7La catedral de Ciudad de México fue construida –las labores comenzaron el siglo XVI, pero solo en 1813 se dieron por concluidas— sobre las ruinas del templo mayor de los aztecas. Emplazada en el Zócalo, la gran plaza en el centro de la ciudad, lugar de cientos de manifestaciones, plantones, pistas de patinaje en hielo, ferias, ambulantes, amantes perdidos, soñadores y borrachos, lentamente se ha ido hundiendo en estos terrenos que reclaman su primigenio acuático. (En otro cambio más reciente, el Zócalo no era, hasta hace poco, la plaza vacía en la cual se pueden reunir cientos de miles de persona. Antes de la Revolución se parecía más a esas otras Plazas de Armas latinoamericanas donde la congregación de gente se dificulta por tanta fuente, estatua, arbolito y arbusto. Después de la Revolución se dijo que ese sería un lugar donde el pueblo podría reunirse para reclamar por sus derechos inalienables. Cosas que decía la gente entonces…).

Frente a la Catedral, dos días antes que se conmemoraran los cien años del natalicio de Octavio Paz, Silvio Rodríguez ofreció un concierto gratuito. Asistieron más de ochenta mil personas, a pesar de la recia lluvia que en la tarde había refrescado bastante el aire. El recital fue, para algunos, un recuerdo y para otros un encuentro. Pasado y presente se encontraron cara a cara con la presentación de lo que probablemente sea el próximo trabajo del cantautor cubano: Amoríos. Una reunión de canciones de amor, de las viejas en versiones revisadas (¿alguien recuerda mariposas, la era está pariendo, ángel para un final?) y de las nuevas. Pasado y presente también para Silvio, quien a pesar (o quizás gracias a) de su barba ya cana de sesenta y siete años y flores, conserva el tono de voz que lo hiciera famoso y que nos obligara a aprender que lo terrible se aprende en seguida y lo hermoso nos cuesta la vida.

En el medio del Zócalo, imponente como ella sola, se yergue una gigantesca bandera mexicana (hay quienes dicen que la bandera fue hecha en Texas; quizás como un reconocimiento que gran parte de Estados Unidos fue mexicano no hace tanto y poco a poco está volviendo a serlo sin necesidad de guerras). Entre la bandera, bailando al son del viento violento y la catedral católica que poco a poco se ha ido hundiendo, canta Silvio con su banda. Alrededor de la bandera estamos nosotros, la gente, haciendo uso del espacio público en un gesto que es (aunque no lo sepamos) la recuperación de la justicia y un ejercicio de libertad (por breves y efímeros que sean; que no todo es perfecto, al final también somos un amasijo, un revoltijo, de contradicciones. ¡Ah, quién fuera el que fuera para poder ser!).

Los celulares funcionan como encendedores; reemplazan a las antorchas que brillan en medio de la noche, mientras coreamos las canciones a destiempo (¿será que Silvio está más lento, o los tiempos del público se han acelerado tanto junto con sus teléfonos móviles).  Unicornio. Yo solo quiero aquel. Rabo de nube. Ojalá. El mayor. Una suite que concluye con óleo de una mujer con sombrero (¿será cierto eso que la cobardía es asunto de los hombres no de los amantes, que los amores cobardes no llegan a amores ni a historias, sino que se quedan ahí? ¿dónde se quedarán, me pregunto yo? ¿Habrá alguien hoy que se sienta amante como en aquellos años?). En medio de este maremágnum nostálgico no puedo evitar volver atrás, ¿cuánto? Casi veinticinco años a aquel concierto de otro marzo de otro año en el Estadio Nacional de Santiago cuando los sueños, al menos para algunos, estaban comenzando. Cuando las posibilidades de los cambios parecían se convertirían en algo: venga la esperanza y la alegría, Santiago dejaba de ser una ciudad acorralada por símbolos de inviernos… No todo fue lo que se esperaba (para nada dirán los más; la traición es una palabra dura, pero a ratos pareció eso). Y ahora hemos vuelto a esperar, mejor dicho a esperanzar: gracias a lo que comenzó de nuevo con los estudiantes (pero que siempre es mucho más que los estudiantes y que viene de mucho más atrás, porque la lucha es siempre de todos y todas), cuando escucho a Silvio aquí en Ciudad de México vuelvo a sentir en parte esa espera y esa esperanza que el colegial de antaño sintiera (recuerdo un beso o dos, un cigarrillo robado, una risa, recuerdo el que fui).

Desde los edificios de gobierno que rodean las otras aristas de la plaza, algunos apitutados contemplan el concierto (mal que mal ha sido la alcaldía la que ha organizado la fiesta). La catedral se ilumina con el reflejo de las pantallas y las luces que caen en el escenario. La bandera sigue flameando. Alguien cansado se arroja en el suelo. La noche baila y canta. Hay una canción para Violeta Parra. Con Chile se acaba el concierto y en todas partes comienzo el futuro. Repito unos versos de una canción. Ojalá pase algo, me digo. Ojalá.
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