De acuerdo al biólogo Humberto Maturana hay dos emociones que hacen posibles las interacciones humanas: el rechazo y el amor. No se transita necesariamente de una a otra puesto que ambas tienen como alternativa la indiferencia. El amor es la validación de la legitimidad de otro junto a uno. El rechazo es negar al otro como legítimo en la convivencia.

El vínculo social, el desarrollo de las sociedades, se fundamenta entonces en el amor. No entendido desde la religión ni en ninguna de sus acepciones más habituales, sino en el sentido de permitir la co-existencia de un otro legítimo junto a mí. Aceptar que sus experiencias, su dominio cognoscitivo, son tan válidos como el mío, intentar comprenderlo a través del lenguaje, que es la herramienta que nos permite salir de nuestro campo de experiencias para conocer el de otras personas. No es fácil, pero tampoco imposible, dado que esa capacidad es parte de lo humano. Aceptar a otros como legítimos junto a mí, sin exigencias, es un fenómeno biológico básico y cotidiano sin el cual la humanidad se habría autodestruido en el afán de eliminar a quién produce rechazo en otros.

Las personas, naciones y comunidades, creamos y difundimos discursos racionales que niegan al otro (niegan el amor) y nos convencemos de que al ser racionales y elaborados (o irracionales pero sellados por el misterio, como los discursos religiosos que no admiten cuestionamientos) esos discursos son verdaderos. La educación (no solo en la escuela, sino en todo escenario educativo) reproduce estos discursos de manera de deformar a nuestros niños y niñas en la negación del otro, que por lo general se les presenta como distinto, raro, y por ende, equivocado. Se reproduce así una epistemología de la negación donde prima la unicidad de la verdad: existe una sola verdad, la mía o la de la mayoría, y quien disienta está equivocado. Al cabo de un tiempo puede que las sociedades lleguen a preguntarse (ingenuamente) qué ha llevado a sus ciudadanos (sobretodo los más jóvenes) a actuar violentamente con otros. La respuesta puede estar en la educación que niega a otros y el incesante estímulo de negación y rechazo que repiten los medios de comunicación, los políticos, intelectuales, iglesias, los padres, etc.

La modernidad incrementa el valor de la racionalidad. Esto trae beneficios sociales pero también riesgos. Un riesgo es el desplazamiento de las emociones a segundo plano. Esto se fomenta desde la política, la escuela, el trabajo. Salvo en la familia, las emociones se desplazan en casi todos los espacios. Nos estamos olvidando que las emociones son el fundamento de lo que nos hace humanos. Necesitamos de otros. Necesitan de nosotros. No es posible el vínculo social sin amarrarnos unos a otros en la ética de la aceptación, del amor, en el sentido de Maturana. Olvidamos que, como él afirmó, “todo lo dicho es dicho por alguien”, y pasamos por alto que quien habla lo hace desde su dominio de experiencias y que no tengo posibilidad de calificarlo como falso o equivocado dado que la objetividad es más bien intersubjetividad en la emocionalidad.

Dicho esto podemos preguntarnos: ¿qué ocurre en Chile por estos días con nuestra aceptación de otros? ¿Estamos conscientes que hay límites en el disentimiento con otros? ¿Estamos de acuerdo en que podemos intercambiar ideas, visiones, soluciones, sin negar la legitimidad del otro hasta incluso, si parece necesario, desear que desaparezca de “mi” mundo? Recordamos que hubo momentos de nuestra historia en que los discursos racionales de negación ocasionaron la muerte y desaparición de personas?

No tenemos que estar de acuerdo en todo con los demás, los conflictos son parte de la convivencia, no así la violencia. El rechazo no tiene por qué convertirse en daño. La política puede ser más que descalificación. Toda conversación ciudadana es una oportunidad de ampliar la visión individual y romper el pensamiento marginal que nos hace repetir siempre las mismas respuestas frente a los mismos problemas (que por lo general son mis problemas, los de otros me son desconocidos). La pobreza, desigualdad y exclusión social no se abordan sin mediar una conversación país donde el otro se me presente como legitimo con- viviendo a mi lado y la escucha hacia sus palabras o expresiones sea atenta, completa, sincera.