Cuando supe que el sub comandante Marcos había anunciado que dejó de existir, se me escarchó la garganta con una lluvia de estalactitas que me impidieron respirar. Fue como si una tormenta de sombras se tomara por asalto la apacible y antigua costumbre de deambular por los cerros del puerto. Sombras espesas eran; oscuras como el mar negro, el mar de las tinieblas terribles. Como el anuncio de Marcos que tomó a todos por sorpresa, dudando de la verdad de su palabra, aquella que admiramos por su diafanidad. El mismo lo anunció, porque los zapatistas decidieron que así fuera. Dicen que fue un invento de ellos y que después de 20 años ya no era necesario ese holograma rebelde. Y Marcos lo proclamó como sólo él sabe hacerlo: “Buenas noches, tardes, días en cualesquiera que sea su geografía, su tiempo y su modo. Buenas madrugadas, dijo en susurros para no espantar las luciérnagas  que dormían a esa hora. Y dijo mucho más, porque los zapatistas son rebeldes de palab
ras, de selva y montaña. Puede que todo lo que despliegue en estas fugaces líneas tenga visos de lo común, pero, la verdad, no tengo otra manera de entristecerme con su no- inexistencia, que es una breve muerte o una larga vida, pero igual un golpe bajo. Para nosotros los mortales que quisimos ser zapatistas y nos quedamos en la historia como rodriguistas, que pareciera ser lo mismo, pero está muy lejos de ser igual. La contienda era quizás similar, porque como señala Marcos, se trata de resistencia: de confrontar a los de arriba. Por ello: “Contra la muerte, nosotros demandamos vida”, espeta. “Contra el silencio, exigimos la palabra y el respeto. Contra el olvido, la memoria. Contra la humillación y el desprecio, la dignidad. Contra la opresión, la rebeldía. Contra la esclavitud, la libertad. Contra la imposición, la democracia. Contra el crimen, la justicia”.

En esta hermosa lucha, preñada de ternura  ¿quién no quisiera ser zapatista? ¿Quién no aspirara a ser Chiapas? ¿Quién no quisiera  ser lacandon, tojolabal, tzeltal, tzotzil? Sospecho que muchos y muchas, que miles, que millones, tal vez. Nunca lo sabremos, porque para vestirse de dignidad se puede estar en cualquier parte del mundo y no sólo en la selva lacandona, eso lo saben muy bien los zapatistas que en la despedida de Marcos indicaron que “con el apoyo generoso e incondicional de gente buena de todo el mundo, se fue avanzando en la construcción aún inacabada, es cierto, pero ya definida de lo que somos”. Son mujeres y hombres de abajo que dijeron basta a aquello de observar a los de arriba mientras se solazan en la riqueza, y ellos bajoviven en la pobreza. Y a los de arriba poco o nada les importó un retazo de indios, despertándoles solamente algo de curiosidad que su vocero no fuera indígena, por eso –dice el ahora no-existente Marcos– los zapatistas decidieron crear a Marcos. Para que les prestaran atención. Empezó así, dice el subcomandante, “una compleja maniobra de distracción, un truco de magia terrible y maravillosa, una maliciosa jugada del corazón indígena que somos, la sabiduría indígena desafiaba a la modernidad en uno de sus bastiones: los medios de comunicación”. A esos medios colosales los confrontaron con una estrategia aún más colosal que los descolosó para siempre, porque por décadas buscaron al supte, sin entender que no era tal o que tal vez sí. Lo buscaron por mar y tierra y creyeron encontrarlo en todas partes, así de tanto en tanto le ponían nombre y apellido: que había nacido en tal o cual ciudad o pueblo, que enseñaba filosofía en una universidad. Y de tanto nombrarlo y de tanto encontrarlo, terminaron enmarañándose en su propia estupidez de blancos acostumbrados a signarlo todo, a saberlo todo, a criticar todo, a abominar de todo lo que no sea blanco. Evitan contemplarse  en el espejo de la vida y ver reflejado ahí su mestizaje, que se parece tanto al indio que les espanta sentirse tierra, aunque sea en el efímero segundo de la silueta en el cristal.

De esta manera, mientras los políticos y los medios se distraían con Marcos, los zapatistas continuaban creciendo, aprendiendo, enseñando, compartiendo, solidarizando, construyendo el Buen Gobierno entre todos porque, dijo el subcomandante en su despedida: “es nuestra convicción y nuestra práctica que para rebelarse y luchar no son necesarios ni líderes ni caudillos ni mesías ni salvadores. Para luchar sólo se necesitan un poco de vergüenza, un tanto de dignidad y mucha organización”. Y, a ratos, un pasamontañas, o pasaselvas o pasabosques o pasacualquiercosa, porque la rebeldía no reconoce fronteras y si llegara a encontrarlas, las salta con su pasamontañas, o pasaselvas o pasabosques o pasacualquiercosa. Y Marcos no se sacó su pasamontañas para decir que “siendo las 0208 del 25 de mayo del 2014 en el frente de combate suroriental del EZLN, declaro que deja de existir el conocido como Subcomandante Insurgente Marcos, el autodenominado “subcomandante de
acero inoxidable”. Entonces dejó de existir para seguir existiendo, y la garganta aún escarchada con una tormenta de estalactitas y un bosque de araucarias cordilleranas, araucarias mapuche, pues en su despedida Marcos recordó a Matías Catrileo, joven mapuche asesinado por la policía chilena. Rescató su memoria, cuando acá muchos optan por el olvido y la impunidad. Acaso por lo mismo, de pronto sin aviso alguno, se desbocaron las estalactitas y el hielo y pude decir con alegría: buenas madrugadas subcomandante Marcos.

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Dr. Tito Tricot es Sociólogo, Director del Centro de Estudios de América Latina y el Caribe-CEALC