IquiqueYa hablé con mi madre.  También con mi hermano.  Como miles de otros compatriotas que habitan el extremo norte del país, ellos han vivido intensamente los dos grandes sismos y cientos de réplicas que en los últimos días se han hecho sentir con mayor fuerza en la cordillera de la costa, a la altura del desierto Atacama.

De chico que sé de miedos a temblores y maremotos.  Criado en Iquique, fui formado al alero de la operación Deyse y muy claro teníamos los ochenteros alumnos de la escuela Santa María hacia dónde arrancar cuando se viniera el terremoto, el gigantesco tan publicitado por estos días.  Ese que en cualquier momento, tsunami mediante, dejaría la escoba.  Eventualidad muy preocupante en una ciudad con amplias áreas, literalmente, bajo el nivel del mar.  Ese verdadero hoyo que asemeja Iquique al descubrirlo cuando se desciende desde la elevada planicie de Alto Hospicio.

Hoy la acción del país, sus autoridades y fuerzas sociales está enfocada hacia la contención de los efectos sanitarios, sicológicos y materiales del fenómeno natural.  Porque un terremoto es eso. Un fenómeno natural con el cual más que lidiar debemos aprender a convivir.

Aunque algunos ingenieros nos digan lo contrario, no hay experiencia en la que el ser humano haya derrotado (que alguien me explique qué significaría en realidad aquello) a la naturaleza.  Triunfos desastrosos sí tenemos a nuestro haber: hemos eliminado especies, destruido biodiversidad y el cambio climático sería nuestro principal “logro antiecosistémico”, pero al final del día la vida siempre encontrará un camino para avanzar.  Más allá del empeño inconsciente que le pongamos para su exterminio en este u otro planeta.

Como no podemos doblegar la naturaleza a nuestro antojo (además de infructuoso incoherente con la ética de la vida), lo correcto es que nosotros nos adaptemos a su realidad.  A eso le llaman tener una relación armónica con el ambiente del que somos parte, donde conceptos como capacidad de carga, servicios ecosistémicos y resiliencia son solo ejemplos de una forma distinta de asimilar el conocimiento de la vida.

Como no podemos doblegar la naturaleza a nuestro antojo (además de infructuoso incoherente con la ética de la vida), lo correcto es que nosotros nos adaptemos a su realidad.  A eso le llaman tener una relación armónica con el ambiente del que somos parte, donde conceptos como capacidad de carga, servicios ecosistémicos y resiliencia son solo ejemplos de una forma distinta de asimilar el conocimiento de la vida.

Veamos.

Iquique no es la única ciudad del mundo con zonas bajo el nivel del mar.

Ahí están los Países Bajos (Nederland, u Holanda para generalizar con su principal territorio) cuyo nombre no es precisamente hijo de una noche de borrachera de sus padres fundadores.  Fue en la Edad Media cuando los pueblos asentados en la zona decidieron construir una serie de drenajes y diques para habitarla con mayor tranquilidad, robándole importante terreno al mar del Norte.  Tranquilidad que duró hasta 1953 cuando sucumbieron las barreras y el mar (momentáneamente vencido por casi mil años) recuperó su potestad territorial preexistente e inundó amplias extensiones del país.   Murieron casi dos mil personas, fueron evacuadas unas 70 mil y parte importante de la infraestructura pública y privada fue dañada.

Como la naturaleza está en todas partes (excúseseme la obviedad, pero es un recurso literario necesario), existen varias formas para evitar que su devenir impacte negativamente en la vida del ser humano.

Una opción es esquivar en todo momento el riesgo, que en el caso de Holanda significaría despoblar las zonas originariamente marítimas.  Otra, desafiar a la naturaleza a través de la técnica, en una versión extrema de autosuficiencia humana.  Y una tercera, recurrir a la técnica pero en un sentido de conocimiento y profundo respeto por los procesos naturales, haciéndose cargo de variables como las ya mencionadas: capacidad de carga, servicio ecosistémicos y resiliencia, entre otras fundamentales.

Paradigmático en este sentido es la pérdida de un 30 % del abastecimiento del Sistema Interconectado del Norte Grande a partir del terremoto del martes.  Aunque tal volumen de electricidad fue desactivado principalmente por motivos de seguridad y solo una central de 150 MW tuvo daños materiales que le obligaron a salir del sistema, una matriz dependiente de grandes generadoras y, por ende, sobrecargadas líneas transmisoras es altamente vulnerable ante los fenómenos naturales. Y ni hablar de la siempre sorprendente acción humana.

Ya se ha dicho bastante.  En un ámbito tan esencial como el de la energía (eléctrica en este caso), un mix diversificado de fuentes de generación a pequeña escala, usando sustentablemente las particularidades en recursos naturales de cada territorio, no solo daría mayor estabilidad al sistema (¿hace sentido eso de no poner todos los huevos en la misma canasta?), sino que permitiría la distribución de la riqueza eléctrica hoy concentrada en pocos actores.  Mismos actores que propugnan principalmente mega soluciones concentradoras, porque ¿quién puede construir una central nuclear, una represas, una termoeléctrica?  Solo grandes consorcios. En cambio minihidros, paneles fotovoltaicos o pequeñas granjas solares, por nombrar solo ciertas alternativas, están más al alcance de las comunidades e incluso algunas de los propios ciudadanos.  Por cierto que el tema de transmitir la energía tiene muchos bemoles técnicos, pero a la luz de los problemas sociales, ambientales y de seguridad vigentes es un camino necesario de iniciar.

El fin último, en todo caso, debe ser transitar hacia modelos autonómicos de generación de energía, al igual como se debe avanzar al autoabastecimiento en general.  No por un concepto ermitaño de la sociedad, ya que la relación humana va más allá de la interconexión eléctrica, sino para ser más responsables en el uso de los bienes comunes y ganar independencia con relación a quienes concentran y mercantilizan todo lo necesario para vivir en dignidad (agua y energía, pero también educación, salud, vivienda, previsión social, etc).  No acaparando (que es la solución individualista) sino conociendo los ciclos naturales y aprovechando con humildad su manantial.

Cuando en los 80 corría por las calles de Iquique ensayando un escape del terremoto y el tsunami no pensaba de esta forma.  Los riesgos que implicaba vivir en una tierra sísmica era pura mala suerte, pensaba.  Algo así como que al que le toca le toca, y ya.

Hoy sé que la realidad es otra. Que podemos prepararnos mirando cómo la naturaleza lo ha hecho por miles, millones de años.  Conociendo su esencia, asimilando una ética de la vida y la biodiversidad.  Conozco hombres y mujeres que tienen tal visión por esencia.  Debo reconocer que yo la he ido asimilando mediante la reflexión.

Sea cual sea el camino, algo me dice que aquel es el que hay que transitar.