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Oli Gill

Dicen que los conciertos que Paul McCartney dio el 22 y 23 de abril en Chile fueron lo mejor. Que su show es insuperable y que es un imperdible que deja con gustito a poco a cualquiera. Es larga la lista de elogios que aparecieron en los distintos medios y redes sociales luego del evento que congregó a varias generaciones, al igual que la vez anterior. Y digo “dicen” porque yo no quise ir. Pero más allá de una decisión personal, de un tiempo a esta parte los conciertos se han hecho inalcanzables para la mayoría de la población.

Durante la primera mitad del siglo XX, con la llegada de la modernidad, la música experimentó una tendencia constante a la democratización. Por ejemplo, el uso de rollos de partitura para autopiano permitía llenar los espacios de música sin la necesidad de contar con conocimientos formales de piano. La invención del disco de vinilo permitió la difusión masiva de música de diversos estilos y nacionalidades. Las transmisiones radiales llevaban simbólicamente al artista u orquesta radial al propio hogar, algo nunca imaginado. Incluso, al disminuir su tamaño, la radio llevó la música a todos los rincones de la casa. De hecho, en Historia Social de la Música Popular en Chile, 1890-1950, J. P. González y C. Rolle señalan que “la radio siguió su viaje hacia la intimidad del hogar, llegando hasta el dormitorio y la cocina, donde sería usada por los hijos y empleados de la casa respectivamente, ampliando el rango social de su influencia” (pág. 207). ¿Recuerdan a Lourdes y Rosario escuchando radio en la cocina en Coronación? A eso me refiero. Pero la tendencia a la democratización de la música al parecer es cosa del siglo pasado.

En la actualidad, la tecnología y el pirateo permiten el acceso al formato electrónico de millones de discos, lo que hace que cualquiera que cuente con un computador y acceso a Internet adquiera discografía completa en solo minutos. Y es que los artistas ya no se ganan la vida con la venta de discos. No, ahora se debe recurrir a la puesta en escena y a las giras. Entonces lo choro, lo realmente cool es ser exclusivo, asistir a los grandes conciertos o festivales -que en los últimos años han adquirido nuevos formatos- y en lo posible, adquirir entradas extra archi vip. Luego del concierto de “Sir Paul” un tuitero se burlaba de quienes no habían ido porque “estaban picaos porque no les alcanzaban las lucas”. Por el contrario, he escuchado a varios quejarse de que ahora los conciertos están llenos de zorrones e hijitos de papá, ¡Internet, perro! Sea como sea, los conciertos cada día tienden al elitismo, contrario a lo que –pienso yo- debiera pasar. Bien lo saben los artistas y productoras. ¿Recuerdan cuando en los recintos para conciertos existían a lo más cuatro ubicaciones? Estaba la cancha, platea baja, platea alta y tribuna. ¡Y en algunos casos era solo entrada general! Pues bien, ahora faltan nombres para denominar tanta ubicación. Primera fila con acceso a conocer al artista más un cóctel, primera fila sola con el puro cóctel, primera fila con un vaso de agua, segunda fila, tercera fila, primer lote de platea, platea un poquito más allá, platea al lado del armazón, platea un poquito más allá del armazón ¡uf! En fin. Recuerdo el último festival al que asistí, el Indie Fun Fest, para ver principalmente a la banda escocesa Travis. Fue vergonzoso, la cancha vip estaba prácticamente vacía, cancha general un poquito más llena, y a medida que uno subía y se acercaba a las palomas empezaba a aparecer cada vez más gente. ¿Para qué privar a tanta gente de disfrutar del concierto cerca del artista si rebajando las entradas se podría haber llenado el recinto?

Amo la música en vivo, y sé que seguiré asistiendo a los conciertos que más me gusten y promoviendo el alza de precios (perdón por mi inconsecuencia). Sé que si dejo de ir para  no promover el elitismo nadie se enterará de mi humilde boicot. Pero quería aprovechar la oportunidad de expresar que es una lástima –y una vergüenza- que hasta los conciertos reproduzcan a nivel micro la desigualdad social.