defender sus propios intereses”, ha declarado John Kerry, secretario de Estado de un país que, como es notorio, hizo precisamente eso hace casi exactamente 11 años. “ El mundo no puede dar el visto bueno a semejante violación de la soberanía de otra nación”, proclama solemnemente el ministro de Asuntos Exteriores británico, William Hague, quien votó a favor del apoyo a la guerra de Irak en la Cámara de los Comunes en 2003.

Reflexionemos un poco sobre cómo tanto el gobierno ruso como los ciudadanos rusos justifican la agresión en Ucrania. Un gobierno elegido democráticamente ha sido derribado violentamente. En las filas de la insurrección victoriosa destacan extremistas de derecha que han pasado a ocupar cargos gubernamentales clave. Ha habido un intento de eliminar el ruso como lengua oficial, propuestas de prohibir los partidos políticos y la imposición de oligarcas no elegidos en regiones ucranianas, lo que supone una amenaza creciente para la minoría rusa, muchos de cuyos componentes tienen pasaporte ruso. La idea de seguridad de Rusia está influida por el hecho de que ha sido atacada repetidamente desde occidente con consecuencias catastróficas, y el acuerdo con Ucrania le permite estacionar miles de soldados en Crimea.

Estas justificaciones son muy discutibles, por supuesto. Un mandato democrático no da carta blanca al gobierno para que actúe como le dé la gana. Lo que hubo en Ucrania no fue un golpe, sino un verdadero levantamiento popular en las regiones occidentales y centrales del país, e incluso en el este y el sur. Es cierto que el Sector Derecha con sus subfusiles AK-47 desempeñó un papel decisivo en el éxito de la revuelta y se ganó así el respeto de grupos más moderados: existe una siniestra tradición de conservadores y liberales que han ayudado a los fascistas a hacerse con el poder. El nuevo gobierno ucraniano tiene siete ministros de extrema derecha, entre ellos el viceprimer ministro Oleksandr Sych, del partido neofascista Svoboda, que a juicio del Congreso Mundial Judío la UE debería prohibir. Pero no son dueños de toda la revuelta y la intervención rusa no hará más que reforzarles.

No ha habido ataques sistemáticos contra los rusoparlantes; el intento de eliminar el ruso como lengua oficial ha fracasado hasta ahora; y tampoco es cierto que todos los rusoparlantes deseen la unificación con Moscú. Las pasadas invasiones bárbaras en Rusia no justifican sacrificar el derecho de los países vecinos a la autodeterminación. Ahora bien, la retórica de la intervención rusa es fiel reflejo de la de nuestros líderes occidentales cuando envían a “nuestros chicos” a la guerra: defender la democracia, parar los pies a los fascistas de hoy, proteger los derechos de las minorías, apoyar la autodeterminación. Es fácil cuestionar los motivos de las potencias extranjeras y desechar sus justificaciones: eso se sobreentiende. Pero si uno hace lo mismo con sus propios gobernantes, le tratan de propagador de teorías de la conspiración o le acusan de hacer el juego al enemigo.

Los abogados de la política exterior occidental acusan a quienes llaman la atención en estas ocasiones sobre nuestro propio historial de ser adictos a la frase “¿y qué me dices de…?” o de pretender desviar el debate. Cuando una potencia extranjera hace algo malo, dicen que los contrarios a la guerra siempre preguntan “¿y qué me dices de Occidente?”, supuestamente para indicar que nuestras faltas hacen buenas las suyas. Esto no es ni mucho menos lo que se pretende con este argumento. Rusia está gobernada por un régimen autoritario que ataca las libertades civiles y discrimina a las personas LGBT. Sus propósitos en Ucrania no son nobles. “Lo que ocurre en Crimea estos días es un clásico acto de intervención imperialista”, como apunta el grupo radical ruso Izquierda Abierta. Las grandes potencias siempre han aprovechado o promovido agravios genuinos para justificar su política interesada: incluso Mussolini justificó su invasión en Abisinia diciendo que era para salvar el país de la tiranía de la esclavitud.

Pero esto debería obligarnos a considerar cómo nos ve el resto del mundo. El Reino Unido apoyó al gobierno de EE UU en la invasión de Iraq con un falso pretexto, devastando el país y matando de paso a cientos de miles de personas. Israel puede violar sistemáticamente las resoluciones de las Naciones Unidas, construyendo asentamientos ilegales y anexionando tierras palestinas. Nuestra gran aliada, la dictadura de Arabia Saudí que decapita a supuestas brujas y amputa las manos de los ladrones, invadió Bahréin (a instancias del régimen dictatorial de este país, desde luego) para ayudar a sofocar una movilización por la democracia y los derechos humanos. EE UU lanza ataques con drones en países soberanos como Pakistán, desafiando abiertamente al parlamento nacional y matando a innumerables civiles.

Si Rusia, o cualquier otro país considerado adversario, actuara de esta manera, los llamamientos a la acción serían ensordecedores. Cuando un país extranjero comete una agresión, en Occidente surge como un reflejo la idea de que “tenemos que hacer algo”; lo mismo ocurre en otros países cuando somos nosotros los que cometemos actos similares. Sin embargo, el término “Estado granuja” no se aplica a los países que violan el Derecho internacional, sino de aquellos que no se doblegan a la voluntad de Occidente.

Esto no quiere decir que esos ataques al orden internacional hayan provocado la invasión de Ucrania por parte de Rusia. Sin duda se habría producido igual. No obstante, todo eso son síntomas del mismo fenómeno: las grandes potencias utilizan el Derecho internacional como instrumento para atacar a los oponentes, pero lo dejan de lado cuando no les conviene. Los líderes occidentales tampoco pueden afirmar sin torcer la cara que los gobiernos elegidos han de ser derribados en las urnas y no con métodos violentos. Han sido cómplices del golpe militar que ha derribado en Egipto al candidato electo de los Hermanos Musulmanes, el presidente Morsi, y del establecimiento de una junta que ha encarcelado y asesinado a oponentes. Han aprobado el derrocamiento del presidente ucraniano Yanukóvich. Ambos gobiernos violaron los derechos humanos, pero la posición oficial de Occidente consiste claramente en apoyar el derrocamiento violento de gobierno electos en determinadas circunstancias.

Los defensores de la política exterior occidental acosan a los activistas antiguerra: sois los primeros en salir a la calle cuando Occidente lanza bombas, ¿dónde están ahora vuestras pancartas en Trafalgar Square reclamando “Rusia fuera de Ucrania”? Es una crítica extraña, pues las protestas suelen producirse para presionar al propio gobierno, bien para que detenga una intervención en el exterior, bien para que actúe. Protestar en defensa de una política del gobierno parecería extraño y podría utilizarse para promover la escalada en vez de la paz. Como dice Ilya Budraitskis, un anticapitalista ruso que participó en la manifestación del pasado domingo contra la guerra en Moscú, que fue reprimida: “Creo que los activistas antiguerra de cada país deberían criticar en primer lugar a su propio gobierno”.

Esto no es desentenderse de la solidaridad. La democracia, los derechos humanos y la paz son causas universales, globales. Están siendo amenazadas continuamente por las grandes potencias, y por eso todos nosotros, tanto en Moscú como en Londres, Pekín o Washington, tenemos que luchar por un nuevo orden mundial que impida que las grandes potencias vayan pisoteando a los demás. Una vieja causa, sí, pero el futuro de todos nosotros depende de ella. Fuente: The Independent. Traducido por Viento Sur para rebelion.org