Spanish_War_Children_(restored)Hace setenta y cinco años que la guerra civil española acabó así: “En el día de hoy, cautivo y desarmado el Ejército Rojo, las tropas nacionales han alcanzado sus últimos objetivos militares. La guerra ha terminado. Burgos, 1 de abril de 1939”. Bueno, acabaron los combates, y no todos porque quedaron partidas guerrilleras diseminadas por la península. Lo que finalizó oficialmente en aquellos primeros días de la primavera fue la guerra de trincheras. Pero la paz no llegó con la nueva estación.

Pronto hará cincuenta años que me obligaron a aprender de memoria ese último parte de guerra, firmado por el Generalísimo Franco. Y lo cito sin consultar otra cosa que mis recuerdos de niño asustado en una escuela rígida y jerarquizada, de ordeno y mando. Comenzaba el primer curso de bachillerato y existía una asignatura denominada Formación del Espíritu Nacional, ?Política, la llamábamos? impartida por un viejo falangista. Un hombre de mal carácter, que nos contaba cómo había sido encarcelado y vejado por los rojos durante la guerra. He escrito que me obligaron, pero realmente no fue exactamente así. De la misma manera que había aprendido a cantar el Cara al sol con el brazo en alto sin que mediara amenaza explícita, aprendería el último parte de guerra y tantas otras cosas. Era preceptivo escribirlo al pie del examen de la asignatura Formación del Espíritu Nacional, de la misma forma que había que rematar la hoja de respuestas con un ¡Arriba España! y un ¡Viva Franco! Eso garantizaba el aprobado.

No me lo explicaron, pero yo sabía que la guerra a la que en el colegio llamaban Cruzada la habían perdido los míos. Nadie me había hablado explícitamente de lo ocurrido quince años atrás, cosa lógica por otra parte. ¿Qué podían explicarle a un niño de diez años que empezaba el bachillerato? Sin embargo, yo lo sabía. Sabía que aquella bandera, aquellas canciones, aquellos himnos del colegio, no eran los nuestros. De esa mezcla de ignorancia e intuición vendrían muchas cosas después: desde el interés por la historia a la preocupación por la política, sin que sea capaz de explicar si fue primero el huevo o la gallina.

Por ahí comienza a tomar forma mi memoria histórica individual. En aquellas vivencias escolares tan explícitas que coexistían con las vivencias familiares tan implícitas se encuentra el embrión de esa mochila virtual de memoria personal e intransferible que cargo a mi espalda. Cuando aludo a esa memoria histórica me refiero a mi toma de posición cívica generada por mis recuerdos, por mis vivencias individuales y de grupo, y también por los discursos y los usos públicos sobre el pasado que he vivido. En esa mochila cargo muchas cosas: la noción de castigo junto a la noción de pecado: todo podía ser lo segundo y provocar lo primero; la necesidad de practicar una cierta rebeldía que no llegaba a ser heroica; demasiadas asignaturas pendientes: desde libros no leídos a amores no consumados; el compromiso colectivo por construir una sociedad más libre y equitativa; un rechazo instintivo a las doctrinas y los dogmas… En fin, tantas cosas, grandes y pequeñas, trascendentales y menores. Supongo que como le pasa a todo el mundo.

Los historiadores han tipificado en sus análisis sobre otras experiencias históricas traumáticas distintos tipos de memoria. Para el caso argentino, por ejemplo, Luis Alberto Romero estableció la existencia de cuatro memorias de la última dictadura: la llamada memoria oficial, la militante, la rencorosa y la reivindicativa de los hechos de la dictadura. Apunta además algo que creo del mayor interés: para ninguna de ellas la verdad, en el sentido convencional del término, es un objetivo importante. Y es que, añade Romero: “Cada uno se acuerda de lo que quiere y se olvida de lo que le da la gana. La memoria es valorativa y categórica, y tiende a considerar las cosas en términos de blancos y negros (…) todo lo que en la memoria es exaltado y contrastado, en el campo del saber de los historiadores es opaco y matizado”. Sí, hay una gran distancia entre la memoria y la historia.

Me pregunto, pues, de qué tipo es mi memoria. Soy un profesional de la historia, pero entiendo que no encajo bien en ninguna de las carpetas citadas. No suscribo el discurso más oficioso que oficial, que aquí en España se ha emparentado mucho con lo que el historiador  estadounidense Steve Stern llamó la memoria de la caja cerrada, es decir que vale la pena no hablar del pasado, no removerlo, no abrir una caja porque puede resultar peligroso. Aunque siento dolor por el pasado, no guardo rencor; y, por supuesto, no reivindico nada de lo hecho por la dictadura franquista. Quizá la memoria militante me resulte la más próxima, pero es una militancia la mía cada vez más sentimental que política. Es, creo, una memoria sentimental y [además] sorprendida.

Los que consiguieron imponerse… se esforzaron en recordar a los derrotados y a sus hijos que habían sido vencidos. Se empeñaron –de hecho todavía hay quien lo hace, de forma más o menos explícita– en que no se les olvidara que aquel ejército rojo había sido desarmado y conducido a cautividad.

