Los juegos Odesur 2014 (y de cualquier año), más allá del entusiasmo que generan, principalmente para la ciudad que los organiza y los deportistas que participan en el evento, son, de acuerdo con criterios estrictamente deportivos, algo así como la quinta división del deporte. No se trata de desvalorizarlos, sino de precisar el estatus que tienen en el contexto internacional del deporte olímpico. Una pequeña muestra: de las 302 medallas de oro que se repartieron en la última olimpiada de verano, Londres 2012, solo seis fueron adjudicadas por el total de países (14) que durante dos semanas de marzo tuvo a sus representantes disputando diversas pruebas deportivas en Santiago y la región de Valparaíso. Y la verdad es que no puede ser de otra forma.

En el deporte de alto rendimiento, digamos el deporte de élite, la diferencia entre los países denominados desarrollados y los llamados en vía del desarrollo es abismal. Y la razón es muy simple. Mientras en los primeros el deporte de alto rendimiento es una necesidad sentida por la población y asumida por el Estado y la empresa privada como un asunto prioritario, en nuestras sociedades se asemeja al consumo de un bien suntuario. El deporte en Estados Unidos, Francia, Alemania, Gran Bretaña, Holanda, Suecia, China, Japón, etc., es una empresa, una tremenda empresa, donde se invierten cifras gigantescas en programas de formación, entrenamiento, competencias, investigación, infraestructura, captación de talentos, biomedicina, gestión y administración deportiva, por nombrar algunos de los aspectos que contempla “cada disciplina” incluida en el deporte olímpico. En estos países no existe el término Centro de Alto Rendimiento para nombrar a una entidad que reúne a los deportistas top y con proyección, sino que cada disciplina, cada prueba, es en sí misma un centro de alto rendimiento, una escuela espartana y rigurosa orientada a obtener el máximo rendimiento deportivo de los niños, jóvenes y adultos que la conforman.

Y entre los países europeos las diferencias también son grandes. Por eso los menos poderosos concentran sus recursos en determinadas pruebas donde por clima, geografía, infraestructura y características biogenéticas de la población pueden tener ciertas ventajas. Holanda, por ejemplo, de las 26 medallas que obtuvo en las recientes Olimpiadas de Invierno, Sochi 2014 (Rusia), 23 fueron logradas en las pruebas de velocidad sobre hielo. Hungría se hace imbatible en piragüismo (6 medallas en total en Londres 2012). En Oceanía, Nueva Zelanda destaca en remo (3 medallas de oro en Londres). En Asia, los kasajos, en cambio, hacen de las suyas en halterofilia (4 preseas doradas en la última olimpiada de verano).

Deportes@3_GOU21DCEE_1_2486Algunos países africanos apuestan en este mismo sentido, su fuerte (hablo específicamente de Kenia, Marruecos y Etiopía) son las disciplinas de fondo: maratón, 10 y 5 mil metros. Durante más de cuatro décadas vienen dominando estas pruebas y no solo en las Olimpiadas, sino en los campeonatos mundiales y en las principales maratones que se desarrollan en el mundo. Jamaica, por su parte, tiene desde hace muchos años concentrado todo su esfuerzo organizativo (me refiero al deporte) en explotar el genotipo apropiado de la población para las pruebas atléticas de velocidad. Ese pequeño país con menos de 3 millones habitantes obtuvo 12 medallas en Londres 2012, cuatro doradas, todas en las pruebas de velocidad; algo que parece asombroso, pero que sin embargo no lo es, si se considera los programas científicos que se aplican en la isla a los sprinters. “Somos la fábrica de velocistas del mundo”, presumió la ministra de Deportes de Jamaica, Olivia Grange, después de que Bolt completara un inédito doblete en 100 y 200 metros con sendos récords mundiales en los Juegos Olímpicos de Beijing 2008.

