allende maduro 2Ha llegado a nuestras manos la columna titulada “La táctica del cuanto peor, mejor. De Allende a Maduro”, del profesor de historia de la Universidad de Valencia, Joan De Alcázar. En dicho texto se hacen una serie de afirmaciones distorsionadas, incluso falsas, sobre los procesos revolucionarios latinoamericanos, especialmente los de Venezuela y Cuba, y sus dirigentes. Para ello, De Alcázar utiliza a Salvador Allende y al gobierno de la Unidad Popular, intentando contraponerlos a los procesos señalados.

Del Alcázar se ubica ideológicamente dentro de la franja socialdemócrata, ese sector político que no sin cierta afectación se llama a sí mismo “socialismo democrático”. Desde hace exactamente cien años, cuando la socialdemocracia alemana aprobó los créditos de guerra que pedía el Kayser Guillermo I para iniciar la carnicería que conocemos como Primera Guerra Mundial, el “socialismo democrático” se ha constituido en el guardián por la izquierda del imperialismo.

La columna de De Alcázar busca minimizar la campaña de desestabilización que conduce la derecha venezolana contra el gobierno bolivariano encabezado por Nicolás Maduro, intentando desacreditar a quiénes han denunciado que dicha campaña sigue el mismo guion que la llevada adelante por la oposición a Allende (derecha y Democracia Cristiana) y EEUU contra la Unidad Popular en 1973. Junto a ello, De Alcázar lanza una serie de invectivas contra los movimientos revolucionarios latinoamericanos, apoyadas en deformaciones de la historia de América Latina y Chile.

Parte De Alcázar en su columna diciendo: “se pueden leer y escuchar últimamente opiniones tronantes que realizan -por ejemplo- un ejercicio de historia comparada entre el Chile de Allende y la UP y la Venezuela de Maduro y su socialismo del siglo XXI. Y la verdad es que si eso sorprende que se haga desde latitudes alejadas del país andino, lo que llega a generar perplejidad es que también se haga desde Chile”. Agrega: “equiparar la figura de Salvador Allende con la de Nicolás Maduro es algo difícilmente comprensible para un observador mínimamente informado. Desde la fortaleza de su liderazgo a su capacidad oratoria y su cosmopolitismo, desde la formación intelectual al compromiso democrático demostrado, el venezolano está lejos de la talla del chileno. Pero si los hombres son inusualmente antitéticos, igual o más lo son los contextos en los que ambos se ubican. Allende lideró un proceso que, con sus luces y sus sombras, propugnaba introducir cambios estructurales en su país superando los antagonismos binarios propios de la confrontación Este-Oeste de la época. Un contexto geopolítico internacional que, pese a la crisis de Ucrania, poco tiene que ver con el actual. No parece, pues, que un breve ejercicio de historia comparada nos permita avanzar más: no hay caso para la comparación. Podríamos, incluso, concluir -como hacía Castañeda recientemente- diciendo que Allende fue una víctima más de la Guerra Fría, mientras que Maduro es una tragicómica reminiscencia”.

La cita a Jorge Castañeda ya nos da una pista de la vereda por la que transita De Alcázar. Castañeda fue un militante del PC mexicano que, tras el derrumbe de la URSS y el campo socialista europeo, decidió sumarse al coro de los arrepentidos y conversos que se unían al capitalismo triunfante y que, gracias a este arrepentimiento y su feroz campaña contra sus antiguos camaradas y la Revolución Cubana, fue premiado ocupando la cancillería mexicana bajo el gobierno del derechista Vicente Fox el año 2000.

El principal problema de De Alcázar consiste en el paso del “comparar” al “equiparar”. Así, quien compare los procesos de la UP y el bolivarianismo sería culpable, según De Alcázar, de decir, en definitiva, que Maduro es igual a Allende y el proceso venezolano al chileno. Con esto, del Alcázar pasa por alto la existencia de un rasgo esencial común a ambos procesos: el enfrentamiento contra el imperialismo estadounidense, cabeza del campo capitalista mundial. Por supuesto, los contextos históricos son distintos, pero la continuidad de la dominación imperialista sigue siendo el factor histórico crucial contra el que luchan tanto la Unidad Popular como la Revolución Bolivariana.

La lucha de largos años de Salvador Allende y su gobierno, hasta su épica muerte en el palacio de La Moneda, a la vez que constituyen un ejemplo político y moral para las generaciones de chilenos y latinoamericanos que continúan con la lucha antiimperialista, es un estorbo para el “socialismo democrático”, que hace esfuerzos denodados para construir un Allende depurado de ese peligroso legado de lucha antiimperialista y reconstruirlo como un suave e inofensivo “demócrata”. Por ello De Alcázar se ve obligado a hacer afirmaciones sin sustento, como que “Allende lideró un proceso que, con sus luces y sus sombras, propugnaba introducir cambios estructurales en su país superando los antagonismos binarios propios de la confrontación Este-Oeste de la época”. Contra esa aseveración, se levantan los hechos: la presidencia de Allende en la OLAS, su apoyo a los guerrilleros bolivianos y argentinos del Inti Peredo y Trelew, su amistad política con el Ché y Fidel, la nacionalización del cobre de manos de las compañías estadounidenses, sus denuncia en todos los foros internacionales del imperialismo.

