1378003_790829687607408_5086776956861052537_nLa celebración de la delegación brasileña en Zurich-Suiza debió ser tremenda ese 30 de octubre de 2007, aunque algo atenuada porque Colombia ya había retirado su postulación para organizar la Copa del Mundo de la Federación Internacional de Fútbol Asociado (FIFA) el año 2014. Ganaban la sede sin competir y en la rotación de continentes que comenzó el 2002 con Asia.

Los festejos fueron absolutos en tierras brasileras y dos años después aumentarían cuando el 2 de octubre de 2009, la ciudad de Río de Janeiro era electa ciudad sede de los Juegos Olímpicos de Verano del Comité Olímpico Internacional (COI).

Eran tiempos del apogeo total del gobierno de Luis Inacio Lula Da Silva, quien lograba posicionar a Brasil como la octava economía del mundo. El país parecía una fiesta absoluta y justificada.

Desde ahí disponían, como ningún otro antes en la historia de los mundiales, de más de seis años para preparar la infraestructura y la organización de un evento que regresaba a Sudamérica tras 36 años después del efectuado en Argentina en1978.

Todo estaba debidamente calculado y la Copa Confederaciones de 2013 sería el gran evento previo para que el mundo observara que Brasil estaba en condiciones totales de desarrollar el evento.

El 31 de mayo de 2009 vendría la primera de una serie de batallas del comité organizador: El presidente de la FIFA, Joseph Blatter, en Nassau-Bahamas, anunciaba que 12 de las 17 ciudades postulantes recibirían partidos del campeonato. Por entonces se comentaba que se necesitarían 1.846 millones de dólares para refaccionar y construir nuevos estadios.

El gobierno precisaba que los costos los asumirían inversionistas privados y que los dineros estatales y nacionales se enfocarían en mejoras de aeropuertos, carreteras y todo lo necesario para que el evento tuviera el nivel y categoría FIFA. No sería así.

Ya a mediados de 2011 la prensa internacional hablaba de las dificultades para que se cumplieran los trabajos de obras públicas y tanto el gobierno federal como los estaduales, comenzaban a anunciar problemas en los manejos de dinero en las licitaciones.

En septiembre de ese año el fiscal público del Estado de Amazonas hablaba de la preocupación “por el gasto excesivo” y que la copa no podía efectuarse “a expensas de una malversación de fondos público o corrupción”. El atraso era evidente y la necesidad de acelerar los trabajos requería flexibilizar las licitaciones y controles. Para entonces se hablaba de gastos por 10 mil millones de dólares en obras, el mundial ya era el más caro de la historia.

Llegó el 2013 y las muchas irregularidades fueron el detonante de una ciudadanía aburrida del baile de billones de las arcas públicas para construir, en recintos que luego pasarían a ser administrados por entes privados. Poco antes de la Copa Confederaciones las organizaciones ciudadanas salieron a la calle a pedirle cuentas a la presidenta Dilma Rousseff, la candidata de Lula.

El mundo se asombraba de cómo un país tan futbolizado parecía rechazar un evento deportivo de connotación mundial. Con la salud y la educación pública en problemas, el gasto en el fútbol parecía un insulto para la gente.

El gobierno salía a decir a los medios internacionales que el problema estaba en una clase media creciente que no encontraba los servicios que requería para su nuevo estilo de vida y que “como tienen más, quieren más”, en ese mantra discursivo tan propio de los Tironi y Compañía Limitada que se oyen seguido en Chile.

Para fines de junio de 2013 la Copa Confederaciones la ganaba Brasil ante España y las masivas protestas, con episodios de violencia, quedaban en el registro visual del planeta y en la memoria inmediata de la FIFA que jamás imaginó vivir un escenario así.

10367192_790829477607429_3379699102937671140_nEn septiembre las autoridades brasileñas anunciaban el descarte de obras por problemas de burocracia, el clima, disputas judiciales por expropiaciones y licitaciones, dificultades para obtener permisos de obras y otras más.

En diciembre de 2013 se reconocía que el 75,6% de las obras para el Mundial estaban descartadas o atrasadas. Quedaban seis meses para la inauguración del torneo en Sao Paulo. El gobierno brasilero reajustaba las prioridades y el gasto total proyectado pasaba de 17 mil millones de dólares a solamente a US$12 mil millones.

Los medios locales en enero de 2014 describían que del total de 56 obras de movilidad e infraestructura para las 12 ciudades mundialistas, cinco estaban terminadas, 17 eran descartadas y 34 estaban atrasadas a cinco meses de la copa. Aclaraban que serían 8.000 millones de dólares los gastados en este tipo de obras. En los estadios la cifra del gasto oficial rondaba los US$ 4.500 millones.