Los ejemplos son muchos, y no vale la pena seguir enumerándolos. En Chile, como la mayoría de los países que participaron en los juegos Odesur, no existe (¿puede existir?) nada que se asemeje a lo que he señalado. Y la razón principal de ello es que el deporte de alto rendimiento no es un tema prioritario (ni secundario), y no lo será hasta que otros asuntos más sensibles para la población estén resueltos. Porque más allá de las voluntades de algunos, el país no tiene la capacidad presupuestaria, organizativa, ni los conocimientos suficientes para emprender proyectos serios en este campo. Tampoco tiene cultura deportiva. Chile está en la prehistoria del deporte, es así. No hablo por cierto del fútbol ni del tenis, pues junto al golf son los únicos deportes profesionales que existen en el país y, por tanto, se rigen por la misma lógica (mejor o peor, da lo mismo) que guía a estos deportes a nivel mundial. Pero, por favor, no me hablen de los atletas, gimnastas, voleibolistas, ciclistas, remeros, tiradores al blanco, esgrimistas, etc., todos ellos abandonados a su suerte o, lo que es lo mismo, subvencionados con algunas lucas para que sigan entrenando y, con suerte, compitiendo (participando) en el extranjero.

En este contexto, el Ministerio del Deporte, recientemente creado, no deja de ser más que un chiste. ¿Para qué este ministerio?, me pregunto. ¿Para fomentar la práctica deportiva en la población? Voy a la página web de éste y hago copy-paste de sus funciones:

– Proponer y evaluar la Política Nacional del Deporte y los planes en materia deportiva e informar sobre sus avances y cumplimiento.

– Formular programas y acciones para el desarrollo de la actividad física y deportiva y del deporte de alto rendimiento.

– Coordinar las acciones vinculadas al deporte de Ministerios y servicios públicos.

– Informar al Ministerio de Educación si son adecuados los planes y programas de educación física, deportes y recreación.

– Promover programas deportivos con organizaciones públicas y privadas.

– Proponer al Presidente de la República iniciativas legales, reglamentarias y administrativas para el deporte y la actividad física.

 -Definir estrategias para difundir los valores, ideales y conocimientos de la actividad física y el deporte y el incentivo de su práctica       permanente.

– Proponer normas preventivas para la práctica del deporte, la prevención del dopaje y la salud física y mental de los deportistas.

– Tener un catastro de infraestructura deportiva a nivel nacional y regional y su estado.

– Informar al Ministerio de Desarrollo Social, a petición de éste, acerca de la inversión en infraestructura deportiva, sometidas a evaluación.

– La cooperación internacional en materias deportivas.

– Dar reconocimiento a las actividades físicas como especialidades o modalidad deportiva.

– Proponer programas deportivos para personas en rehabilitación por drogadicción y alcoholismo, para personas con discapacidad, para personas privadas de libertad y para niños, niñas y adolescentes en riesgo social.

– Firmar convenios con entidades nacionales o extranjeras para el fomento del deporte.

– Desarrollar estudios y programas de investigación y metodología sobre deporte y actividad física de la población.

– Velar por el cumplimiento de las políticas por parte del Instituto Nacional de Deportes de Chile, asignarle recursos y fiscalizarlo.

Nada de lo que aparece ahí se vincula con un ministerio de esta naturaleza. Nada. Podrían ser perfectamente funciones del Ministerio de Educación o de Salud. El deporte, y que se entienda bien, se define en la actualidad como “deporte de alta competencia”, una actividad por cierto elitista, pero un elitismo dado por el talento y la dedicación cien por ciento a ella. A quienes se dedican a sus diversas disciplinas olímpicas (los escogidos por su talento), la sociedad les da su apoyo (no a través del patético chi-chi-chi de las gradas ni del chovinismo de los medios frente a algún éxito) sino a través de programas científicos dirigidos a obtener de ellos el “máximo rendimiento”. La sociedad invierte en los deportistas de elite porque le interesa contar con campeones, porque, de alguna manera, ve en ellos una gesta heroica, un prototipo del deportista olímpico (el helénico clásico).

OY-AA040A_CHINA_G_20120718170525Eso por un lado, pero en rigor la sociedad (hablo por cierto de la sociedad civil, las personas, el mercado, las instituciones) invierte en ellos porque son la materia prima de un gran mercado, uno de dimensiones y rentabilidad gigantescas, la industria del espectáculo, específicamente el espectáculo deportivo, que involucra a la vez al mercado de los medios, la publicidad, el marketing, los sponsors en un gigantesco negocio. El deportista de alto rendimiento es el “protagonista” de esta maquinaria magnífica que recrea el espectáculo deportivo a niveles superlativos (es increíble como hoy la televisión no solo registra y recrea el espectáculo deportivo sino que es parte esencial de él, al grado que la estética del juego y del movimiento atlético se percibe mejor en la pantalla que con la presencia física en el estadio) y, por tanto, sería una contradicción (del sistema) no invertir en él. E invertir, en estas sociedades (me refiero a las sociedades de los países denominados desarrollados) significa investigar y reunir todos los saberes (teóricos y técnicos) para el cumplimiento de una meta. Y aquí tenemos al deportista moderno.

