Allende MaduroEn estos tiempos que vivimos de relativismos insoportables, en los que los argumentos más peregrinos se exhiben con una soberbia inversamente proporcional a su consistencia, se puede leer a analistas de diverso pelaje pontificando sobre cómo son y cómo deben ser las cosas en cualquier escenario político. Se pueden leer y escuchar últimamente opiniones tronantes que realizan, por ejemplo, un ejercicio de historia comparada entre el Chile de Allende y la UP y la Venezuela de Maduro y su socialismo del siglo XXI. Y la verdad es que si eso sorprende que se haga desde latitudes alejadas del país andino, lo que llega a generar perplejidad es que también se haga desde Chile. El ex canciller mexicano Jorge G. Castañeda se refería a esos ejercicios analógicos como una expresión del pensamiento troglodita.

Equiparar la figura de Salvador Allende con la de Nicolás Maduro es algo difícilmente comprensible para un observador mínimamente informado. Desde la fortaleza de su liderazgo a su capacidad oratoria y su cosmopolitismo, desde la formación intelectual al compromiso democrático demostrado, el venezolano está lejos de la talla del chileno. Pero si los hombres son inusualmente antitéticos, igual o más lo son los contextos en los que ambos se ubican. Allende lideró un proceso que, con sus luces y sus sombras, propugnaba introducir cambios estructurales en su país superando los antagonismos binarios propios de la confrontación Este-Oeste de la época. Un contexto geopolítico internacional que, pese a la crisis de Ucrania, poco tiene que ver con el actual. No parece, pues, que un breve ejercicio de historia comparada nos permita avanzar más: no hay caso para la comparación. Podríamos, incluso, concluir como hacía Castañeda recientemente, diciendo que Allende fue una víctima más de la Guerra Fría, mientras que Maduro es una tragicómica reminiscencia.

Hallamos ?dentro y fuera del país caribeño? dosis letales del viejo axioma izquierdista del cuanto peor, mejor. Dicho de otra forma, se trata maniobras que pretenden agudizar las contradicciones internas del sistema a cualquier precio, sin respetar a nada ni a nadie, ni valorar costos incluso humanos porque, ya se sabe, la guerra [de clases] es la guerra [de clases].

Con todo, claro, es cierto aquel adagio de que el que busca, encuentra. Y lo hemos hecho. Existe un elemento tangencial, un punto de contacto entre el proceso chileno de los años de la Unidad Popular y el que actualmente se vive en Venezuela. En ambos casos encontramos dosis elevadas de mentira y manipulación por parte de los actores en conflicto. Más allá de las intoxicaciones, de la propaganda negra y de otras armas de combate, en torno a lo que está ocurriendo en la Venezuela actual hallamos dentro y fuera del país caribeño dosis letales del viejo axioma izquierdista del cuanto peor, mejor. Dicho de otra forma, se trata maniobras que pretenden agudizar las contradicciones internas del sistema a cualquier precio, sin respetar a nada ni a nadie, ni valorar costos incluso humanos porque, ya se sabe, la guerra [de clases] es la guerra [de clases]. Leía días atrás un texto de un ciudadano ubicado en la izquierda autodenominada revolucionaria en el que afirmaba que el único objetivo verdadero de [su] izquierda es derrotar a la derecha, a como dé lugar. Se supone que para, a partir de la victoria, instaurar una dictadura de proletarios obreros y campesinos. Al fin y al cabo, eso del respeto por los Derechos Humanos no deja de ser para algunos parece una burda mentira burguesa.

Ideas más o menos coincidentes podemos recibir de ciudadanos que no han reflexionado mucho no ya sobre lo sucedido en el Chile de Allende, sino sobre lo ocurrido en tantos otros países de América Latina durante los setenta y los ochenta; que no han reparado en las reflexiones realizadas, precisamente al hilo de la caída de Allende, por Enrico Berlinguer y los comunistas italianos; que parecen ignorar lo ocurrido entre 1989 y 1991 en el escenario internacional; que no son capaces de comprender que Cuba es hoy un proyecto social fracasado convertido en una caricatura patética de lo que quiso ser y no fue.

Esas lecturas binarias, dicotómicas, que agrandan los antagonismos que ya son grandes entre los actores en conflicto de nuestras sociedades, no son no obstante una novedad en el espacio político. Volvamos a la comparativa entre el Chile de Allende y la Venezuela actual, ahora que el presidente Maduro dice que todos los que se oponen a su política incapaz de sacar al país del foso de la inflación, el desabastecimiento y la violencia extrema (no solo la política, la social que es mucho más grave), no son sino fascistas.

