Es curioso constatar que muy probablemente no hay ninguna fecha en el calendario político español con más predicamento que el 14 de abril. Ni el 12 de octubre, de rancio tufo franquista, ni el 6 de diciembre, día de la Constitución, pueden competir con ese día de la primavera que evoca el recuerdo de aquella jornada del año 1931 en la que miles de ciudadanos salieron a las calles a festejar la proclamación de la II República Española. No era para menos. Tras las elecciones municipales del día 12, que dieron una amplia mayoría a los partidos republicanos en todas las grandes ciudades y pueblos importantes, España se había acostado monárquica y se había levantado republicana. Así de gráficamente lo expresó el entonces presidente del Consejo de Ministros, Juan Bautista Aznar.

Apenas trece días después, el 27 de abril, el nuevo régimen proclamó un decreto que estableció, en su artículo 2, que la bandera de la República española estaría formada  por tres bandas horizontales de igual ancho, siendo roja la superior, amarilla la central y morada oscura la inferior. El decreto, además, explicaba el significado de la nueva bandera: La República cobija a todos. También la bandera, que significa paz, colaboración entre los ciudadanos bajo el imperio de justas leyes. Significa más aún: el hecho, nuevo en la Historia de España, de que la acción del Estado no tenga otro móvil que el interés del país, ni otra norma que el respeto a la conciencia, a la libertad y al trabajo. Aquella franja morada, popularmente se asociaba a los movimientos progresistas del siglo XIX, particularmente al llamado Trienio Liberal (1820-1823), abortado por el retorno al absolutismo de Fernando VII. Desde entonces, la franja en cuestión sufrió avatares distintos, pero a partir del último tercio de aquel siglo la tricolor identificó a las entidades, casinos, asociaciones y partidos republicanos y, en paralelo significó para muchos valores tan principales como la libertad, la igualdad y la solidaridad. Esos que los viejos republicanos transmitieron desde entonces con un saludo de fraternidad: ¡Salud y República!

Desde aquellas décadas hasta hoy, la bandera de las dos franjas rojas y una central amarilla es una enseña muy poco estimada en los círculos progresistas españoles, por encontrarla excesivamente identificada con el franquismo. De hecho, al visitante extranjero le sorprenden muchas cosas respecto a los usos y costumbres del estandarte oficial en España: la primera el escaso apego  popular que suscita en cuanto se abandonan las aguas de la derecha y la extrema derecha; y en segundo lugar, que en las manifestaciones políticas populares la bandera que resulta dominante es la tricolor republicana, mientras que la llamada rojigualda, sencillamente brilla por su ausencia. Casi con la notable excepción de los sentimientos ligados a la selección española de fútbol, –constatan los forasteros–, la bandera bicolor solo aparece en aquellos lugares donde es oficialmente preceptiva.

Ahora, en estos días de abril, se conmemora de nuevo aquel régimen que despertó tanta pasión, tanta ilusión y tanto avance para muchos; y tanto odio en otros.

En los tiempos que vivimos, con una monarquía desprestigiada y afectada por procesos judiciales y escándalos inocultables; con un gobierno que pretende hacernos retroceder en la rueda de la historia a base de conculcar derechos, convertir sus principios morales en ley, y hacer baldíos tanto esfuerzo y tanto empeño en construir convivencia armoniosa entre las diferentes realidades nacionales de la España actual, una parte sustantiva –y creciente, según parece– de la sociedad española, particularmente entre la juventud que no entiende el anacronismo monárquico, se acerca aún con timidez al ideal republicano.

Todavía no es un debate central en la sociedad española, pero en la medida que el apoyo a la monarquía ha descendido en picado en los últimos tiempos, nadie descarta que pueda serlo en un futuro más o menos próximo. De la misma manera que la derecha política anatemizó en su día aquella II República, y así se mantuvo y se mantiene; la izquierda ni pudo ni puede ser sentimentalmente más que republicana. Otra cosa será cómo y en qué medida esa izquierda esté dispuesta a incluir la cuestión de la forma de Estado en sus programas electorales en los años venideros.

No obstante, las conmemoraciones, como la del 14 de abril de cada año, pueden ser también un buen momento para reverdecer los viejos ideales, por lejanos que se antojen en la difícil coyuntura que vivimos. Ese es un día emblemático, especial para quienes aquella vieja bandera tricolor es la mejor expresión de un deseo político de pertenencia a una comunidad de ciudadanos libres e iguales. Además, esa fecha y ese estandarte excitan la reivindicación del recuerdo de todos aquellos que dieron su vida en el intento de hacer de España un país más moderno, más justo y más habitable.

Cada 14 de abril revive para los republicanos la esperanza de que llegará un tiempo en el que los ciudadanos serán realmente libres y efectivamente iguales ante la ley, en el que se alcancen los derechos efectivos que el Estado ha de garantizar a sus residentes, en el que se acepten e integren las distintas realidades nacionales existentes en España, y en el que los principios escrupulosamente laicos rijan la educación pública al servicio del desarrollo integral del ser humano, de forma que potencie la solidaridad entre los hombres y las mujeres del mundo.  Una hermosa utopía sin duda. ¿Utopía? Quizá, pero también un camino por el que transitar hacia el futuro.