Siguiendo esta lógica puedo decir sin temor a equivocarme que el deportista de alto rendimiento en Chile está fuera del mercado, porque no está preparado para el espectáculo principal (el que se ofrece al mundo a través de la televisión: las olimpiadas, los mundiales y los circuitos mundiales) y ello porque la sociedad donde vive no tiene interés (o es incapaz) de proveer al mercado mundial de ese recurso (el atleta, el deportista de elite, el protagonista del espectáculo deportivo). Y no lo puede proveer porque no lo puede formar, digamos, producir, de acuerdo a los estándares apropiados.

Todo lo que aparece en el apartado de funciones del Ministerio del Deporte es como tiene que ser aquí en Chile: vago e inespecífico. Y ello porque nadie tiene idea de lo que es efectivamente una organización o entidad orientada al deporte de alto rendimiento y, lo que es peor, nadie (a nivel gubernamental y legislativo) tiene una puta idea de lo que significa, hoy en el mundo, el deporte de alto rendimiento, una actividad complejísima, que involucra una diversidad de variables relacionadas con aspectos técnicos, científicos, médicos, psicológicos, económicos, de gestión, mediáticos e infraestructura, por nombrar algunos.

Un Ministerio del Deporte debe ser un organismo técnico, presidido por un profesional con capacitación en el extranjero en gestión y administración deportiva, con conocimiento cabal de la materia. No tiene misión ni funciones, pues eso son generalidades y obviedades. Es una entidad que rige a las federaciones, marca y visa los programas de éstas a partir de la experticia del personal especializado en cada disciplina, capacita, gestiona recursos con la empresa privada, genera modelos de gestión para ser aplicados en las distintas federaciones, propone programas y supervisa estos programas, importa recursos humanos (formadores, entrenadores, captadores de talento). Y, principalmente, genera estudios encaminados a detectar las ventajas y desventajas que tiene el país en cuanto a determinados deportes para que, de acuerdo a los resultados de los mismos, se potencien las disciplinas que sí podrían ser competitivas a nivel internacional.

Un ministerio que por cierto no puede existir hoy en Chile. ¿Para qué entonces un ministerio que lleva este nombre? ¿Para promover la actividad física en la población, en los colegios, en los sectores vulnerables? ¿Para fomentar actividades recreativas y sociales relacionadas con el ejercicio físico? ¿Para inaugurar estadios? ¿Para evitar que la población en riesgo social caiga en la delincuencia? ¿Para promover los valores de la vida sana? Pero si eso, como ya lo dije, es resorte de otros ministerios. (De las federaciones de los deportes olímpicos no me referiré, pues creo que más del 90 por ciento de los chilenos sabe, salvo honrosas excepciones, de la ineptitud de sus dirigentes y de su incapacidad crónica para desarrollar sus respectivas disciplinas. Entonces para qué incurrir en una tautología, dejemos a estos señores que sigan viajando por el mundo exhibiendo la bandera chilena en las competencias internacionales donde, efectivamente, su número es mayor al de los deportistas que nos representan).

Que se entienda, no es que me oponga a fomentar y promover el deporte recreacional (prefiero decir actividades recreativas del cuerpo). Tampoco es mi interés proponer los lineamientos de una política seria enfocada al deporte de alto rendimiento, pues lo veo imposible aplicarlo en Chile. Solo deseo evitar discursos falsos y falacias en torno al tema. Un ejemplo de ello es el titular en la portada de la sección Deportes de El Mercurio, 18 de marzo, que respecto a la actuación de los chilenos en los juegos Odesur 2014 señala: “Pocos oros para tanto esfuerzo”.

Por ahora, el deporte de alto rendimiento en Chile es ciencia ficción y lo será por muchos años más. O es una cosa de ilusos. Y bien, eso hace que me saque el sombrero frente a quienes ejercen cualquiera de las disciplinas que comprende el deporte olímpico, aquí en nuestro país. Y quizá alguno de ellos podrá conseguir lo imposible, pero ese logro, lo aseguro, no tendrá nada que ver con Chile.