obrerosQue el trabajo dignifica al hombre, es una expresión que escuchamos desde niños, acaso como motivación disciplinante. La típica pregunta “qué vas a ser cuando grande” realizada por una tía lejana, con apretón de perita incluido, pierde toda inocencia si imaginamos el escenario en que se desenvolverá el futuro aspirante a profesional. Porque la lista de médicos, ingenieros, enfermeras, abogados, solo se ve apostillada por los bomberos o astronautas en boca de los párvulos. Nadie dice querer ser apicultor, viñatero, carpintero o zapatero remendón (¿existen aún?), por ejemplo. Nadie dice: yo voy a ser obrero. Es que las manualidades gozan del mayor descrédito, y quienes las ejecutan se esmeran en que sus hijos no se vean obligados a ello. La proliferación de universidades y universitarios en nuestro medio local es apenas un indicio, porque en países donde el sistema de educación superior es menos amenazante que el chileno, igualmente la primera opción la tienen las actividades que requieren un título y garantizan un escritorio. Será acaso una manera de burlar la maldición original de ganarse el pan con el sudor de la frente. Sobre todo si hay otras formas de hacerlo.

El trabajo no avergüenza, es otra frase repetida, especialmente por mujeres, que en las poblaciones se las ingenian con pan amasado, sopaipillas, ensaladas embolsadas o completos, para contrarrestar las alitas que les cortan a su jornal sus esposos o parejas el día de pago, viernes después de las seis de la tarde, en cualquier boliche. Sus madres seguramente fueron fabricanas, término despectivo para referirse a las obreras, especialmente la textil, disciplinadas operarias que al ritmo de sirenas y el persistente chucu-chucu, realizaban tareas rutinarias en máquinas ya fantasmas en industrias ahora convertidas en galpones. Es fácil hacer una apología de la mujer trabajadora, la obrera; será que lleva tan asentado su rol de madre que es difícil imaginarla con sus amigas frente a un metro cuadrado de cervezas, como a su contraparte masculina, lo que sin embargo en la versión más light de las oficinistas y empleadas de servicios a la hora del happy hours es perfectamente aceptable. Amanda, la de la calle mojada, que corría a la fábrica donde trabajaba, Manuel, nunca fue obrera sino dueña de casa, que le hacía a la guitarra, y Manuel desapareció como muchos padres lo hacen, se marchó y no precisamente a la sierra, muy diferentes a como los pinta en la célebre canción su hijo Víctor.

El obrero chileno es tan épico como quiera describirlo Pablo Neruda, Manuel Rojas, Nicomedes Guzmán, aunque me quedo con Pedro Prado en Un juez rural, un pinganilla. El obrero norteamericano hijo del fordismo, yankee al fin, trabaja en lo mismo que llegará a poseer, máquinas lavadoras, hieleras (nosotros les decimos refrigerador), autos; la suya no es propiamente una mística, dejémoslo en motivación. El obrero inglés, si le hacemos caso al cine y la literatura, luce tiznado y harapiento, en blanco y negro, aunque la película sea en colores. Marcado por el karma de la explotación, la rebelión y la muerte. Pero el verdadero obrero en la mística proletaria es el soviético, ese de los afiches stalinistas en rojo, blanco y negro portando antorchas en unas manos enormes, desproporcionadas, la mirada acerada, fijas en el futuro a la usanza del realismo socialista, como en la célebre escultura El obrero y la koljosiana (campesina cooperativista), retirada con la Perestroika y hoy repuesta en su sitio. El internacionalismo proletario ya era falacia entonces, como quedó demostrado para la historia años después, cuando el supuesto ejército de obreros en armas –el Ejército Rojo; los ejércitos son ejércitos– interrumpen la Primavera de Praga a punta de tanques en 1968.

Ya nadie parece recordar las estacas de colihue engarzadas con banderolas rojas, verdes, rojinegras, en marchas multitudinarias donde a una voz los estudiantes de entonces nos prometíamos unos a otros participar en el advenimiento de la dictadura del proletariado, mientras a la par llenabamos meticulosamente la ficha de postulación a las Universidades Chilenas. Es que, como lo dijo el compañero Presidente en la Plaza de la Constitución en un discurso poco tiempo antes de, “los ingenieros y técnicos también son trabajadores, compañeros”, lo que causó una notaria decepción en la concurrencia, que le valió chiflas de los más desencantados –­lo recuerdo porque estuve ahí–, los mismos que de tanto crear crear poder popular en las calles desatendieron las maquinarias con las que se construiría el nuevo orden. Así asistimos al fin del proyecto de dictadura del proletariado sin dictadura ni proletariado, aporte nacional a la politología que aún es motivo de estudio en las universidades del orbe. “La paciencia se acabó, soy obrero y mando yo”, consigna postrera que resuena como el “No pasarán” de los republicanos españoles en la última batalla en los muelles de Alicante.

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“Profesor, mi papá es obrero, ¿es bueno eso?”, me pregunta a pito del tema Vocación una chica de primero o segundo medio, de unos catorce, quince años, de liceo de niñas hoy diríamos de sectores vulnerables. Corría 1982, año de crisis económica en dictadura, con PEM y POJH para reducir una cesantía del 26 por ciento. Seguramente le espeté toda una batería de respuestas edulcoradas, más o menos obvias, sobre la dignidad, la honradez, las virtudes civiles, los beneficios del trabajo, eso. Pero sabía que le estaba mintiendo. Nunca fue bueno ser obrero; ni entonces, ni antes, ni ahora. Más de treinta años después, en este Chile tan diferente, es algo tan evidente que desarrollar argumentos sería una obviedad.

Si alguien se parara en medio de la calle y gritara “Proletarios de todo los países, uníos”, no faltaría el chistosito que le contestara: “¡Wena weón!, y en qué mall”.