En febrero de 2014 el secretario general de la FIFA, Jerome Valcke, llamaba a “no relajarse” a las sedes que seguían trabajando. Los medios especulaban que la ciudad de Curitiba sería descartada del torneo porque el estadio Arena Do Baixhada no estaría listo. Eso no se cumpliría pero era un aviso a los organizadores.

En abril era el turno de preocuparse del COI y los JJ.OO. El presidente del organismo, Thomas Bach, convocaba una reunión urgente para analizar atrasos en las obras para Rio 2016. Desde entonces se analiza si modifican sedes de algunos deportes.

En mayo y a un mes del Mundial se contaba el octavo obrero muerto en las construcciones de los estadios. La FIFA “ha vivido un infierno” preparando la copa, reconocía Valcke.

Los horarios extendidos, la ausencia de fiscalización directa, la flexibilidad de los derechos laborales, extendían los abusos. Tres trabajadores en Sao Paulo, tres en Manaos y otro en Brasilia, completan la lista negra de personas muertas ante la necesidad de cumplir a tiempo con lo exigido por la Federación Internacional de Fútbol Asociado.

A mitad de ese mes, Ronaldo, el exfutbolista estrella de Brasil y rostro de la organización, asumía sentirse “avergonzado” por la incapacidad de cumplir con los tiempos y anunciaba que de las obras comprometidas solo el 30% estarían a tiempo para el Mundial. El llamado Fenómeno pasaba a engrosar las filas de apoyo al candidato opositor Aécio Neves, quien busca sacar al Partido de los Trabajadores (PT) del gobierno brasileño en las elecciones de octubre de este año. El otrora atacante se animaba a decir que “las protestas siempre son válidas (…) pero sin violencia”.

Hasta Pelé, un histórico de los discursos medidos y sin compromiso, apareció crítico en Alemania: “Tuvimos muchos años, un tiempo más que suficiente. Es una vergüenza”. O Rey iba más allá y se animaba a especular y decía que “cuando pienso en todo lo que ocurre alrededor, me preocupo. Es algo que me frustra”, en alusión a las denuncias de malversaciones de fondos. El rostro de la FIFA agregaba que “puedo entender a la gente (que protesta)”.

En pleno junio y a días de la inauguración entre Brasil y Croacia, nada está listo. El estadio Arena de Sao Paulo, conocido como Itaquerao, no está terminado. Su última prueba la vivieron entre Corinthians-Botafogo por el Brasileirao y no fue habilitado en su totalidad, ya que dos bandejas superiores aún no están con sus asientos fijos y los servicios funcionando. Su prueba de fuego será el dia que se abre el Mundial y en la FIFA cruzan los dedos.

1908328_790829637607413_6859085365431724637_nEn las calles de Sao Paulo sólo la policía estrenó nuevos trajes, llamados Robocop, para enfrentar las protestas. La justicia federal paulista está en huelga, los profesores anuncian nuevas movilizaciones con un mes de paro a cuestas, los transportistas de autobuses y metro negocian para no ir a huelga, mientras la policía civil también anuncia un paro si no les aumentan los salarios. Es la oportunidad de los gremios para mejorar sus condiciones y los gobiernos nacionales y estaduales, buscan recursos y hacen malabares para que se mantenga la calma y el orden.

“Queremos salud categoría FIFA”, “queremos educación categoría FIFA”, “queremos transporte categoría FIFA”, gritan los manifestantes y la gente está de acuerdo aunque no proteste junto con ellos en las calles.

El ambiente de fiesta del 30 de octubre de 2007 ya no existe. No hay avisos publicitarios de la copa, en las estaciones de metro asoman tímidas las indicaciones para llegar al estadio, los clubes de fútbol salieron a las canchas con camisetas del Scratch o Canarinha para generar ambiente, los municipios avisan de concursos barriales para premiar a las casas que decoren con motivos nacionales, recién algunas tiendas comerciales colocan tímidas banderas de los países que jugarán la copa

En ese escenario Lula reapareció por estos dias y lo hizo sabiendo que en la Copa del Mundo se juega el PT su futuro político. “Con cada día que pasa, la gente está siendo desmentida. En primer lugar dijeron que no tendríamos los estadios, pero los estadios están listos. En segundo lugar que las obras de movilidad no estarían listas, pero la mayoría de ellas se quedarán”.

También apareció Blatter alabando el trabajo de la organización y eso tiene un costo, porque la FIFA es tema de enojo para la mayoría de los brasileros. Dilma se juega la reelección en unos meses y bien sabe que la selección que comanda Luiz Felipe Scolari puede definir su triunfo o traerle problemas. Las calles de Sao Paulo viven normalidad. En unos días se verá cuánta es.