“Yo soy un trabajador de la música, no soy un artista,
el pueblo y el tiempo dirá si yo soy un artista.”
(Victor Jara, compositor chileno)

“¿Cómo escribir poesía después de Auschwitz?”
(Theodor Adorno, sociólogo alemán)

 

PDI-GAM-notaDurante la semana pasada, el artista chileno Francisco “Papas Fritas” declaró haber quemado documentos bancarios que respaldaban los cerca de 500 millones de dólares que tenían como deuda alumnos de la Universidad del Mar, casa de estudio que tiene orden de cierre para el 14 de Diciembre del presente año, acusada de cometer un sinfín de irregularidades en el proceso de financiamiento y acreditación. La quema de dichos documentos se enmarcan en el desarrollo de la obra denominada “Ad augusta per Angusta” (consigna que en latín significa “nada se consigue sin sacrificio” y que corresponde al lema de la universidad mencionada) que el artista nacional inauguró el pasado Lunes 12 de Mayo en el Centro Cultural Gabriela Mistral (GAM) y que fue incautada por Policía de Investigaciones (PDI) el día Viernes 16 de Mayo, con la complicidad del GAM y obviando el asentimiento del artista.

Actualmente, Francisco “Papas Fritas” se encuentra en la clandestinidad, emitiendo uno que otro mensaje por las redes sociales, remeciendo la opinión pública la cual – a primera vista – pareciera estar más a favor que en contra de sus actos. Actos que de seguro no quedarán impunes, y no hay que ser visionario para anticiparnos que las acciones desplegadas por la PDI el día Viernes pasado son solo un indicio del extenso operativo policial en el cual Francisco “Papas Fritas” será sujeto de persecución, represión y condena por parte del Estado Nacional de Derecho.

El caso de Francisco “Papas Fritas” guarda entre líneas un vínculo entre dos esferas que en la cotidianidad de la razón suelen identificarse como separadas, estas son el arte y la política. Si hacemos memoria, no son pocos los hechos inscritos en la historia que reflejan – de igual o similar forma – el vínculo entre tales dimensiones. Cabe mencionar, por ejemplo, el caso reciente del cantante español Pablo Hasel, quién fue condenado a dos años de cárcel por la Audiencia Nacional de su país, acusado de hacer una apología al terrorismo en el contenido de sus canciones.

La lista de hechos es extensa, y considerar cada uno de ellos rebasa las intenciones del presente artículo, sin embargo, quisiera rescatar una característica en particular que la naturaleza de estos hechos guardan en común: La obra de arte – en cada uno de estos casos – es estimada en función de criterios que exceden los límites de románticas discusiones teóricas (en estética, por ejemplo) para volcarse al frío y práctico ámbito de la política, entendida esta como la gestión de lo público, gestión que – acorde a Schmitt (1932) – escapa del aparato estatal e instituciones afines, para desplegarse por todo el cuerpo social, determinando qué acciones son amigas o enemigas del orden presente. Considerando esta característica en general, y el caso de Francisco “Papas Fritas” en particular, quién se encuentra en la clandestinidad de lo público por una expresión artística determinada, cabría preguntarse respecto al deslinde que existe entre arte y política, si el arte puede en algún punto ser considerado como dimensión autónoma de la dimensión política, o si bien, desde su origen moderno, no puede haber arte sino circunscrito a lo político. Para desarrollar dicha reflexión, me interesa detenerme en el origen y naturaleza del arte moderno, en el giro paradigmático que dio su historia, para terminar evaluando cuán pertinente es afirmar su vigencia en la actualidad.

“El arte ha muerto”, así es como comienza Arthur Danto (1995) su ensayo denominado “El fin del arte”. En él, Danto postula que desde sus orígenes el arte moderno tuvo como función acortar la brecha entre representación y realidad por medio de la inversión económica e intelectual en distintas técnicas artísticas, tales como la perspectiva y el movimiento. Dicha función se enmarca en la idea de progreso que defendía la modernidad, donde el arte, al igual que las ciencias actualmente, era considerado como un medio para aprehender la totalidad de la naturaleza y suplir así, dirá Horkheimer & Adorno (1981), la angustia de la humanidad a lo desconocido e incierto. Sin embargo, fue tal la proliferación y perfeccionamiento de técnicas artísticas que, dado un momento de la historia, cada modalidad perceptiva del hombre – por la cual se representaba la realidad – se encontraba ya abordada, ya nada podía ser representado de forma distinta, ya nada deslumbraba. Es así como a finales del siglo XIX, dirá Danto, el arte pasa de tener como función la representación de la realidad a la expresión íntima del artista: la exteriorización y objetivización de sus emociones. Dicho punto de inflexión condena a muerte al arte moderno, o más bien a la función que se le asignó desde su origen, ya que el objeto de su ejecución (la expresión de las emociones) será incomesurable, en el sentido de que cada quién siente y expresa sus sentimientos de manera distinta, por ende, no puede ser considerado como un medio orgánico para el progreso de la Historia (en términos hegelianos)

La tesis anterior fue anticipada por Hegel (1845), quién postuló que el arte – en su tiempo – ya era cuestión del pasado dado a que se utilizaba como un mero pasatiempo o entretenimiento, ya sea para embellecer el entorno, para imprimir vitalidad a las condiciones de vida, o para decorar insistentemente otros motivos. Es decir, el arte tiene como función, más que aprehender la realidad de manera objetiva, subjetivizar la realidad, invirtiendo la dirección en el movimiento de su ejercicio. El arte se desvincula por ende de cualquier meta-relato, para solo desplegarse en función de si misma, el arte por el arte,. lo cual fundamenta la libre expresión.

