Carlos PeñaEn su habitual columna dominical, Carlos Peña propuso debatir sobre la ética política de García Márquez. Define “una perfecta contradicción performativa” en el autor de Cien años de soledad, producto de su pública defensa al régimen cubano que “anega todos los derechos de los que él gozaba como escritor”. De allí la pregunta litúrgica: ¿cómo es posible de “quien ejercita la pluma y la libertad de expresión puede apoyar a una dictadura que, justamente, las niega”? Si bien Peña reconoce que el Nobel de Literatura habría desbordado los cánones de la creatividad e imaginación social de una manera “sobrehumana” –al igual que Pound, Neruda y Sartre-, por otro lado, crítica su incondicional apoyo a la revolución cubana y exposición pública con Fidel, como una falta ética (contradictoria). El argumento de forma (y no de contenido) propone, textualmente, el rechazo absoluto a “cualquier forma de dictadura”. De ahí que “nadie habría aceptado que García Márquez viajara periódicamente a Chile en la época de la dictadura, se reuniera con Pinochet, se dejara alojar en una casa presidencial o algo semejante, y callara cualquier crítica a la forma en que esa dictadura anegaba las libertades y violaba los derechos humanos” sentencia Peña.

Desde luego, si bien es comprensible que un liberal de avanzada como el Pr. Peña, contemple y ensaye muchas razones para atacar a Cuba, a sus intelectuales y a la izquierda en su conjunto. No es razonable construir analogías tan burdas y paralizantes de historicidad, como la analogía entre Pinochet y Fidel, por un lado, y el proceso cubano y la dictadura militar chilena, por el otro. Se trata, pues, del viejo juego francés de significantes que omiten y desdibujan los reales y más profundos significados de uno y otro proceso social, de las prácticas sociales que producen la historia. O como diría Lefebvre (1968), nuevamente se impone el triste Metalenguaje por sobre la comunicación social, esta vez reapropiándose ni más ni menos que la propia vida y testimonio de García Márquez[1].

¿Por qué entonces, es tan nefasta la analogía entre la dictadura militar chilena y el proceso político y social cubano? Primero, despejemos apologías o cualquier principismo carente de criticidad. Es cierto que en Cuba hay problemas políticos y económicos serios: libertades individuales comprometidas, desigualdades sociales y ciertas limitantes para el pleno ejercicio de los derechos humanos. Más aún, el núcleo de la revolución cubana, su invaluable compromiso histórico y ejemplo para la reorganización de la vida social en función de una sociedad más libre e inclusiva, ha sido fragmentado, paralizado por el vapor de la libertad económica dominante y no ha llegado a lo que se pensó y se preveía.

Sin embargo, lo ocurrido en Cuba dista muy lejos de una dictadura política o una dictadura tal como la conocimos en Chile o la URSS. Más bien, se trata de un régimen político monopartidista, pero de variadas composiciones gremiales e institucionales que reanudan los distintos momentos y espacios de la producción aun mayoritariamente estatal y dependiente el Partido Comunista Cubano (PCC). De modo que no se trata de un régimen democrático y plenamente participativo, anclado en una Asamblea Popular abierta u horizontal desde sus consejos comunales, gremiales o regionales. No, definitivamente, ese no es el régimen político cubano y ni siquiera se acerca. Pero de allí “empatar” la revolución con la dictadura militar en Chile, hay un mundo al revés que Peña omite voluntariamente y que se remite al particular hecho de la negación del voto republicano anclado en ambos procesos. Ante ello, ordenemos primero los contenidos y luego vamos a las formas y subjetividades.

