Cardenal Raúl Silva HenríquezYo vivía en una casa religiosa durante los años ’80. Un día llegó un sacerdote que nos dijo que recibiríamos durante un tiempo un joven que había logrado escapar de un cuartel de la CNI en la quinta región y que, caminando entre chacras y viñas, había logrado llegar a un lugar desde donde lo trajeron a Santiago, a la Vicaría de la Solidaridad. Llegó a nuestra casa una noche y se quedó con nosotros unos tres meses, los suficientes para hacer los trámites que lo llevarían a él, a su esposa y su hija a España. Ocupó una habitación de las nuestras y compartió la hospitalidad que podíamos ofrecerle. Por las tardes, cuando regresaba de la Universidad, salíamos a caminar por una cancha de fútbol y me contaba su breve pero intensa experiencia que incluía ese doloroso paso que algunos hombres y mujeres tuvieron que sufrir en la frontera de la bestialidad y de la inhumanidad. No era creyente, pero respetaba nuestra fe. Reconocía que esa fe lo había salvado, que le había ofrecido una casa, que lo confortaba con la seguridad de la protección, que lo pondría a salvo en un avión que le permitiría recomenzar su vida en otra tierra.

 Dos veces tuve que acompañarlo a la Vicaría de la Solidaridad. La primera, para reencontrarse brevemente con su mujer, joven como él. En ese abrazo, que alcancé a ver a una prudente distancia, advertí la suma que logran, cuando se funden, la alegría y el dolor. La segunda, cuando lo fuimos a dejar, con uno de mis compañeros, para que, en la misma Vicaría, algunos personeros de la embajada de España se hicieran cargo de él y lo llevaran al aeropuerto. Años después lo encontré en el metro de Santiago; había regresado fugazmente para arreglar algunos asuntos. A esas alturas, ya se había establecido en Madrid junto a su familia. Después de eso, no supe más de él, pero siempre tuve la certeza de que habíamos cumplido bien la tarea que nos había correspondido en su historia personal.

Esos acontecimientos no nos eximieron de su porción de riesgo, de temor y de angustia. Por todas partes, parecíamos sentir las huellas y el rumor de quienes lo buscaban. Sin embargo, todo pasó. Valió la pena no creer más en el miedo que en nuestras convicciones. Detrás, estaba la figura carismática del Cardenal que había fundado esa Vicaría, que nos había entusiasmado a arriesgar algo de nuestras pequeñas vidas cuando se trataba de otros que, por una cuestión tan elemental como su derecho a pensar distinto, se habían visto comprometidos en la cruenta persecución de aquellos años. En el mínimo gesto de abrir la puerta de nuestra casa, habíamos tenido la oportunidad de sentirnos unidos a la iglesia que nos identificaba, es decir, aquella que secularmente, aquí como en Europa, en Asia y en tantas partes, se había sentido llamada a ser “refugio de los afligidos”. Era la iglesia del Cardenal, tan austera, tan limpia, tan lejana a las oscuras frustraciones de una sexualidad reprimida o a las ambiciones de poder que, de tanto en tanto, se transforman en la impostura de la verdadera iglesia de Cristo. No teníamos duda; hombres como Don Raúl, Don Helder Camara, Monseñor Romero, Monseñor Casaldáliga, nos confirmaban en que habíamos escogido bien, que nuestra fe no estaba errada, pues, siguiendo las huellas de Cristo, no nos alejábamos de las huellas humanas. Habíamos encontrado una manera de vivir según la cual el amor a Dios no nos alejaba del amor humano, y que esa forma de amar era la más sublime de todas.

Por todos estos motivos, jamás albergamos alguna duda sobre el testimonio de Don Raúl. El representaba, para nosotros, esa autoridad que nunca se habría de confundir con dominación. No era la autoridad de un gurú que sujeta a sus seguidores a rituales de una fidelidad incondicional que tiene más relación con la sumisión que con un auténtico seguimiento. Monseñor Silva Henríquez, Monseñor Santos, Monseñor Alvear, Monseñor Camus nos allegaron a su escuela y, probablemente, sea cual sea el destino que haya seguido la vida de los jóvenes religiosos de entonces, jamás podríamos olvidar que habíamos tenido la fortuna de arrimarnos a un buen árbol cuya sombra jamás dejaremos de disfrutar.