Iván NúñezOtra tragedia ha golpeado nuestro país, esta vez en Valparaíso, y otra vez las instituciones de la República y los medios de comunicación han debido soportar la tensión y el escrutinio público. En este último caso sus operadores, los periodistas, se han visto también enfrentados a las críticas. Tres de ellos eran trending topic en Twitter la noche del domingo: dos por haber estado a punto de morir calcinados en vivo y en directo, y una por haber comparado a Valparaíso con un “gran asado”.

Habría que sumar al cuadro las preguntas de rigor (aunque de rigor no tengan mucho). Uno de nuestros célebres colegas, Mario Hugo de 31 Minutos, se pronunció sobre el punto en su cuenta de Twitter: “Compañeros periodistas, la gente en Valparaíso está sufriendo, perdieron todo, su sacrificio, sueños y logros. NO LES PREGUNTEN CÓMO SE SIENTEN”.

Esta pregunta, que hemos escuchado decenas de veces ahora y miles de veces antes, es el recurso más fácil y melodramático, aquel que pervierte el loable objetivo de la empatía con el prójimo que deberían pretender los medios. El tema es que no siempre las cosas salen como el rating las planea: en el incendio de la Cárcel San Miguel una colega recibió un puñetazo en la cara de una madre que se acababa de enterar que su hijo había muerto calcinado, cuando se le hizo la trillada pregunta. Y, ahora, en Valparaíso, ante muchos intentos por arrancar lágrimas a los damnificados la respuesta ha sido la de la sobriedad. En amplios sectores de nuestra sociedad inescrutables para los grandes medios, donde las malas noticias son el pan de cada día, hay una templanza ante la adversidad difícil de comprender para quienes tienen vidas más diáfanas.

¿Cuál es el aporte de que rostros arranquen en directo de llamas que les pisan los talones? ¿Cuál sería el aporte, además del show y eventualmente de la fama, de tamaña irresponsabilidad? Algo podemos decir de antemano: no hay en eso mucho de periodismo.

Tampoco ayuda la irresponsabilidad del “periodismo mártir”, que hasta pareciera esperar que las llamas le chamusquen el pelo para “cumplir con el deber de informar”. Habría que preguntarse por qué la pulsión, no consciente quizás, de querer reemplazar a otros como víctimas y protagonistas de la noticia. ¿Cuál es el aporte de que rostros arranquen en directo de llamas que les pisan los talones? ¿Cuál sería el aporte, además del show y eventualmente de la fama, de tamaña irresponsabilidad? Algo podemos decir de antemano: no hay en eso mucho de periodismo.

Lamentablemente, esto que hemos visto ya ha sucedido antes. No es la primera vez. Para el 27F, en el incendio de la Cárcel San Miguel, en el Campamento Esperanza de la Mina San José y en el terremoto del Norte Grande, antes que ahora, los periodistas han sido acusados de hacer reality, rating, con el dolor del prójimo. Tal falta de criterio es excusada, por lo general, con el argumento de la responsabilidad informativa, pero ya sabemos que en nombre de tal cosa muchas tropelías son permitidas.

Ante estas situaciones, los medios y los periodistas no pueden decir que no se les ha orientado. El Colegio de Sicólogos ha publicado un decálogo con recomendaciones precisas, en caso de catástrofe: que el periodista no exponga su seguridad; que no interfiera en el trabajo de los equipos de emergencia; que haya informaciones veraces y contrastadas; que no contribuyan a propagar rumores; que no exhiban escenas sangrientas o traumáticas; que muestren ejemplos de personas que logran resolver sus problemas cotidianos; que se respete la intimidad y el dolor de las víctimas; que se informe sobre las tareas preventivas y de ayuda, para canalizarlos de buena forma; que se informe a la población de donde pueden recibir ayuda, y por último: que no se patologice a la población, atribuyendo cuadros clínicos colectivos sin fundamento.

Una pregunta simple: ¿Cuántos canales de televisión han cumplido este decálogo, al menos en parte?

Ante esta falta de ponderación, hace pocos días, y a propósito del terremoto en el Norte, el Colegio de Periodistas llamó a los medios a no olvidar que, por sobre el fin de entretener, hay otros superiores que imponen “no farandulizar la tragedia”. ¿Cuántos trajeron la lección aprendida ahora?

En un país cuyo sentido común gira hacia lo público, urge que los medios de comunicación redefinan una tarea que cumplir en ese ámbito, puesto que la naturalización de la falta de criterio –ya sea por rating o por un deformado deber informativo- está acrecentando su desprestigio en la sociedad. Y urge, urge, que las Escuelas de Periodismo hagamos mucho más. No puede ser que cinco años de rigor, autores y, en muchos casos, de excelencia, terminen con nuestros buenos muchachos saltando a la máquina de moler carne.