monseñor camusCuando recuerdo a Monseñor Camus, vienen a mi mente las tensiones conyunturales en las que se vio envuelto y que lo ponían frente a la clásica disyunción de ser considerado como un hombre de iglesia o un hombre político. En esa contienda, él parecía el menos preocupado de todos. Un hombre libre, fiel solamente a sí mismo, a su conciencia, y al Dios a quien dedicó su vida hasta este domingo.

Educado en tiempos preconciliares para ser un sacerdote diocesano con las virtudes tradicionales de un clérigo devoto, terminó viviendo la mayor parte de su ministerio en medio de la avalancha de la modernidad que invadió la Iglesia después del Concilio Vaticano II. Su vocación resistió a la secularización y se confirmó en su fe cristiana y en su vida sacerdotal.

Formado para ser pastor de cualquier apacible parroquia rural, para asistir la misa campesina, el mes de María, los bautizos y peregrinaciones, terminó instalado en la cátedra diocesana de Linares, donde sirvió varias décadas como uno de sus más preclaros y reconocidos obispos. Desde allí, desde la provincia, su voz resonaba con la categoría distinguida de un profeta que jamás se confundió con los trapos de la sacristía ni con las volandas de la sotana. Y puede decirse que ese fue el mayor valor de su testimonio: la libertad para expresar un pensamiento urgente en tiempos de crisis. Por eso se lo recuerda ahora, en innumerables medios, como uno de los grandes defensores de los derechos humanos; quizás lo fue porque sabía que también es un derecho divino que los hombres vivamos en dignidad y respeto.

Tal parece que obispos como Camus no están de moda. Se lleva más la etiqueta cortesana del hablar prediseñado, afectado y a menudo lisonjero que le hace bastas costureras a la verdad porque es una falda demasiado pesada para llevar a cuestas.

Para hombres tan grandes como él, queda estrecha la dicotomía mundo-iglesia. A él no le bastaban los mundos cerrados y demoníacamente armoniosos que tiene una iglesia cerrada. Ni tampoco le habría bastado haber sido un hombre dedicado a las cuestiones puramente laicales. Su visión trascendente del Reino de los Cielos comenzaba en este mundo y su visión de este mundo no podía terminar aquí mismo, con la muerte como última palabra. Demasiado creyente como para olvidarse del “más allá”; demasiado humano como para desertar de este mundo. Ciertamente, un hombre entre dos reinos.