Daniela LópezComo acertadamente ha señalado El Desconcierto, se ha generado un debate de luces y sombras respecto a “la marcha de todas las marchas”, a ratos interesante como a ratos con lógica demencialmente conspirativa, sin asidero real y bastante visceral. Se han tratado de instalar sospechas sobre el origen de la marcha, sin embargo lo más sospechoso es el silencio, la ausencia y finalmente los ataques de sectores que durante los últimos años aplaudieron cualquier iniciativa que disputara el espacio público. Sin embargo, más allá de supuestos alejados de la realidad, prefiero integrar elementos al debate.

Como herencia de la dictadura pero profundizada y administrada por la Concertación- hoy Nueva Mayoría-, el divorcio entre la política y lo social, ha penetrado de una manera brutal las relaciones humanas, la cultura, la cotidianidad como el sentido común de las personas, construyéndose una imagen antihumana, erigida como fundamento de las relaciones sociales. La exclusión social se ha naturalizado y el éxito en el mercado decide sobre el ser o el no ser. Es decir, la primacía del individuo en nuestra manera de pensar la vida en sociedad y la identificación con la “apolítica” termina siendo uno de los fundamentos más políticos y perversos del actual modelo de desarrollo. Junto a un hartazgo profundo y extendido a causa de la aguda privatización de las condiciones de vida, la emergencia de nuevas formas de exclusión y desigualdad configuran nuevas tensiones que no se dejan leer en un esquema clásico.

Pese a esto, en los últimos años sectores que no han sido reconocidos como expresión política, que se encuentran excluidos, se expresan de distintas formas no tradicionales, tomandose la agenda pública dentro de un contexto de crisis de representatividad. Ahora bien, aún con este malestar social que recorre las calles y los hogares, la clase política sigue pudiendo procesar los conflictos sociales y sus estallidos. A la vez, la frustración social ha minado la confianza de chilenas y chilenos hacia las instituciones orientadas a mediar las tensiones de la sociedad.

En este contexto, las revueltas sociales tienen como eje articulador la desigualdad y la búsqueda por profundizar la democracia, demostrándonos su diversificación y complejización, lo que ha modificado el escenario de gobernabilidad de los poderosos. Pero cuyo avance no está asegurado.

En este sentido, el impulso de las luchas sociales puede ser desarticulado nuevamente y su potencial ahogado a manos de un reacomodo que eluda el desafío de romper el heredado y perfeccionado legado de la dictadura. Para ello, es fundamental que el gran aprendizaje del movimiento social de nuestra época sea la necesidad de superar la visión vertical de la suplantación de la fuerza social transformadora.

En este orden de ideas, desde el bacheletismo el programa prometido como forma de reordenamiento del escenario político, sigue siendo poco claro, pero si es posible señalar la intención de excluir a los movimientos sociales de la toma de decisiones y sumarlos sólo simbólicamente. Basta recordar los cuestionamientos por parte del oficialismo y del desprecio de una parte de la elite a la “marcha de todas las marchas”, en la lógica de “los movimientos sociales se han encargado de explicitar los problemas de Chile y ahora nos toca a nosotros resolverlos y estamos recién asumiendo”, cuando sabemos que en la realidad el actor preponderante en la esfera decisional chilena sigue siendo el sector empresarial.

Sin embargo, hoy nos encontramos con un movimiento social en ascenso, amplio y legitimado que disputa el carácter social de la política. La demanda por conquistar derechos universales y revertir la sumisión de la política al dinero, para construir una democracia más plena, genera capacidad en las personas de ir alterando su propia cotidianeidad en la transformación de los espacios, en la ampliación de la participación cotidiana y en la organización, elementos de fuerza fundamental para la transformación social.

Por ello se requiere a las mayorías en las calles; mientras el status quo no se sienta amenazado, la política en cuatro paredes va a seguir presente en los círculos de poder en los que habitan y transitan los conglomerados políticos.