Los argumentos de De Alcázar eluden estos hechos claves. De esta manera transforma en blancos a la Revolución Cubana y su comandante, Fidel Castro, llegando a argumentar que fue la visita a Chile del comandante Fidel la que, a la larga, provocó el ambiente que “impidió la convivencia democrática”. Dice De Alcázar: “con Castro en Chile se introdujo un elemento de cuestionamiento del sistema político nacional que no existía antes” y que “acabó […] por producir o acentuar un ambiente de confrontación entre izquierda y derecha que impediría o imposibilitaría a partir de ahí cualquier convivencia democrática”.

Con esto en la práctica se desvía la atención del lector sobre las causas reales del golpe militar de 1973. De Alcázar nada dice sobre la intervención estadounidense, sobre el complot económico contra el gobierno de la UP, sobre los dólares que financiaron los paros patronales. Menos aún habla sobre la enérgica y valerosa respuesta popular, que se hizo cargo de la producción frente al lockout patronal, que se movilizó contra la desestabilización, que profundizó la reforma agraria. El artículo de De Alcázar deja la impresión de que las contradicciones político-sociales que se expresaron y desarrollaron durante la Unidad Popular no existieron y que el golpe de 1973 sólo se produjo por el intento de Fidel y la izquierda más radical de “agudizar” dichas contradicciones.

Ese mismo principio intenta aplicar a Venezuela: hablar de golpismo o desestabilización sería un invento de los chavistas, debido a su naturaleza política “troglodita” y esencialmente antidemocrática. No existió el golpe de 2002, no existen los “guarimberos” financiados por la derecha venezolana que siembran el terror en los barrios venezolanos y que asesinaron a una compatriota chilena.

La acusación de buscar “agudizar las contradicciones” es uno de los tópicos favoritos del discurso socialdemócrata contra la izquierda revolucionaria. Los hechos, sin embargo, van en dirección contraria. Las contradicciones son agudizadas por la propia dinámica del desarrollo capitalista en general y de la etapa neoliberal en particular.

La acusación de buscar “agudizar las contradicciones” es uno de los tópicos favoritos del discurso socialdemócrata contra la izquierda revolucionaria. Los hechos, sin embargo, van en dirección contraria. Las contradicciones son agudizadas por la propia dinámica del desarrollo capitalista en general y de la etapa neoliberal en particular. Baste recordar la crisis financiera detonada el año 2008 y los nefastos efectos que ha tenido especialmente en Europa, sobre países como España o Grecia. Grecia es un caso paradigmático: es el propio “socialismo democrático” griego, encarnado en el partido PASOK, el que aplicando las recetas de austeridad más despiadadas ha llevado la situación de las masas populares griegas a una situación de miseria generalizada. Eso es lo que de verdad se llama “agudizar las contradicciones”.

El texto de De Alcázar transmite un temor y desconfianza hacia el alza del movimiento popular en América Latina y el comienzo de la búsqueda de soluciones fuera del capitalismo. Por eso en momentos llega a desenterrar fantasmas para intentar conjurar la amenaza. Dice: “ideas más o menos coincidentes podemos recibir de ciudadanos que no han reflexionado mucho no ya sobre lo sucedido en el Chile de Allende, sino sobre lo ocurrido en tantos otros países de América Latina durante los setenta y los ochenta; que no han reparado en las reflexiones realizadas, precisamente al hilo de la caída de Allende, por Enrico Berlinguer y los comunistas italianos; que parecen ignorar lo ocurrido entre 1989 y 1991 en el escenario internacional; que no son capaces de comprender que Cuba es hoy un proyecto social fracasado convertido en una caricatura patética de lo que quiso ser y no fue”.

Se refleja en estas letras un deseo de que los años comprendidos “entre 1989 y 1991” hubieran puesto fin para siempre a la lucha contra el capitalismo. Sin embargo para la desilusión de los defensores de este tipo de ideas, los desastres sociales, ambientales y de todo tipo que el capitalismo produce, empujan a los pueblos a buscar alternativas más allá de ese régimen de explotación y alienación.

El discurso de De Alcázar tiene por objetivo defender el espacio político de la socialdemocracia y su argumento, que no es sino la defensa del statu quo, el miedo incontrolable a la entrada de las masas en la vida política y su pasada por alto del problema del imperialismo para los pueblos sometidos.

Para los revolucionarios antiimperialistas y anticapitalistas, en cambio, el mejor escenario posible es la creciente resistencia popular contra el imperialismo y el dominio del capital nacional y transnacional.

En definitiva, para nosotros, mientras más luchas de los pueblos, mejor.