Primero, los orígenes de ambos procesos son radicalmente contrapuestos. Mientras la revolución cubana se origina mediante un proceso social y guerrillero interno que termina con una dictadura militar (Batista) y logra una toma del poder llevando la más compleja transformación del régimen de propiedad de la época “latinoamericana”, la dictadura militar chilena termina violentamente con un sistema presidencialista (Allende) y un ciclo histórico, e impone un régimen militar y civil apoyado por Estados Unidos que restaura una moral conservadora mediante la violencia que, radicalmente, implementa una restructuración económica sin precedentes, que a la fecha subsume los derechos sociales adquiridos por más de un siglo de movimientos sociales y populares. Segundo, ambos procesos responden a ritmos y periodos históricos diferenciados, que en ninguna medida pueden ser homologables en términos institucionales y económicos. Si el proceso cubano despunta más de medio siglo de diferentes reestructuraciones y definiciones internacionales y económicas desde 1959 a la fecha. A su inverso, la dictadura militar gobernó menos de dos décadas, comprendiendo una relativa continuidad económica luego de su giro ultraliberal desde 1977, que rompió frontalmente con la posibilidad de practicar los derechos sociales. Y desde luego, pese a todas las contradicciones internas puestas más arriba, esta pequeña isla del Caribe, a la fecha, ha respetado y practicado los derechos sociales más elementales, como el derecho a la salud y la vivienda, a la educación y al deporte, entre otros. Derechos -dicho sea de paso- que la gran mayoría de países latinoamericanos no ha podido siquiera imaginar.

Ahora bien, si el Pr. Peña insiste en “empatar” dos procesos tan contradictoriamente producidos, veamos más detalladamente su crítica: debemos ser alérgicos “a cualquier forma de dictadura” nos dice, ya sea “dictadura cubana” o chilena, da igual. Y sí, concedamos un punto, es cierto que ni en uno ni en el otro proceso existieron elecciones de las autoridades políticas, tal como las conocemos y practicamos desde acá. Y, por supuesto, ningún régimen político debería –aunque cotidiana y sutilmente se hace en todos los estados comunicacionales- practicar la represión política ni cualquier forma de censura a sus conciudadanos. Pero, ¿acaso estas relativas similitudes pueden comparar o “empatar” el proceso cubano con la dictadura militar chilena? Creemos que no y para ello basta adentrarse en el propio ejemplo que Peña crítica: “el ejercicio de la libertad de expresión”.

Pensemos seriamente, ¿es posible comparar de manera equitativa el número y diversidad de editores, escritores y publicaciones que tuvo la dictadura militar chilena y el proceso cubano en similar periodo? O más contradictorio aún, sinceramente respondamos ¿Cómo y cuál fue el destino o lugar de los críticos a la dictadura militar versus la intelectualidad crítica con el régimen cubano? Desde luego, no hay menciones ni indicadores ni nada muy completamente fundamentado por Peña, pero lo cierto es que a lo largo del proceso, Cuba no hizo desaparecer a sus intelectuales opositores y si hubo peores y mejores espacios para la crítica, luego convertida en travestismo financiado. Lo omita o no el Pr. Peña, la amplia producción cultural es una continuidad del proceso cubano, y las pruebas más evidentes –entre muchas otras- fue y sigue siendo su proyecto Casa de las Américas, su sistema de alfabetización y su universal educación primaria y universitaria, jamás vista en América Latina [una duda sintomática solo para aquellos que conocen con más detalle la realidad cubana y la chilena: si tomáramos al azar cinco cubanos y cinco chilenos y los hiciéramos leer la columna de Peña, ¿quiénes comprenderían con más precisión el escrito y sus fundamentos políticos de fondo?].

En efecto, siendo una pequeña isla con un PIB tres veces inferior que el régimen militar chileno, ya en la década del ochenta Cuba triplicaba la oferta literaria y cultural de varios países del norte y Chile. Nuestro país que, por esos tiempos, se llevó la vida de Víctor Jara y tantos otros, cerrando las puertas a una generación completa magnéticamente creativa y comprometida con la vida. Sí, aunque Carlos Peña lo soslaye en empates técnicos neoconservadores, la perdida de Víctor Jara es una simbología reveladora de la golpiza cultural a todo un pueblo y una época. ¿Acaso algo similar pudo haberse replicado en Cuba? ¿Alguien conoce el detalle de la escena cultural cubana que puede asimilar algo parecido, a esta aberración a la poesía, a este desacato al amor como haber asesinado a Víctor y miles de chilenos y chilenas? Ninguna muerte humana puede empatarse con otra, pero es cierto que en Cuba ha existido un respeto por las artes y la cultura, cualitativa y cuantitativamente superior que la practicada por la dictadura militar. Hasta el más liberal y conservador de los poetas chilenos no tendría problemas en aceptarlo.

