CapturaLa iglesia católica sumará dos nuevos santos el domingo 27 de abril: Juan XXIII y Juan Pablo II, representantes cada uno de alas opuestas al interior de la doctrina eclesiástica. Reformista el primero, totalmente conservador el segundo.

El acto de canonización que celebrará el papa Francisco en la Plaza de San Pedro ungirá a dos de los grandes líderes de la iglesia católica del siglo XX, representantes de dos maneras de entender la institución y su doctrina, y en la que quizás de manera irónica, se reconoce el triunfo -al menos hasta ahora- de Juan Pablo II por sobre la obra de Juan XXIII.

¿Por qué? Para responder desde América Latina, porque Karol Wojtyla se encargó de desarticular, acallar y hasta perseguir a los representantes de la Teología de la Liberación, corriente que surgió desde la iglesia continental luego del Concilio Vaticano II, considerada la obra principal de Juan XXIII.

Y cuando se habla de persecución contra la Teología de la Liberación, hay infinidad de antecedentes históricos para describirlo. El más claro de todos, es que encargó dos estudios sobre la corriente teológica a la Congregación para la Doctrina de la Fe, en los que se aseguró que la disposición de la Teología de la Liberación a aceptar algunos de los postulados marxistas o de otras ideologías, la hacían incompatible con la doctrina eclesiástica.

Uno de los tantos afectados por esta confrontación fue el sacerdote franciscano Leonardo Boff, considerado como uno de los fundadores de la Teología de la Liberación. El brasileño fue sometido a proceso en 1984 por uno de sus libros, titulado “Iglesia: Carisma y poder”, y al año siguiente fue condenado a un año de “silencio”, o suspensión “a divinis”, lo que significó ser depuesto de sus funciones editoriales y académicas en el campo religioso. Más tarde, en 1992, estuvo a punto de ser nuevamente sancionado por Roma, pero finalmente decidió retirarse de la orden franciscana.

En 2011, Boff aseguró que fue Juan Pablo II, por medio del cardenal Ratzinger -posteriormente sería el Papa Benedicto XVI- quien lo persiguió por su defensa de la Teología de la Liberación, “porque para él, era una especie de Caballo de Troya mediante la cual podía entrar el comunismo o marxismo. Y como él pretendía saber todo sobre eso, nos condenó a nosotros para decir que si entraba el comunismo o el marxismo, la iglesia sería perseguida”, explicó en una entrevista con TeleSur.

Otro episodio histórico de clara aversión contra los sacerdotes de la Teología de la Liberación ocurrió cuando, en 1982, Wojtyla visitó la Nicaragua sandinista, con el poeta Ernesto Cardenal, sacerdote y entonces ministro de cultura. Allí, Juan Pablo II demostró abiertamente su molestia y lo regañó en plena losa del aeropuerto de Managua, mientras era saludado de rodillas por el activo miembro de la revolución.

Reconocido anticomunista, Wojtyla veía a Latinoamérica como una segunda Polonia, donde él mismo vivió el ingreso de las tropas soviéticas en la Segunda Guerra Mundial, y de donde extrajo su aversión contra el marxismo. No por nada hay quienes los señalan a él, junto a Ronald Reagan y a Margaret Tatcher, como los grandes responsables de la derrota final de los socialismos reales.

En Chile, el cardenal Raúl Silva Henríquez, figura clave en el enfrentamiento a los abusos de la dictadura, fue acorralado hasta que se le puso como nuncio vaticano al cardenal Angelo Sodano, quien más tarde llegaría a ser el número dos en el Estado Vaticano. Sodano, en función de su rol, estableció vínculos con el régimen y monitoreó el reemplazo conservador a cada uno de los obispos considerados como progresistas en la iglesia católica chilena, dejando al cardenal cada vez más solo. Este proceso, que fue equivalente a escala mundial, significó la desaparición de la iglesia católica progresista y es considerado por algunos teólogos como la principal obra de Juan Pablo II, una a la que incluso hoy el Papa Francisco se debe enfrentar.

De su visita a Chile en 1987, y que fue seguida con gran fervor, quedará para el registro la vez que se asomó desde el balcón del Palacio de La Moneda, junto al dictador. Dicen que fue una salida de protocolo, una avivada de Pinochet. Fuere lo que fuere, allí estuvo saludando a los miles de  fieles al lado del símbolo mundial de la barbarie.

A todo el enfrentamiento interno de las dos “almas” de la iglesia católica, se le debe sumar la inobjetable vista gorda que hizo Karol Wojtyla de los abusos de sacerdotes contra menores de edad. Especialmente, su reconocida relación de cercanía con Marcial Maciel, sacerdote mexicano fundador de los Legionarios de Cristo, quien en 2006 fue retirado del sacerdocio por haber abusado de infantes. Las acusaciones, sin embargo, venían de antes, cuando en 1997 ocho antiguos miembros de la cuestionada Legión alertaron en una carta abierta al pontífice los presuntos abusos de Maciel. Hoy, el mundo entero sabe que esos casos no fueron aislados, sino parte de una práctica sistemática al interior de la congregación.

Para los libros de historia quedará entonces que el santo Juan Pablo II, quien bloqueó la canonización de Juan XXIII, terminará santificado dentro de una iglesia católica profundamente dividida. Detrás del carisma, el ultra conservadurismo y la personalidad represiva, quedará también la eliminación de la que, según Leonardo Boff, fue la única teología de los pobres de la historia de la Iglesia Católica.