“Gooooaaaaaaoooooooool”, grita con locura un brasilero cuando Neymar pone la ventaja de la Canarinha. “Gooool, bravo, lo merecían”, aplaude una brasileña luego que Óscar aumentara la diferencia del Scratch sobre los croatas.

De nada importa que antes el tipo me comentara que iba a hinchar por Croacia, porque los medios locales y los futbolistas estaban bastante agrandados. Quería que les cayera un baño de humildad con un empate o una derrota.

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Tampoco valía que antes la mujer me dijera que no le importaba mucho el fútbol y que los problemas en Brasil eran más importantes que la Copa del Mundo de la FIFA, que es a ciencia cierta el enemigo declarado de cualquier brasilero que no sea rico y le dé lo mismo.

Entremedio de esa bipolaridad, que en este país la medica el fútbol, el bueno de Yuichi Nishimura se ganaba la ciudadanía por gracia y en escaño en el parlamento, luego de inventar un penal en el área de los europeos. “Penal, penal, penal para Brasil”, clama con alegría y sin pudor la gente.

El dia previo conocí a tres personas en el tono del inicio del partido. Gente común y corriente, los ciudadanos de a pie que les dicen siúticamente en Chile, que -créanme por favor- querían que Brasil perdiera y que las protestas terminaran de una vez por todas con “los políticos corruptos”, “el robo del dinero de todos los brasileros”, “los millones que nos roba Blatter”.

Ese sentir de enojo, de molestia, de incomodidad, en un país que está viviendo una chilenización profunda con la privatización de las empresas y servicios estatales, la proliferación de las universidades privadas, la aparición del crédito con hasta 60 meses para que los pobres compren y un largo etcétera, querían que lo resolviera la Selección de Croacia.

Y Nishimura les dio la espalda sin vergüenza alguna. Fred choco contra Corluka y Lovren. Entonces el amable árbitro japonés tal vez pensó en las protestas del mediodía y la violencia policial a unos pocos kilómetros del Arena Corinthians el día de la inauguración, en la reelección de Dilma, en el momento que vive Blatter, en lo que significa Neymar para la gente y las marcas, en la necesidad de que la crisis social brasilera se resuelva con diálogo.

“No voy al mundial porque hay temas más importantes como la educación y la salud, pero el gobierno se gasto el dinero en estadios”, me asegura el cajero de uma casa de cambio, “creo que lo mejor es que Brasil pierda y así las protestas pueden empujar los cambios que necesitamos”, agrega el tipo.

Suenan los petardos, algo tradicional en las festividades de junio en Brasil, retumban las cornetas tipo vuvuzelas, la gente está contenta y hace parrilladas en la calle. No da para carnaval, pero si para festejo. El Scratch ganó en la apertura del Mundial y va en busca de su sexto título.

“No sé hasta cuándo este país sigue sin planificación, sin mirada de futuro, sin que los políticos fomenten la corrupción”, lanza una funcionaria de una cancillería, “esta copa fue la excusa perfecta para que sigan agarrando el dinero de todos y para que la FIFA gane millones de dólares sin pagar impuestos”, profundiza la joven.

Aplausos, gritos, llantos, saltos, la televisión abre la cajá de resonancia del primer triunfo brasileño y solo les quedan seis más para celebrar el 13 de Julio en el Estadio Maracaná de Río de Janeiro. Las radios hacen entrevistas y repiten los goles, la gente está contenta un rato, como la mayoría de las veces.

“Brasil necesita perder para empezar de nuevo”, me explica un jubilado, “tal vez ahí el fútbol no logre tapar todo lo que nos pasa”. Es esa especie de culto a la improvisación lo que parece retroceder, porque aunque las personas tengan un par de jornadas alegres gracias al triunfo de la Canarinha y la gauchada de Nishimura, subsiste esa necesidad de que las cosas no sigan igual y que ya sea tiempo de que ser brasileros sea más que ser buenos pa la pelota.