Por otro parte, si el régimen cubano no presenta elecciones similares a las nuestras y tampoco se manifiesta democrático en torno a la opinión pública, ¿acaso ello implica que sea igual o similar a la dictadura militar chilena? Aquí aparecen las cavidades más subjetivas y contradictorias de la perversa analogía propuesta por Peña: emerge la diferencia cualitativa del punto de vista opresivo y coercitivo de ambos procesos. Más allá de la sabida represión mediática y control de los grupos disidentes, a la fecha, en Cuba no ha existido registro o denuncia alguna de detenidos desaparecidos ni degollados a profesores o dirigentes sindicales. Según Amnistía Internacional tampoco han existido prácticas de tortura ni violaciones contra opositores civiles. Lo diga o no a Peña, a lo largo del siglo XX e inicios del XXI, no ha existido una ofensiva popular contra el régimen político que haya desbordado la legitimidad o la autoridad política, siendo Fidel el primer rostro de la validación social y respeto del sistema político (para comprobar esto uno puede estar en cualquier parte de Cuba y conversar entre los cubanos y cubanas).

Inversamente, la dictadura militar chilena no sólo terminó con la vida de miles de compatriotas, muchos de ellos detenidos desaparecidos y torturados, sino que también llevó al exilio a un millón de chilenos y chilenas. Se trata, pues, de una dictadura sangrienta que a lo largo de la década del ochenta, fue superada por el descontento generalizado que terminó rompiendo con su autoridad política y militar: Pinochet. Terminó, pues, con un proceso violento de principio a fin aunque con distintas intensidades.

En base a estos antecedentes, solo una pluma neoconservadora y lo suficientemente pobre de historicidad, puede comparar la revolución cubana con el atropello de un pueblo entero y su cultura, como fue la dictadura militar chilena. Asimismo, poner a Fidel y a Pinochet, lado a lado, como si fueran dos tiranos ideológicamente distintos, no solo es una bofetada a la cultura intelectual de nuestro continente, sino que también es una negación a la ética que tanto afana el Pr. Peña. La extensa amistad entre Fidel y García Márquez, por supuesto, no solo obedeció a profundas convicciones políticas e ideológicas sino también a una complicidad fraterna de pares y críticos literarios profesionales. Es sabido que cada vez que terminaba un ensayo o novela García Márquez lo sometía a la despiadada crítica de Fidel y reconocía al líder de la revolución cubana como el mejor editor de sus obras.

Solo basta un mínimo de conocimiento del pueblo cubano y su relación con Fidel y una superficial re-significación social de Pinochet en Chile, para distinguir el contraste tan grosero que elabora el Sr. Peña. No seamos ingenuos, situar codo a codo Pinochet y Fidel, es una falta de ética histórica y responde a un ejercicio intelectual mediocre y lamentable. Carlos Peña es un gran intelectual, pero esta vez su inteligencia fue clausurada por la prebenda fácil y neoconservadora de su tribuna. Comparar a Fidel con Pinochet es como si el campeón de los juegos olímpicos en cien metros planos, lo pusieran a correr en la categoría de minusválidos. Simplemente una burla, una burla que resbala la falta de ética con la historicidad.