No hace mucho Pedro Ruiz Torres se interpelaba a sí mismo en torno a cuáles eran las fuentes, las coordenadas de su memoria de la guerra civil española. Él, que no pudo ser testigo directo ya que nació doce años después de su finalización, escribió: “¿Cuánto debe mi memoria de la guerra civil al factor emotivo y al componente racional? ¿Cuánto hay en ella de herencia transmitida de manera consciente e inconsciente y de comunicación buscada con los demás? ¿Cómo influyó en mi trabajo de historiador y éste a la vez en mi memoria de la guerra civil? ¿Cómo han ido cambiando mis recuerdos del conflicto y hasta qué punto esas imágenes son solo mías o por el contrario llevan la impronta de los grupos y medios sociales en los que se desenvolvió mi vida?”. En la medida que pertenecemos a la misma generación, las preguntas también me sirven, aunque pudiéramos encontrar algunas diferencias en las respuestas. En mi caso, la guerra civil fue interpretada desde edad temprana, ya lo he dicho, como una especie de big bang familiar, como un suceso terrible, complejo, traumático y misterioso sobre el que no se hablaba delante de los niños que, pese a todo, sentíamos mucho más que conocíamos. Añadiría, incluso, una pregunta más a las formuladas por Ruiz Torres: ¿Cómo influyó la guerra civil en mi decisión de estudiar historia? Respuesta: decisivamente.

La memoria histórica de las personas [pariente muy próxima de la creencia histórica de la que hablara Shlomo Sand] es la que determina nuestras coordenadas en la sociedad en la que vivimos. Es, como he dicho, esa especie de mochila que cada uno de nosotros llevamos a la espalda como resultado de la propia experiencia vital, y en ella pueden encontrarse conocimientos, recuerdos, mitos, prejuicios, apriorismos, engaños… Nuestros, de nuestras familias y, en un círculo más amplio, de los grupos sociales con los cuales nos relacionamos de manera preferencial. Esa es nuestra memoria, que al entrar en contacto con otras mochilas, con otras memorias, se relaciona de forma complaciente o conflictiva, y se alinea mejor o peor con la corriente hegemónica que interpreta el pasado histórico, lejano o reciente.

En abril de 2014 se cumplen 75 años del fin de aquel desastre colectivo que fue la guerra, que no concluyó en la paz, sino en la masacre, la humillación y la exclusión de los vencidos. Los que consiguieron imponerse, los victoriosos,  no solo nunca invitaron a los derrotados a la reconciliación o –cuanto menos al reencuentro–, sino que se esforzaron en recordarles a ellos y a sus hijos que habían sido vencidos. Se empeñaron –de hecho todavía hay quien lo hace, de forma más o menos explícita– en que no se les olvidara que aquel ejército rojo había sido desarmado y conducido a cautividad.

Cuando un canalla con acta de diputado [en las listas del Partido Popular] dice –setenta y cinco años después– que hay quien se acuerda que perdió a su padre o a su abuelo en la guerra porque ahora hay dinero para repartir entre los familiares está mintiendo como lo que es, como un bellaco. Además está insultando la memoria de tanta gente que da escalofríos pensar en cómo escupe sobre los sentimientos de ancianos a los que les angustia la idea de morir sin poder rescatar los restos de su padre, de su madre o de sus hermanos de una cuneta anónima o de una fosa común. Pero, además, lo que ese miserable y quienes le amparan y protegen, o incluso jalean, están diciéndonos es que no son siquiera capaces de sentir misericordia por los vencidos que siguen sufriendo, tantas décadas después. Me provoca asombro, estupor, tanto odio, tanto desprecio. De ahí mi memoria sentimental y sorprendida. Constatar esta realidad hace que me duela el corazón y el cerebro, y tampoco sé qué precede a qué.

El Grupo de Trabajo de Desapariciones Forzadas e Involuntarias de la ONU que visitó recientemente España está elaborando un informe que se hará público en los próximos meses. No obstante, según la valoración preliminar que se ha hecho desde Naciones Unidas: “De acuerdo con la instrucción penal llevada a cabo por el Juzgado de Instrucción Penal n° 5 de la Audiencia Nacional, el número de víctimas de desapariciones forzadas del 17 de julio 1936 a diciembre 1951 ascendería a 114.226. El auto también se refirió al secuestro sistemático de niños –se mencionan en el auto 30.960 niños– de los detenidos republicanos que habrían sido entregados a las familias que apoyaban el régimen de Franco después de que sus identidades fueran supuestamente cambiadas en el Registro Nacional”.

Demasiado dolor como para aceptar sumarnos a la memoria de la caja cerrada. Y eso, en primera instancia, por simple lealtad a nuestros mayores, víctimas directas de aquella horrible guerra. Pero, también, por nosotros mismos, por aquellos niños de postguerra que –ahora padres e incluso abuelos– tenemos derecho a aligerar el peso de nuestra mochila de memoria.