pregunta“Los primeros escritos incendiarios contra Freud emanaron de la derecha conservadora de medios católicos que lo acusaban de ser un degenerado, un destructor de la civilización, de la familia y de la moral, de haberles inventado una sexualidad a los niños. Y en realidad, Freud era más bien un conservador ilustrado, un emancipador de las mujeres que estaba a favor de la conservación de los valores de la familia y también del divorcio. Después Freud fue atacado por los nazis; se quemaron sus libros y también fue atacado por el estalinismo, por ser la imagen de la burguesía degenerada. Después de la Segunda Guerra fue bombardeado en EE.UU. por los puritanos y por los defensores de las ciencias duras que consideraban que era una teoría superada, ridícula. Después salió El libro negro del psicoanálisis donde se revisa la historia y se inventan leyendas negras… (…)” (Elisabeth Roudinesco en Revista Ñ, abril 2011).

Uno pensaría que este tema está agotado ¿no? que la violencia de algunas corrientes disciplinarias de la psicología ha cesado en su intento de medir, normar y domesticar los cuerpos y que hoy amparados en la confortabilidad que la hegemonía positivista les ha dado, descansan y dejan a los distintos psicoanálisis existir en algún refugio empolvado rodeados de literatos o filósofos y otras disciplinas oscurantistas y poco peligrosas para el neoliberalismo. La ciencia reina y la efectividad se comprueba.

Sin embargo, eso no es así, el psicoanálisis y los psicoanalistas son parte del espectro de los profesionales, intervienen en distintos campos y en cada uno de ellos deben legitimar una y otra vez su posición teórica, sus fundamentos, etc. En ese marco, esta columna tiene un objetivo complejo: se trata de someter a debate público el cuestionamiento sistemático al psicoanálisis y de contextualizar a sus criticadores. La crítica más insistente proviene de las disciplinas psicológicas, las cuales justifican sus ataques desde una idea hegemónica de ciencia y de método científico. Dedicaremos a esta maliciosa siembra estas primeras líneas sobre el tema. En términos de transparencia, en el desarrollo de su investigación, el psicoanálisis ha sido desde sus inicios poco cuestionable, no existe un relator más honesto de los acontecimientos y obstáculos que enfrenta que el propio Sigmund Freud, tanto en sus cartas como a través de sus conferencias. Freud va detallando paso a paso cada uno de los obstáculos de su teoría y exponiéndolos ante el mundo de la ciencia y sobre todo de la historia. Así mismo, va mostrando las soluciones que encuentra y el impacto de dichas soluciones en la modificación de un método de tratamiento, el cual no solo cambia de nombre en tres ocasiones, sino también de recursos y de “público objetivo”. No, no se le puede cuestionar al psicoanálisis Freudiano hermetismo respecto a sus preceptos, conclusiones, errores y reformas. Los rumores alrededor de Freud cuentan que el primer rechazo que tuvo respecto a sus ideas en Alemania, fue de parte de la comunidad científica, quienes más que rechazarlo a  él, rechazaron el uso de la hipnosis, por considerarla una práctica oscurantista y poco científica (recordemos que la hipnosis acababa de ser despenalizada pues había sido considerada una práctica hereje). Podríamos decir que una parte de estas primeras descalificaciones del método freudiano pasaron a la historia como un fantasma que jamás ha dejado de perseguirnos. Una vez abandonada la hipnosis fue la imposible refutación de sus preceptos, la circularidad de su teoría y así suman y siguen críticas orientadas a denunciar nuestra supuesta falta de “cientificidad”. Lo interesante es que, en materia de psicoterapias, todas parecen adolecer del mismo problema, es decir una incomprobable efectividad en cuanto a la cura de los trastornos que dicen tratar. De hecho, Hans Eysenck, psicólogo conductista, en su texto: “los efectos