memorial-del-bufon-10Memorial del bufón es el último estreno de Juan Radrigán, dramaturgo chileno que desde Testimonios de las muertes de Sabina (1979) nos exhorta a habitar, desde la marginalidad social y cultural, lo absurdo y esperpéntico que resulta la vida. En esta obra, a diferencia de su producción anterior, los personajes ya no marchan por los extramuros, terrenos baldíos, líneas férreas y pueblos abandonados, ni se alojan en espacios y tiempos imprecisos histórica y políticamente; sino que ahora se localizan en el centro de la burocracia estatal para interrogar la institucionalidad, pero por sobre todo el olvido, la memoria y la impunidad de un Estado que tras cuarenta años del Golpe aparece como el sucesor colonizado por el fascismo y neoliberalismo del bufón dictatorial.

El montaje nos presenta una escenografía minimalista, donde destacan una soga con nudo de ahorcado, unas pinzas de tortura, un látigo para fustigarse, un retrato de san Expedito, archivadores tirados por el suelo y un cartel luminoso que detenta la expresión nazi: “Arbeit macht frei” (“El trabajo nos hará libres”). Las escenas transcurren en una desquiciada oficina de servicio civil, en la que conviven personajes enfermos, tullidos, mutilados y deformes que representan y denuncian una especie de necropolítica de la sociedad chilena, un campo de concentración que es la sociedad misma. Dos funcionarios tienen la tarea de asistir a los clientes-ciudadanos, bajo la estricta vigilancia de cámaras de seguridad y de una voz altoparlante que les indica sus obligaciones. Los requerimientos con los que llegan estos sujetos locos y pobres son disparatados y no hacen más que abrir un espacio de desolación, esclavitud y desesperanza, el que también encarna un fuerte potencial humanizante. Así, uno de los funcionarios, el que representa al hijo del bufón y se viste en el escenario con el traje de su padre, lee una carta firmada por la organización Cobardes Anónimos, en la que reclama medidas de justicia para lo que Radrigán denomina, la “pobresía”. Asimismo, más tarde, este personaje interpela al Ministro de Salud para denunciar el juego capitalista sobre los cuerpos y sensibilidades de los chilenos: “A consecuencia de todas sus recetas, estamos más enfermos que nunca”.

En este sentido, es muy posible que estemos ante una de las obras más abiertamente políticas de Radrigán hasta la fecha. Y esto no porque las anteriores no lo fueran, sino porque como afirma uno de los personajes “el teatro o es subversivo o no es absolutamente nada”. En este caso, se trata de transgredir y poner cabeza abajo al orden político imperante, sus instituciones (la iglesia, el ejército, la clase política, etc.) y, en definitiva, la “racionalidad” neoliberal impuesta a sangre y fuego desde 1973. Ahora bien, la sátira de este orden político no aparece en Memorial del Bufón de modo directo, vale decir panfletario, sino, como señalamos anteriormente, mediante la deformación esperpéntica de los personajes y las situaciones dramáticas como también de un humor negro y corrosivo que va mostrando una sociedad y, sobre todo, un Estado que más que desaparecer se ha transformado literalmente en un absurdo cruel, en una pesadilla burocrática de dimensiones inimaginables. La secretaria de esta oficina de “Quejas, Desahogos, Desarrollo de la Personalidad y Manías Afines”, por ejemplo, entra en escena fustigándose con un látigo porque llega unos minutos tarde. La demora se debe simplemente a que estaba en su casa sosteniendo una muralla que está a punto de caerse desde el terremoto, ya que el funcionario que le pusieron para sostenerla se enfermó y todavía no llega el nuevo.

Estas y otras técnicas de deformación esperpéntica están diseñadas para provocar la risa del espectador, pero lo hacen apuntando al corazón de un Estado que es, en primer lugar, un dispositivo de control y vigilancia de cuerpos y mentes. Así, como comentábamos, los empleados de esta inverosímil oficina están continuamente sometidos a una voz que les da órdenes arbitrarias y una cámara que observa si se cumplen sin que ellos puedan ver a esta voz que algunos llaman Secretario General y otros por “error” simplemente General, confundiendo “inocentemente” a militares y empresarios.

Se trata obviamente de una crítica a la cultura burocrática y al ineficiente asistencialismo del Estado neoliberal salido de la Dictadura, pero, a la vez, la crítica de Radrigán es mucho más devastadora: el Estado, parece sugerir la obra, es un campo de concentración como Auschwitz —no en vano los funcionarios también llevan la inscripción nazi “Arbeit macht frei” en los chalecos rojos que visten— y lo propio de un campo de concentración es producir muerte de forma industrializada. La democracia chilena aparece, por lo tanto, como la continuación de la Dictadura por otros medios, un poder soberano que se arroja tanto el derecho de dejar vivir como, sobre todo, el derecho a matar lenta y agónicamente a los sujetos populares que acuden a esta oficina; la “pobresía” transformada en una raza de esclavos en proceso de lento exterminio.

Sin embargo, a diferencia de lo que sucede en otras obras de Radrigán, la tristeza, la desolación y la desesperanza, no lo cubren todo. Los locos escapan al dispositivo de control y disciplina del Estado vigilante, solo estar loco parece normal, solo los locos parecen ser libres en su tozuda negación del principio de realidad que aquí parece ser simplemente un principio de muerte. Y están también los muertos sin enterrar que andan merodeando la escena, porque Memorial del Bufón es también una lectura crítica post-festum del cuarenta aniversario del Golpe, estrenada en un momento en que ya las luces de la orgía mediática se han apagado y las cámaras miran a otro lado. Una interpretación sin concesiones, donde ni el perdón ni el consenso tienen espacio, porque la herida abierta en 1973 sigue sin cerrarse (“lo que no se dice se hace costra y pus”, dicen los personajes). La obra se cierra con el parlamento del funcionario con traje de bufón, quien en clave profética vocifera, “el río se desbordará”, gesto muy propio del mundo apocalíptico de Radrigán. Al igual que en varias de sus obras la figura del profeta se inmiscuye entre los personajes para predecir y ofrecer un futuro desesperado: una revolución por venir. Se podrán decir muchas cosas del teatro de Radrigán, pero lo que no se le podrá negar es su compromiso con los imaginarios populares, un universo que en este caso anuncia ríos por desbordarse que merece la pena contemplar y discutir.

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* Carol Arcos Herrera y Luis Martín Cabrera son críticos culturales y académicos en literatura.