edificio-torreRenuncié hace unos días a mi trabajo. Como consuelo, decir que estoy en mi casa, pero cesante, o a decir verdad, gestionando proyectos y otras propuestas de manera on line. Dejé una pega de oficina, donde estuve por casi tres años de mi vida en una labor de gestión, encerrado entre cuatro paredes, a veinte pisos de altura, pero sobre todo empeñado en que no se cumpliera la sentencia, de que todo lo que hiciera podía ser borrado con el codo. Una abrumadora sensación de inseguridad, cuestionamiento, que excede cualquier autocrítica, y que me rondó todo ese tiempo, acaso porque fui viendo, cómo uno a uno los requerimientos, solicitudes, y hasta el más pedestre informe, debía ser revisado y visado por media decenas de personas que, muy poco o nada sabían de lo que se hablaba, pero para imponer su peso, estaban dispuestos a objetar y echar por tierra todo ensayo de algo que oliera ajeno a sus números. Me crie –en sentido figurado– haciendo el mejor de mis esfuerzos, dejando pasar algunos días a la espera de una (des)aprobación, pero finalmente recibiendo un check, sin más explicaciones. De modo que cada esfuerzo, más que esperar felicitaciones, apenas se reducía a un OK. Para luego verlo ser presentado como propio, y si te he visto no me acuerdo. Estoy siendo duro y hasta injusto, porque sí hubo iniciativas que fueron recogidas, aplicadas y otras tantas, integradas a líneas de desarrollo de negocios, donde lo último fue lo primero. Estoy siendo abstracto y prefiero no detallar nada. Lo importante es otra cosa. O diría lo urgente. La cuestión es que aprendí. De una manera curiosa, pero lo hice.

 

Ensayo y error

Nada se pierde con vivir, versaba Enrique Lihn. Se puede perder el tiempo. Ya lo sé. Así como no se puede culpar a nadie, que no sea a uno mismo. Acaso porque no solo de pan vive el hombre, pero cuesta reconocerlo. Si algo deja esta secuela laburante es eso, poner el foco en aquello de lo que soy capaz, más que de lo me dicen, me dijeron, estaban dispuestos a decir, pero lo callaron. Aprendí en el silencio. Existen teorías de gestión que reducen el ejercicio de una labor al equivocarse y no advertirlo. Es decir, no acusar la falta por parte de un superior y dejar que el dependiente se equivoque. Una forma discutible de aprendizaje, pero que tiene costos determinantes en el reconocimiento posterior, ya no de una falta, sino de un fracaso. Extraña forma de aprender. Yo prefiero quedarme con la búsqueda del Tao. O de ese estado zen que asume que no hay una situación normal, porque existe tanto calma como tensión. Un estado de frío y de calor. Así como luz y de sombras. No uno a la vez. Siempre los dos. De eso se vale –de una radical búsqueda del blanco o del negro. El Tao es otra cosa. Entonces, se admite que desde la teoría de las emociones, debe haber cierta cuota de angustia en lo que hacemos. O más bien de preocupación, de cuidado, de delicadeza. A lo que admitimos como un logro, pues se hizo como mejor podemos hacerlo, ellos oponen neutralizar las emociones y actuar. Cueste lo cueste, con salud y enfermedad. Una absurda bandera de compromiso. Lo verdaderamente importante, visto desde este otro lado, es dominar las emociones, gobernar la rabia, asentar la tristeza, asumir el miedo. Sí. Nos mueve y nos inmoviliza una misma emoción. Pero tiene una frontera. Existe un punto de encuentro.

 

Entonces llega Godzilla

Durante los primeros meses en la oficina, una vez vencida la idea de que hubiera un terremoto, recordemos que para mayo del 2011 hacía menos de un año había sido el 27F, empecé a pensar que esa aparente calma no podía ser verdad. Me explico: llegar a un nuevo puesto, aunque uno sepa en qué debe desempeñarse, describe esa situación de espanto, que es tener un cerro de labores y no saber por dónde empezar. Sobre todo, cuando los superiores saben que uno debe entrar en una marcha blanca de ajuste, o al menos ese período negocié yo al entrar, pero en ningún caso consideraba un tiempo demasiado largo –todo era para ayer– y debía ponerme al día. ¿Qué puede ser ponerse al día, cuando la persona que me precedía en el cargo, dejó todo tirado, y se fue sin decir agua va, y así todos los pendientes, pasaron de la noche a la mañana, de ser algo apenas importante a impostergables urgentes que estaban para ayer? (Ayer era el mes pasado: suma y sigue). Pero no quiero aburrir con esto, me gustaría explicar la analogía que da título a la crónica. Y es que en medio del ajetreo diario en la ciudad, cuando todo y nada puede pasar, siempre estaba la amenaza de Godzilla. Sí, se imponían demandas, alegatos y reclamos, de los superiores, de externos, de clientes, de cualquier foráneo que venía a poner en juicio lo que hacíamos –incluyo el plural– porque cuando compartí esta metáfora del miedo, muchos compartieron la premisa y entre sonrisas nerviosas la aprobaron. Y sí, en la oficina se vive esperando una catástrofe. O mejor dicho, se trabaja con el miedo de que lo estamos haciendo mal. Y te condicionan con horarios, con deberes, con culpas, con bonos, con promesas de una vida –laboral– mejor.

Para la cena de despedida, me animé a compartir estos versos, trascribo algunos, pues el resto es cháchara, como decía Lihn, y supongo esto también es un poema que habla de ese estado y el Godzilla que está dentro de nosotros.

 

Gestionar la vida

Así funciona la Empresa.
Con acciones bursátiles/ con acciones humanas
¿Inversionistas o inversores?, nos preguntamos
(No olvidarse la corbata & Usar maquillaje sobrio)
La fórmula más allá de los conceptos, es la misma:
El valor que le damos a las cosas.
¿Y si el peso no estuviera en lo material?
En la acumulación de bienes de consumo
Y la ganancia fuéramos nosotros
Y se pudiera comprar también el tiempo.
Acaso esa sea mi apuesta hoy día
Salir en su búsqueda
Volver a recuperar el tiempo.
Mejor es quitar el signo negativo de la plata
Y ver las cosas, las relaciones, nuestras palabras
Con los ojos del corazón.

Nada se pierde con intentarlo
Ensayemos otra forma de conducirnos
Porque si se cree en lo que creemos
Las ilusiones terminarán por iluminarnos.
Yo creo que lo hice.
Lo hicimos.
Pero, el viaje no ha terminado.

Se trata de
Oponer al Amor al Poder
El Poder del Amor
La verdadera revolución está dentro de nosotros.
Todo puede cambiar, cualquier día.
En medio de la más aparente calma.