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Fotografía de Alberto Cabello

El 17 de Mayo de 1966 Bob Dylan se presentó en el Free Trade Hall de Manchester. La primera parte del concierto transcurrió dentro de la rigurosa identidad folk. Un Dylan individualizado por un foco cenital en medio de un teatro a oscuras iniciaba el concierto con su guitarra acústica en solitario. Ahí estaba, en su rigor monumental, el héroe folk, el poeta puro, aquel que había interpretado Blowin in the Wind ante la misma multitud de Washington que había escuchado el legendario discurso I have a dream de Martín Luther King. Hasta allí todo bien.

Luego del intermedio, Dylan se volvería un antropófago. Un ser salvaje armado con una guitarra eléctrica que lucía en sus brazos como una blasfemia imperdonable. Con la bastedad propia de toda interpretación suya –incluso las grabadas–, la banda comenzará a interpretar Tell Me, Momma.

Allí mismo las ensoñaciones de cientos de los jóvenes radicales más románticos quedarían quebradas. El público se llenó de chillidos, quejas, desconcierto. Era un público y era el espíritu de una época a la vez. Un tipo se paró y le gritó al joven poeta-músico un violento “Judas”. Una sentencia certera, Dylan representaba a la vez, la mentira y la traición, había remecido una certidumbre, a partir de él todo podía ser redefinido. Dylan era capaz de atravesar cercados que otros respetaban, y quizás por eso a la larga la suya fue una creación más potente. En ese momento, su figura delgada se convirtió en una herramienta del quiebre de una identidad: una fuerza refundacional.

Igual de certero que su agresor, un Dylan de 25 años respondió desde la tarima: “I don’t believe you. You’re a liar!!!” (No te creo. ¡Eres un mentiroso!). Luego se volvió e instruyó a la banda “Play it fucking loud!!” (toquen jodidamente fuerte). El fragmento puede verse en el documental de Martin Scorsesse No Direction Home, y puede escucharse además en el Bob Dylan Live 1966. The Bootleg Series Vol. 4.*

Se puede leer en todo ello algo así como “Soy Judas y no te creo”. Yo no “creo”. No me interesa “creer”. “No necesitamos banderas” dirían Los Prisioneros en Chile veinte años después. Otro quiebre. Los jóvenes de izquierda, anclados en sus identidades modernas forjadas a principios del siglo XX, coreaban sin embargo el lema de Los Prisioneros.

El viejo folk norteamericano, ostentando un estatus de “canción protesta”, había adquirido en Bob Dylan a un representante joven y brillante capaz de lanzar sobre una radicalizada sociedad norteamericana de los 60 (antiguerra de Viet Nam, movimientos por los derechos civiles, etc.) una poesía profunda. Según lo dijera en sus Crónicas, Dylan sin embargo no quería ser un icono generacional, no le interesaba el heroísmo ni representar a nadie, de hecho ni siquiera creía que aquello pudiese ser nombrado como “canción protesta”.

Llenó entonces el folk de sonidos eléctricos proyectando un lugar nuevo, el folk-rock, como un espacio donde una vieja identidad pseudopolitizada era seriamente puesta en duda.

A partir de allí encontraríamos dos posiciones diferentes. Un público del folk militante, integrado la porción radicalizada de la sociedad norteamericana que escuchaba aquella como la música “natural” de la izquierda. Era la posición de Pete Seeger, el legendario músico visto por muchos como la personificación de la coherencia ideológica.

Se cuenta que Seeger pedía a gritos un hacha para cortar los cables durante la muy electrificada presentación de Bob Dylan y los Paul Butterfield Blues Band el Newport Folk Festival de 1965. (Existe no obstante una explicación algo diferente, edulcorada quizás, entregada por el propio Seeger en una entrevista de 2004). Con eso quedará claro.

De otro lado quedaría el poderoso movimiento que abrió todo un género en la música popular. Roger McGuinn, guitarrista de The Byrds, relató que proveniendo de la tradición del folk, y a partir de la profunda impresión que produjo en él y los Byrds la música de The Beatles, comenzó a buscar en una sonoridad nueva. El grupo grabó en 1965 Mr. Tambourine Man de Dylan, que obtuvo el Nº 1 en rankings internacionales de popularidad, marcando el inicio de un movimiento que adoptaría el nombre híbrido folk-rock. Allí se alinearían figuras como las de Bob Dylan, Simon & Garfunkel, The Mamas and the Papas, Cat Stevens y Tracy Chapman, entre otros.

El folk-rock se constituye, así, en un “caso” de hibridación: una mecánica por la cual se “reconvierte” un patrimonio proyectándose en una época nueva, en una estética nueva, con otros gustos, impulsos industriales y mercantiles. A diferencia del folk, y pensándolo no sólo como sonoridad, el folk-rock articula el mundo del “progresismo” anglosajón con una juventud que se valía cada vez más de recursos estéticos para expresar sus malestares sociales.

Sin embargo, como toda hibridación, esta transformación debe ser políticamente interrogada. El folk-rock puede haber representado una importante proyección hacia adelante, pero mientras en ese giro se jugaban oportunidades, nuevos alcances, también apareció la jugada de la industria discográfica y más aún, una deriva cultural por la que el nuevo “progresismo” norteamericano, menos radicalizado, podía ahora exhibir ahora un multiculturalismo inocentón. Dylan, sin embargo, se desmarca una vez más de ese nuevo encuadre.

El 24 de Mayo recién pasado cumplió 73 años, y debe andar por ahí el viejo, como siempre, algo alejado, en alguna calle de New Orleans tarareando una de Sinatra, o conmemorando la Tempestad de Shakespeare con alusiones oníricas al Titanic.

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* Aquí se puede escuchar el fragmento: http://www.youtube.com/watch?v=VYvyfDfM9cM&list=RDVYvyfDfM9cM&feature=share