de la psicoterapia: una evaluación” del año 1956, instala por primera vez el tema de la valoración de las psicoterapias desde la perspectiva de la eficacia, eficacia entendida de un modo conductista, es decir como la eliminación de un síntoma o un malestar concreto y puntual, objetivable, cuantificable, etc. Eysenck planteó que no había realmente ninguna diferencia entre el efecto de una psicoterapia y el efecto de un placebo. El resultado de su afirmación, indignó por sobre todo a la comunidad psicoanalítica de la época, aún cuando Eysenck se refirió a todos los enfoques de “psicoterapias”. En nuestra opinión, lo que verdaderamente enoja a diversos tipos de psicoanalistas, es la falta de debate respecto a lo qué vamos a nominar como eficacia en Salud Mental, pues cualquiera que tenga una mínima base epistemológica debería tener claro que no podemos hacer un cuadro comparativo entre distintas corrientes para quienes el objetivo de la cura no es, ni será nunca el mismo (¿la modificación de la conducta o la construcción y el reconocimiento de una ética para vivir?). En adelante, y desconociendo esta critica fundamental a esta clase de comparaciones, se continuaron los trabajos dícese “científicos” sobre la eficacia de la psicoterapia. En donde, lo único que hasta ahora parece ser destacable como resultado es que la psicoterapia psicológica es más eficaz que él no tratamiento (Bados López, García Grau, & Fusté Escolano, 2002; Botella & Feixas, 1994; Elliott, Stiles, & Shapiro, 1993; Smith, Glass, & Miller, 1980). Algo es algo. Sin embargo, eso no fue suficiente, el paradigma hegemónico de la ciencia de hoy, parece tener más que ver con la comparación del producto que con la función ética de cada tratamiento. Es decir, los investigadores comparan psicoterapias como si se tratara de comparar tablets, alimentos o cualquier otro objeto (Al menos cuando la prensa compara productos intenta compararlos respecto a la publicidad que trae su propio envoltorio, si el producto dice que hará de su “tránsito lento” un “tránsito rápido” se compara si trae o no la bacteria que dice que trae). Ni siquiera eso se respeta en las investigaciones entre “psicoterapias”. Se construyen indicadores de aquello que se considera “indicador de cambio genérico”(Krause et al., 2006), es decir que en ello se  da por supuesto un ideal que representaría el cambio, ideal que normalmente está puesto por un discurso hegemónico que no contempla ni siquiera el inmenso trabajo que la psicopatología hace estudiando el origen de los cuadros clínicos, su manifestación y desarrollo y disputándose por ellos. Podríamos continuar argumentando respecto a este punto, insistiendo respecto en que no se trata de una defensa “gremial” cuando se desconocen por parte de la diversa comunidad psicoanalítica esta clase de evidencia “científica”, podríamos hablar del absurdo de nominar a las variables estudiadas como “variables inespecíficas”, podríamos mencionar la poca validez que tiene hablar de efectividad de una variable inespecífica cuando esta explica a los sumo el 5% de la efectividad de un tratamiento (Krause, 2011), etc.  O de lo que ya consideramos el colmo de la lógica del mercado en la investigación: como las variables inespecíficas no fueron suficientes, ahora se clasifican los pacientes por estructura o variables de personalidad. Así en el retail de las psicoterapias, usted puede clasificar, según sus características de personalidad el abrigo que le queda mejor para su confort emocional. Pero esto no es el punto más importante. El tema nuevamente es qué es lo que vamos a considerar como salud mental. Porque si ser eficaz en salud mental se trata de aplicar una técnica que reduce los síntomas de la hiperactividad en los niños, entonces algunos psiquiatras tienen razón: mediquémoslos, no importa lo que pasa en sus casas, ni en sus mentes. Eso será, sin duda, más eficiente. Todo