Mientras una y otra vez Pinochet aceptaba y rescribía las sugerencias de estilo y correcciones ortográficas de El día decisivo, Fidel corregía los originales de un premio nobel latinoamericano y cenaba con Sartre y Hemingway entre una lista interminable de líderes mundiales de ideas. Cuando Pinochet quedó en el poder del Estado, mandó de baja al conjunto de generales con mayor antigüedad en el Ejército, para de esa manera anular cualquier potencial liderazgo militar que pudiera oponer su figura. Cuando Fidel llegó a la Habana, en 1959, multitudinarias masas populares se agolparon y por unanimidad el conjunto de oficiales y soldados del Ejército Rebelde reconoció su autoridad y liderazgo absoluto. Decimos que es una falta a la ética comparar a Fidel con Pinochet, no solo por representar valores antagónicos y contradictorios, sino también por el legado de sus obras y vidas.

Lo crea o no el Sr. Peña, Fidel fue y sigue siendo el gran político y estratega del siglo XX, ícono mundial de la rebeldía y la batalla de ideas. El amigo íntimo y eterno del Che, de Allende, de Mandela, el impenetrable defensor de la palabra y la poesía libre de toda manipulación dineraria. Fidel ha sido la cara visible de la legitimidad del proceso cubano, y aun con lo peligroso que sea decirlo, sin Fidel es difícil pensar en Cuba, pensar sus triunfos o debilidades. Pero más aún, sin Fidel es difícil pensar una América Latina que pretenda nuevamente tomar las riendas de su propia historia, mutilada por siglos de explotación y descalabro, como nos enseñaron Las Venas Abiertas. La vida y obra de Fidel son una muestra de dignidad y rebeldía de la cual ninguna potencia mediática ha sido indiferente. Y es que hablar desde los privilegios o hablar desde la histeria de perder dichos privilegios, siempre ha traído buenos réditos para anular el sitial histórico de Fidel y deslegitimar la profunda huella del proceso cubano.

Es la historicidad crítica y seria y no la historia de los silencios ultraliberales  y neoconservadores la que dará su última palabra. No confundamos libertad de expresión con restauración conservadora y políticas deshumanizantes que inhiben la creatividad social y se apropian del talento y la socialización de la cultura. Por el contrario, sigamos pensando de cara a nuestra historia y realidad social. Fíjese Pr. Peña que Chile es el país con la mayor tasa de suicidio juvenil y depresión en América Latina, superando a gran parte del norte europeo e incluso americano. ¿No le parece curioso su “país liberal que salió adelante” tenga estas estadísticas? ¿Por qué entonces, si estamos tan bien en Chile, nuestros jóvenes se suicidan de esa manera, como nunca había sucedido en nuestra historia? ¿Y por qué en Cuba no existen esas tasas de suicidio, y por el contrario, la UNESCO declara a Cuba patrimonio de los niños y niñas del mundo? ¿Será porque los niños en Cuba son un tesoro, son deseados, nadie está obligado a tenerlos, son hijos del cariño sincero? Quizás.

Ahora bien, ¿quiere ver una dictadura Pr. Peña? Descuide, vaya al parlamento chileno y visualice el conjunto de leyes orgánicas y constitucionales, fíjese bien en las fechas y la continuidad de sus contenidos. También distinga la salud y el código del trabajo y aproveche de ver las pensiones de nuestros abuelos que tenían hace cuarenta años y compárelas con las que tienen ahora, adquisitivamente. Si le parece aburrido -por la dictatorial dirección-, tomé un paseo peatonal por Santiago y aprecie el conjunto de nuestros espacios públicos, escuelas o jardines infantiles, para que así pueda verificar el valor agregado y cultural según la estratificación social donde se reside. En efecto, si mira más de cerca la totalidad del conjunto, inequívocamente, se dará cuenta que la dictadura es hoy, es la dictadura del tiempo y el dinero, la del arribismo y el sálvate solo, la dictadura institucionalizada y defensora de la ignorancia. La historia avanza, empujémosla esta vez al lado de la dignidad y las grandes mayorías subsumidas en la reproducción paralizante. De seguro el Gabo estaría con nosotros, ensayando y creando, uno, dos, tres mil Macondos!



[1] Lefebvre, H. (1972). La vida cotidiana en el mundo moderno. Madrid: Alianza.