Ahora bien, me parece pertinente cuestionarnos respecto a esta idea del arte por el arte, de la libre expresión del artista que tanto se jacta el orden democrático-liberal de respetar, ya que, considerando la naturaleza de los acontecimientos descritos en un principio, donde los Estados Nacionales de Derecho despliegan sus aparatos materiales e ideológicos para censurar determinadas formas de expresión artística (y no otras), pareciera ser que la idea de libre expresión perdería sentido y que lo político sería la dimensión que – en última instancia – redime respecto al (no) lugar de la expresión artística en lo público. Ahora bien ¿Cuáles son los criterios que ocupa lo político para determinar qué expresión artística es amiga/enemiga del orden? Revisemos el caso de la música.

Si nos disponemos a revisar las canciones ubicadas en los más altos puestos de los rankings nacionales e internacionales de música, podemos hallar una notoria homogeneidad en sus composiciones, tanto en el contenido como en la forma de expresar dicho contenido. Desde la década de los 80’ (fecha hasta la cual se limitó mi revisión) prevalece en la industria un tipo de canción que expresa de manera abstracta la emoción del artista respecto a tres determinados temas: (1) Un amor (no) correspondido; (2) Anhelos de libertad y (3) Sensación de libertad absoluta. Esta tendencia a la repetición ya fue advertida por representantes de la teoría crítica alemana en su descripción de la industria cultural (Horkheimer & Adorno, 2009), argumentando que cualquier expresión artística reconocida se inscribe a una mera repetición constante de la ideología capitalista, dándole estilo a las barbaries que ella misma produce. En otras palabras, la promoción del amor y libertad a escala industrial en la cultura, se debería a su ausencia real en el actual orden social. (Uno podría pensar lo mismo del auge que ha tenido en la música el género del reggaeton en la última década, donde se estiliza el predominio patriarcal y sublima las represiones sexuales dadas por una moral burguesa y cristiana).

Actualmente, a lo político le sienta bien esta idea del arte por el arte, de la expresión libre e íntima del artista, ya que en su producción constante y uniforme conservaría la representación que tienen los hombres del orden material, y suple – simbólicamente – la ausencia real que este mismo genera. Por el contrario, cualquier obra que busque develar de manera concreta – sin metáforas ni abstracciones – tal orden material, es considerado enemigo por lo político, por ende marginado de lo público o condenado públicamente a modo de retórica social. En otras palabras, lo político insiste en encauzar el arte a su caducación, grave cuestión si consideramos que esta es relativa a la creatividad del hombre.

A modo de resistencia, el brasileño Augusto Boal (1998) , fundador del teatro del oprimido, propone que el artista debe reconocer que la sociedad en su conjunto, incluyendo el arte, es un espectáculo naturalizado (que distancia la representación de la realidad), donde a diario se exhiben implícitamente las relaciones de opresor/oprimido existentes: El uso del espacio, el lenguaje del cuerpo, la elección de las palabras y la modulación de las voces, gestos y movimientos corporales responden siempre a las expectativas suscitadas por nuestra pertenencia a una clase en particular. Por ende, si queremos que el arte sirva como dispositivo de emancipación deberá primero desprenderse del espectáculo que actualmente le sustenta y que lo político insiste en conservar y reproducir. Cuestión que justamente hizo el artista Francisco “Papas Fritas” en su obra “Ad augusta per Angusta”: Desvincularse de la expresión artística individual, íntima, abstracta, desbordante de metáforas y alegorías, para remitirse a una expresión y acción artística colectiva, concreta y material volviendo – coincidentemente – a la función que le fue asignada al Arte en tiempos moderno: Representar tal cual la realidad de las cosas.

Con ello quisiera cerrar el presente artículo, que no tuvo mayor intención que sentar una reflexión en torno a la autonomía del arte respecto a lo político, concluyendo que ambas dimensiones están en completa imbricación. Por ello, se hace necesario cuestionarse la naturaleza actual del arte, ya que pareciera ser que los artistas actualmente, por obra y gracia de lo político, no son más que técnicos del espectáculo (en términos de Boal), reproduciendo una y otra vez meros clichés ideológicos conforme a conservar y reproducir el actual estado de las cosas.
Referencias

Boal, A. (1998/2001) Juegos para actores y no actores. Barcelona, España: Alba Editorial.

Danto, A. (1995) El final del arte.El Paseante. V°2 (3) pp. 22-23

Hegel, G.H.F. (1845/1981) Lecciones de estética. Barcelona, España: Edición 62

Horkheimer, M. & Adorno, T. (1994/2009) Dialéctica de la ilustración. Fragmentos filosóficos. Madrid, España: Trotta.

Schmitt, C. (1932/1999) El concepto de lo político. Madrid, España: Alianza Editorial