tratamiento psicológico que contemple adaptar al sujeto a los códigos y exigencias del sistema social en que vivimos, son herramientas para la dominación de los individuos y entonces volvemos al horizonte higienista con el que desde el inicio ha coqueteado con la psicología. Si a usted, no le importa porqué esa persona sufre, sino cómo deja de llorar más rápido y se pone a trabajar, entonces resulta evidente que los objetivos éticos de nuestro trabajo son del todo distintos. Y en ese sentido ¿Cómo podríamos comparar nuestra efectividad? Normalmente, los defensores del psicoanálisis miramos con sorna esta clase de estudios y luego los olvidamos. Desde el principio parece haber sido natural aceptar el desprecio de las ideas populares de la “ciencia” como lo plantea Ernest Jones (biógrafo de Freud) en “Qué es el psicoanálisis?”: “Las ideas populares acerca del psicoanálisis oscilan entre dos extremos. Para algunos, es simplemente la traducción a una jerga altisonante de los lugares comunes bien conocidos por todos los que escriben acerca de la naturaleza humana, y para el caso por todos los seres humanos. Para otros, consiste por el contrario en cierto número de formulaciones y conclusiones que serían por demás repulsivas si su fantástica improbabilidad no impidiese tomarlas en serio”. (p.11) Sin embargo, escribimos esta columna porque nos parece necesario ilustrar con este ejemplo la distancia dramática que hay entre lo que hoy en algunas partes se denomina “investigación científica” y el necesario cuestionamiento ético e ideológico de los fines de dicha investigación. Pareciera habitual por estos tiempos ver que las cosas van por caminos paralelos, pero ¿A quién le sirven las estandarizaciones de las psicoterapias en torno a ciertos ideales de salud mental?¿Qué consecuencias deberían tener estos hallazgos para la formación de los futuros psicoterapeutas? ¿Habría que enseñarles como ser más simpáticos, a no parpadear, a seleccionar sus pacientes según sus rasgos de personalidad? Qué concepto de naturaleza humana, de sufrimiento, de psiquis y de lo social tienen estas aspiraciones?. El psicoanálisis es una disciplina que ha trascendido en la historia por la capacidad que tiene de instalar debate respecto a lo inconmensurable que existe en los seres humanos. Eso fue lo que sedujo al surrealismo, a la literatura, al cine, a la filosofía política, pero más importante aún eso es lo que por más de un siglo han buscado miles de personas de todas las edades y categorías sociales, en todas partes del mundo cuyos padecimientos no caben en las probabilísticamente probadas categorías del psicodiagnóstico contemporáneo. Eso es lo que le da un lugar legitimado al psicoanálisis en la sociedad contemporánea.   Bibliografía Bados López, A., García Grau, E., & Fusté Escolano, A. (2002). Eficacia y utilidad clínica de la terapia psicológica. International Journal of Clinical and Health Psychology. Asociación Española de Psicología Conductual, 2(3), 477-502. Botella, L., & Feixas, G. (1994). Eficacia de la psicoterapia: Investigaciones de resultados. In M. G. y. J. García (Ed.), Psicoterapia: Modelos contemporáneos y aplicaciones (pp. 91-104). Valencia: Promolibro. Elliott, R., Stiles, W., & Shapiro, D. (1993). Are Some Psychotherapies More Equivalent Than Others? In T. Giles (Ed.), Handbook of Effective Psychotherapy (pp. 455-479): Springer US. Krause, M. (2011). La Psicoterapia: ¿Oficio sin Ciencia y Ciencia sin Oficio? (Spanish). [Article]. Psychotherapy: Practice without Science or Science without Practice? (English), 20(1), 89-98. Krause, M., Parra, G. d. l., Arístegui, R., Dagnino, P., Tomicic, A., Valdés, N., . . . Ramírez, I. (2006). Indicadores genéricos de cambio en el proceso psicoterapéutico. Revista Latinoamericana de Psicología, 38, 299-325. Smith, M. L., Glass, G. V., & Miller, T. I. (1980). The benefits of psychotherapy: University Microfilms.