[rev_slider Singapur]

 

Una de las cosas que más recuerdo de Singapur, fue un día en que conversé con un taxista indio que tenía puestos, junto al volante, un Buda, un Cristo, y los dioses hindúes Hanuman y Ganesha. Yo le pregunté si creía en Jesús, y por qué los tenía a todos juntos. Él simplemente me dijo que Jesús era un Buda más, un ser que había alcanzado la iluminación, igual que Buda, igual que Sai Baba. Y le encontré toda la razón. Como era de noche, a la vuelta me tocó tomar taxi de nuevo, pero esta vez era un chino, y también tenía monitos en el auto: una imagen de un Bodhisatva, y un figurín llama-fortuna. Las religiones están muy presentes en Singapur, hay mucha presencia islámica, mezquitas y propaganda religiosa en las calles, pero también se impone el cristianismo con unos afiches bastante singulares, así como templos taoístas e hinduistas.

Singapur tiene la misma riqueza multicultural de Malasia, pero en una versión más primer mundista, con una presencia occidental y capitalista mucho más potente. En la entrada de un hotel se puede ver un panteón con esculturas de próceres de la democracia, como Sun Yatsen, Lincoln y Churchill. En la costanera se puede apreciar la regia arquitectura y los regios centros comerciales, frutos del desarrollo económico.

La obviedad de la armonía consumista, hasta cierto punto, puede empañar el encanto de un lugar que se ha vendido casi completamente, cuyos habitantes se han tenido que neutralizar culturalmente para poder adaptarse a esta convivencia. Son cuatro los idiomas oficiales: inglés, chino, tamil y malayo, pero el inglés es el que manda, y lo mismo que sentí en el metro de Kuala Lumpur, acá fue mucho más exacerbado. Porque pese a lo vistoso de la diversidad del paisaje, me dio la impresión de que los singapurenses tienen que explayarse en su cultura puertas adentro, o en espacios delimitados, como barrios chinos y barrios indios. Pero para calzar en la sociedad, hay que comportarte al estilo “blanco-globalizado”, y hay que hablar en inglés con los extraños para no pasar a llevar a nadie, y no imponer tu cultura a quien no le corresponda.

Pese a estas contradicciones, no podría negar que vivir acá sería ideal. Todo es muy ordenado, seguro, hay variedad, metro, buen carrete y mucha cultura. Por ejemplo, el ministerio de cultura, en el primer piso tiene galerías de arte abiertas para todo público, cafés y tiendas de libros. Y los museos están llenos de niños, en un degradé étnico desde lo chino a lo indio, que van con sus profesores a hacer visitas guiadas, y todo en inglés. Eclecticismo cultural al límite, y una muestra pura de cómo un país desarrollado concibe la educación.