Violencia_a_la_mujer

Felipesw3uvalpo

Existen formas de violencia que la mayoría de las personas percibimos como tal: golpes, insultos, maltrato, uso de armas. Pero hay otras formas de violencia que no son siempre visibles y que, por esa razón, no enunciamos como violentas. El sociólogo noruego Johan Galtung describe los tipos de violencia y los grafica en un triángulo: en la cima se ubica la violencia directa, en un ángulo de la base se ubica la violencia cultural y en el otro la violencia estructural. Una línea atraviesa el triángulo de forma horizontal a la mitad, indicando que la parte superior es visible (violencia directa) y a inferior es invisible (cultural y estructural). La idea sugerida es la del iceberg: la superficie que vemos es siempre mucho menor a la masa sumergida.

Si la violencia directa son actos de violencia (los que habitualmente vemos en los medios de comunicación), la violencia cultural corresponde a todos aquellos discursos o aspectos de la cultura que legitiman dichos actos de violencia, es decir, las actitudes compartidas que van configurando un marco legitimador a través del arte, la ciencia, el derecho, la religión, la política. Finalmente, la violencia estructural correspondería a las estructuras que impiden la satisfacción de necesidades de un grupo de la población o incluso que niegan dichas necesidades de supervivencia, bienestar, identidad y libertad.

Estos tres tipos de violencia se manifiestan simultáneamente, al ojo del observador que las busca, en casi todas las situaciones sociales que nos rodean y donde se contraponen intereses. Por ejemplo en el conflicto entre el estado y comunidades mapuche podemos identificar fácilmente los actos de violencia, los discursos que la legitiman y las estructuras jurídicas, económicas y sociales que la reproducen a través de la historia. En el caso de la violencia hacia minorías sexuales y hacia la mujer ocurre lo mismo (sexismo, machismo, discriminación, fundamentalismo). En las situaciones de conflicto bélico y/o violaciones de derechos humanos es todavía más evidente la violencia cultural, pues el concepto de “enemigo” y los discursos asociados a su destrucción son más visibles que en períodos de paz.

Ahora bien, toda forma de violencia es una interacción humana deliberada y está permeada de ausencia de empatía. Existen en este sentido ciertos contextos que favorecen la falta de empatía, como por ejemplo nuestro modelo económico.

En los últimos días nos hemos indignado ante la especulación económica en zona de catástrofe. Nos preguntamos cómo las personas pueden buscar optimizar sus beneficios a costa de sus propios vecinos, o cómo las empresas tienen permitido manipular los precios en un contexto de escasez, precariedad e inseguridad.

Una respuesta puede ser: nuestro modelo económico favorece la violencia. Los postulados sobre los que se fundamenta son la maximización de los beneficios como único marco regulatorio, el aprovechamiento de las crisis sociales para instalar medidas de shock, y la desregulación de los mercados. Estos tres elementos se articulan muy bien con la ausencia de empatía, y se traducen en acciones humanas deliberadas. La liberalización del mercado y el rechazo a que el estado regule o intervenga de alguna forma es parte de una estructuración del circuito económico que reproduce la insatisfacción de necesidades humanas de bienestar y subsistencia, es decir, es violencia estructural.

El Chile de la post dictadura posee frágiles vínculos sociales (la mayoría instrumentales) que algunas veces no resisten a la tentación de aprovechar las oportunidades del mercado. Lo que muchos vemos y nos indigna es el acto -que nos parece violento- de vender un kilo de pan a tres veces su valor anterior a familias en situación vulnerable, pero no basta detenernos ahí. Es importante no perder el sentido de escándalo y detectar aquellos discursos legitimadores, como todos aquellos que a favor del mercado libre justifican la supervivencia del más fuerte, es decir, de quien tiene mayor poder adquisitivo o es más “inteligente” para resolver el problema básico de la economía que es la escasez de un bien. Y si vamos aún más lejos veremos las estructuras que reproducen este modelo: estructuras empresariales y de banca, redes de inversionistas y especuladores financieros, think tank, normas y leyes, etc.

El modelo neoliberal impuesto en Chile es perverso porque no sólo permite sino que alienta situaciones de violencia. La pobreza es violencia. ¿Sabías que aproximadamente la mitad de la población bajo la línea de la pobreza tiene menos de 17 años? La concentración de riqueza, la colusión, la negación de oportunidades en salud y educación, la depredación y contaminación del medio ambiente, la precariedad de empleo, el subempleo, el monto de nuestro sueldo mínimo, (y otras formas de no valoración del trabajo) son todas formas de violencia que el modelo legitima gracias a que existe una ideologización profunda en la sociedad post dictatorial impuesta, una vez más, gracias a la violencia y que tuvo como objetivo eliminar las formas colectivistas de relación social.

La fractura social en este sentido es profunda y permite que en situaciones de catástrofe algunos chilenos dañen a chilenos en el convencimiento de que hacen algo racional, no perjudicial, olvidando que “racional” y “razonable” son conceptos distintos.