El São Paulo Futbol Club sale a la cancha del Estadio Cícero Pompeu de Toledo, más conocido como Morumbí, para enfrentar al Clube Atlético Mineiro por la novena fecha Del Brasileirao 2014. De fondo suena la introducción de una canción del grupo australiano AC/DC y la gente aplaude mientras los futbolistas pasan entremedio de dos filas formadas por niños pequeños vestidos con el equipo blanco del conjunto paulista. Lo extraño es que el equipo local viste la camiseta de la Selección de Brasil. Es la necesidad de instaurar el nacionalismo en la mirada de las personas.

 

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También es un reflejo de las dificultades que vive el país con la organización de la Copa de la FIFA y la escasa repercusión que parece tener el evento entre la ciudadanía. El torneo está a la vuelta de la esquina y casi con temor parece asomarse en las avenidas de la ciudad que albergará la inauguración, con el Scratch en la cancha del aún incompleto Estadio Arena de Sao Paulo.

Llegando a la capital financiera del gigante sudamericano se observan leves señas de que el país con más títulos en el mundo organiza el campeonato: Un cartel con las mayores figuras del Scratch junto al lema “entra al juego”; en las estaciones del metro unos pequeños carteles que repiten el “bienvenidos” junto al esquema de cómo llegar al estadio en Itaquera-Corinthians; el ingreso a un centro comercial con las banderas de los países participantes distribuidas por grupos; la totalidad de los emblemas decorando un mall; la venta de poleras y llaveros y gorros casi escondida en las ferias callejeras de fin de semana; alguna bandera brasileña colgada del balcón de un departamento y poco más.

En los medios locales la mirada es crítica. Revistas políticas analizando el descontento social, publicando reportajes sobre las irregularidades, entregando un “manual de sobrevivencia para la copa”; los periódicos describiendo los problemas logísticos y de comodidades del recinto que inaugura la copa, analizando la seguridad que se necesita para los turistas, entregando pocos detalles de los entrenamientos de la Canarinha; los canales informando el cúmulo de huelgas, negociaciones y paros que mantienen o advierten los diferentes gremios y sectores; las radios recién dejando de hablar de clubes locales, con su campeonato congelado recién el último fin de semana, y sin mayores ganas de publicitar el evento, con excepción de las marcas oficiales.

En cuatro dias y con la necesidad de que el deporte pase a tener mayor relevancia que el contexto, las caras más importantes del país y de la organización han salido a exponer las bondades que tiene el torneo para Brasil. No hay tiempo que perder, parecen sentir.

Primero Lula da Silva, el expresidente, desechando a quienes critican los atrasos en las obras y alabando la gestión. Luego el secretario general de la FIFA, Jerome Valcke, destacando los servicios de los estadios –sin considerar que un simple helado costará 50 dólares en su interior. Enseguida el presidente de ese organismo, Joseph Blatter, alabando al país como potencia económica y destacando que con el evento promoverá su potencial al planeta. Finalmente la mandataria Dilma Rousseff estableciendo que la sociedad brasilera se enorgullece de su democracia, de la libertad de manifestación y expresión, aunque advirtiendo que se preservarán “los derechos de la mayoría que quiere asistir a los juegos y quiere confraternizar y conmemorar”.

Por eso, y para intentar generar una ola de efervescencia, que no parece surgir sola, menos desde que un grupo de manifestantes realizara una protesta ante la misma selección brasileña en su centro de entrenamiento en la Granja Comary en Río de Janeiro, la Federación Internacional de Fútbol Asociado determinó liberar 180.000 nuevas entradas de la totalidad de los juegos. No sólo para ofrecerlas vía online, sino que con los brasileros haciendo filas en los centros de venta de las 12 sedes mundialistas. Es la necesidad de hacer ruido, porque 30 de 64 encuentros aún disponen de tickets y no están completamente vendidos.

“Comprar entradas para los partidos da una sensación de vergüenza por haber contribuido con todo esta suciedad”, explica un brasilero en la red. “No veo la hora de comprar una entrada… Ese placer la FIFA no lo tendrá, no de mi parte”, ironiza otro más en internet.

El Mundial está ahí cerca, encima y posiblemente tenga record de audiencias televisivas en el mundo. En gastos ya lo tiene, porque con 12.500 millones de dólares es el más caro de la historia. Solamente en estadios gastó US$4.500 millones, lo que supera con creces la suma de la inversión efectuada por Alemania el 2006 (US$1.500 millones) y Sudáfrica en 2010 (US$1.400 millones). Es posible que Qatar –si es que no le quitan la sede de 2022 por corrupción– supere esos montos. Es la esperanza para lograr achicar el despilfarro tan criticado por las brasileñas y los brasileños.

Por ahora la ciudadanía del país del fútbol parece encarar a la FIFA y la corrupción institucionalizada: “Nao vai ter copa, vai ter greve” se lee y escucha en las calles. No van a tener copa, van a tener huelgas, es el anuncio local.