lollapalooza_chile_Ésta es una columna escrita desde el resentimiento. Lo digo de entrada para que el que la quiera seguir lo tenga en cuenta desde ya. Pasa que desde 2011, un fenómeno comercial de la música viene dejando una sensación difícil de describir para quienes aún no tenemos la fortuna -o desgracia- de asistir. Aquí voy a hacer el intento por dejar claro lo que le pasa a esa gran masa de excluidos que ha transitado con el tiempo del entusiasmo a un desgano y desaliento en medio de tanto comentario bien ponderado.

Lollapalooza Chile, que este fin de semana vivió su cuarta edición, nació como uno de esos festivales de música que con los años se fueron transformando en un mito. Perry Farrel, vocalista y líder de Jane´s Adicction, creó la primera versión del festival estadounidense en 1991 para la despedida de su banda, y aunque al principio no contó con escenarios paralelos, sí hubo un sello que perdura hasta hoy: el de las bandas alternativas.

El ambiente también ha estado siempre rodeado de una suerte de discurso crítico, o quizás disidente, de lo que comúnmente se conoce en una serie de aspectos, entre ellos el más destacado es el característico sentido ambientalista que se impulsa entre los asistentes.

Hasta ahí, todo bien. Pero sucede que si uno mira las distintas composiciones de las parrillas que ha tenido el festival, al menos en Chile, se aprecia que el sentido comercial está intensamente relacionado con la presencia de artistas consagrados, grupos y bandas de probado éxito en las ventas y con trayectorias que difícilmente provoquen un desinterés de los cada vez más endeudados asistentes a los conciertos masivos en el país.

Sólo por nombrar algunos, desde 2011 Chile ha tenido en sus tierras a Pearl Jam, Red Hot Chilli Peppers, Soundgarden, Foo Fighters, Arctic Monkeys y Queen of the Stone Age. Cada uno de ellos ha estado presentes en el escenario principal, que ya no sólo tiene el nombre o número que le corresponde, sino que llevan el apellido de las marcas que auspician al festival, y funcionan casi del mismo modo con lo que se diseñan los megacentros comerciales que tanto se contrstuyen por estas tierras.

Todo mall está pensado para que dos tiendas anclas le den soporte a una serie de otras tiendas chicas, acompañadas obviamente por áreas de entretenimientos y servicios. Esos colosos que vemos cada vez más en las ciudades del país y que construyen los grandes del retail para ir dejando cada vez menos espacio para el comercio tradicional -como podría suceder en Valparaíso si es que se llega a concretar el Mall Barón en pleno borde costero-, parece inundar de la misma lógica a una expresión que dista bastante del impulso comercial por comprar ropa, zapatos, comer frituras y ver una película en el cine.

Quizá la escena musical no puede ser comparada con esos productos que encuentras en el mall -o tal vez sí-, pero ciertamente que para los que dicen querer ir a este festival a escuchar a esas bandas que nunca vendrían por sí solas al país, no debe ser novedad que al menos un 80% de los asistentes llegan atraídos por los grandes números artísticos que lideran el cartel. Lamentablemente, la pulsión que ha llevado a grandes masas hasta el festival ha generado una suerte de cultura under que entre las burlas a la manera que tienen de vestirse los hipsters -el principal nicho del público asistente, hay que señalar- y los que van por no perder una experiencia de vida única y extraordinaria, está alejando cada vez más a los que, desde afuera, todavía no pueden costear las entradas, o bien, estarían casi tan perdidos como un poroto en una paila marina.