En noviembre de 1971, se produjo un acontecimiento que tendría un efecto gravemente polarizador en la sociedad chilena: la visita de Fidel Castro. La estancia se alargó de forma impensable para los hábitos diplomáticos, duró más de veinticuatro días. Tanto por su extraordinaria duración como por las tensiones y los problemas políticos y diplomáticos que generó, la visita del mandatario cubano causó un enorme impacto muy especialmente por la coyuntura en la que vivía Chile. El Comandante recorrió incansablemente el país de norte a sur, visitó más de una decena de ciudades, participó en infinidad de actos en espacios públicos abiertos y cerrados, dictó conferencias en diversas instituciones, se reunió con un sinfín de representantes de organizaciones de la sociedad civil y del aparato estatal, especialmente de entidades sindicales y femeninas, participó en exaltados debates con estudiantes universitarios y concedió una gran cantidad de entrevistas a órganos de prensa, chilenos y extranjeros. Castro fue, desde luego, una especie de estrella mediática aclamada allá donde fue, pero fue un huésped que llegó a resultar incómodo para el gobierno chileno.

Se presentó como un amigo primero y como un protagonista después, que dijo compartir aliados y enemigos en el escenario interno con los revolucionarios del gobierno. Eso acabó por generar una situación muy delicada en las relaciones diplomáticas entre Chile y Cuba. Como escribió Alberto Aggio, ante cada intervención del Comandante, el gobierno se veía forzado a posicionarse a propósito de las interpelaciones efectuadas por el revolucionario cubano, por lo que coincidimos en que con Castro en Chile se introdujo un elemento de cuestionamiento del sistema político nacional que no existía antes, así como un descrédito del proceso que estaba siendo conducido por la Unidad Popular y por Allende.

En una entrevista en la TV nacional chilena, conducida por Augusto Olivares (el periodista que se suicidaría en La Moneda poco antes que su amigo Salvador Allende), mientras el presidente se esforzaba por hacer explícitos los logros de su gobierno, el dirigente cubano explicaba [también al mismo Allende] las resistencias con las que se enfrentaba el proceso chileno. La principal, el fascismo. Los fascistas chilenos (según él todos los que no estaban con el Allende revolucionario) solo trataban “de ganar masa, con la demagogia si es posible de los sectores más atrasados de las capas humildes, y ganar masa en las capas medias”.

Ciertamente, tanto el desparpajo como la tendencia a dejar de lado cualquier sutileza con las que Castro intervino en el escenario chileno acabó, como explica Aggio, por producir o acentuar un ambiente de confrontación entre izquierda y derecha que impediría o imposibilitaría a partir de ahí cualquier convivencia democrática.

Seguramente, siguiendo la doctrina de sus mentores cubanos, Nicolás Maduro sigue aplicando, cuarenta años después, la misma táctica que tan malos resultados dio en Chile.

Es por ello que sorprenden algunas declaraciones que se están produciendo actualmente en aquel país. Muy recientemente la joven diputada comunista Camila Vallejo ha recibido fuertes críticas por tildar en un twitt de su cuenta personal de fascistas a los opositores al gobierno de Nicolás Maduro: “La oposición fascista -escribió- está poniendo en grave peligro la democracia en #Venezuela: el poder se gana en las urnas, no mediante el crimen”. Sorprende que la joven dirigente comunista no sepa lo que es el fascismo o, cuanto menos, utilice esa etiqueta con tanta ligereza. En paralelo, el presidente de su partido, Guillermo Tellier, a propósito de la situación venezolana ha culpado a la prensa: “Pueden cometerse excesos, pero si se tiene en cuenta que la mayoría de los muertos son chavistas ¿de dónde viene el exceso? Tengo la sospecha de que en Venezuela existe mucho de construcción mediática”. En la misma entrevista, refiriéndose al régimen castrista, el dirigente comunista chileno respondió de forma canónica: “Yo creo que en Cuba no hay problemas de derechos humanos. Hay restricciones que incluso ahora están levantando”.

No parece ser ésta la mejor forma de ayudar ni a los venezolanos ni a los cubanos a alcanzar un gobierno de progreso como el que preside Michelle Bachelet, en el cual están presentes también los comunistas locales. La táctica del cuanto peor, mejor nunca ha dado buenos resultados a la causa de la mayoría. Nunca.